De viajes y fronteras

Por: Elizabeth Gutiérrez

“Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra. Aprovechémoslo.”
-Paul Morand, diplomático francés.

¿Qué es lo que hace tan agradable emprender un viaje? ¿Será simplemente el dejar de lado, por un tiempo, las preocupaciones diarias para darse un respiro y olvidar el ajetreo de la ciudad? ¿O, por el contrario, el romper con la cotidianidad para disfrutar de altas dosis de adrenalina?

Quizá todo dependa del modo en que viajemos, de qué tan dispuestos estemos a dejar atrás la seguridad y el confort acostumbrados para adentrarnos en los recovecos de una cultura distinta a la nuestra. No se pueden descubrir nuevos mundos a menos que se esté dispuesto a alejarse de tierra firme. Aquellos viajes en que nos atrevemos a prescindir de un plan estricto, a salir de las vías más transitadas (perdiéndose placenteramente entre las calles más estrechas, al estilo del flâneur) o a entablar una plática casual con los residentes del destino elegido, nos ofrecen no sólo experiencias pintorescas, sino grandes aprendizajes. En travesías semejantes, además de atravesar las fronteras entre países, atravesamos fronteras en nuestro pensamiento y en nuestra percepción.

Viajar es un ejercicio de tolerancia y flexibilidad: pese a que el encuentro con lo distinto puede resultar inquietante, a menudo resulta también maravilloso. El panorama que obtenemos es diverso, rico en matices, incluye lo terrible y lo bello de cada pueblo.  Nos permite alejarnos de prejuicios y estereotipos para encontrar la grandeza humana en las más distintas manifestaciones. Ya sea por identificación o por contraste, en los viajes vislumbramos la propia identidad. Por ello es que viajar es principio de paz y entendimiento. Después de visitarlos, ninguna ciudad, ningún paisaje es ya anónimo: el mundo entero tiene rostro.

Ir de viaje, además, potencia nuestra sensibilidad. Proust sostuvo que “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en ver nuevos paisajes, sino en verlo todo con ojos nuevos”. La aventura no termina al regresar a casa; volver es, quizá, el comienzo de otro trayecto: el de ver lo cotidiano con una mirada renovada y engrandecida, el de permitir que vuelva a surgir el asombro ante lo ordinario.

Quizá sea éste uno de los mayores beneficios que nos pueda aportar el partir a visitar otros lugares: el que, después de ser transformados por un viaje, seamos capaces de redescubrir y reinventar nuestro entorno y nuestro carácter.  Y, con ello, poder viajar sin salir de casa, como quería Xavier Villaurrutia: “Vámonos inmóviles de viaje / para ver la tarde de siempre / con otra mirada, / para ver la mirada de siempre / con distinta tarde. / Vámonos inmóviles.” Tal vez la odisea más grande que podamos emprender no sea a otro continente, sino al fondo de la propia identidad o a lo más profundo del carácter de otro hombre. Y tal vez lo más valioso, a decir del poeta griego Konstantino Kavafis, no sea alcanzar nuestro destino, sino haber recorrido el camino hasta él, con sus dificultades y sus grandezas:

Ítaca
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes, ni la cólera del airado Posidón. Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta si tu pensamiento es elevado, si una exquisita emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes y el feroz Posidón no podrán encontrarte si tú no los llevas ya dentro, en tu alma, si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo, que sean muchos los días de verano; que te vean arribar con gozo, alegremente, a puertos que tú antes ignorabas. Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia, y comprar unas bellas mercancías: madreperlas, coral, ébano, y ámbar, y perfumes placenteros de mil clases. Acude a muchas ciudades del Egipto para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca: llegar allí, he aquí tu destino. Mas no hagas con prisas tu camino; mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla, rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca: Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje. Sin ellas, jamás habrías partido; mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado. Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia, sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.

2 comentarios en “De viajes y fronteras

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