De la Revolución Francesa a la Innovación Empresarial

Por: Juan José Díaz

“En una revolución, como en una novela, la parte más difícil es inventar el final.”

-Alexis Tocqueville

I. De la crítica a la Revolución

El siglo XVIII fue un tiempo de mucho movimiento intelectual y de muchos cambios culturales. En occidente se comenzó a desarrollar un pensamiento crítico que los llevó a cuestionarse temas como la religión, el orden social y la autoridad. El ser humano erigió un pedestal para su razón y elevó a los altares cívicos a la técnica y a la industria: con la razón humana se podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía, y así sentar las bases para construir un mundo mejor.

Este pensamiento ilustrado impregnó la filosofía, la ciencia y la vida política, llegando a su culminación con las grandes revoluciones de finales del siglo XVIII e inicios del XIX. Estas revoluciones tenían su sustento ideológico en una razón que sería capaz de llevar la humanidad a la paz, la igualdad y la libertad. Sin embargo, parece que la utopía tenía un vicio de origen y no se pudo alcanzar.

¿Qué fue lo que pasó realmente? Los ideales franceses de libertad, igualdad y fraternidad, cuando se erigieron como máximas intocables, engendraron la pus de un régimen de terror y sangre (un régimen de guillotina). Cuando un ideal es puesto por encima de una persona, esa persona está condenada a muerte.

Dicho de otro modo: el problema de los ilustrados fue radicalizar sus ideas y perder esa actitud crítica  que los impulsó a cuestionarse. Fue una ideología que se devoró a sí misma al creerse completa y acabada. De este modo, el pensamiento ilustrado terminó siendo más conservador e intolerante que el antiguo régimen.

II. De la revolución a la innovación
Las revoluciones son cambios violentos que destruyen lo que consideran nocivo o inservible. Sin embargo, después de destruir es necesario edificar. Y esa es la parte difícil.

A unos cuantos días de la celebración del Bicentenario, más que en revoluciones, deberíamos pensar en “innovaciones”. Hay que recuperar lo que bueno que ya existe y mejorarlo. En esto consiste verdaderamente la actitud crítica: en no considerar nada como terminado, sino en seguir pensando y buscando nuevas soluciones.

Particularmente en el sector empresarial se conoce la ventaja de la innovación. Ésta implica una mente abierta, creatividad y mucha determinación para llevar a cabo los proyectos. Y aunque muchas veces parece que las cosas no funcionan y que el trabajo es inútil, los empresarios no cedemos ante la tentación de echar todo por la borda y empezar desde cero.

Esta innovación tiene su espacio también en la cultura, en la educación y, por supuesto, en la política. Quizá sólo eso nos haga falta para poder festejar, con bombo y platillo, este Bicentenario que ya nos alcanzó. Dos siglos. Dos revoluciones. ¿Este tercer siglo, este emblemático 2010, podremos dar el paso hacia la innovación? Yo creo que sí.

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