Una originalidad poco original

Por: Emilia Kiehnle

En nuestros días es común la idea de que los individuos deben ser profundamente originales. Imitar el comportamiento o el pensamiento de los demás, implica formar parte de “la masa”, de los que son iguales y, por lo tanto, no sobresalen del montón.

Esta exigencia de originalidad proviene del deseo de saberse único, de “ser uno mismo”, como promueven tanto los medios de comunicación hoy en día. Sin embargo, no es algo nuevo. Ya desde el romanticismo se hablaba de la originalidad de los individuos, especialmente de los artistas. El hombre romántico ya no quería ser discípulo de nadie, pues estaba convencido de que era profundamente original. En el siglo XIX la espontaneidad se convirtió en una especie de dogma y la imitación se vio desplazada y vista como algo nocivo para el desarrollo de la personalidad. Esto es muy claro en el ámbito artístico, pues el artista se concebía como un creador, como un “mini dios” de su propio universo.

Los antiguos griegos no tenían tan mal vista a la imitación como los románticos. Aristóteles decía que toda obra es producto de la mímesis o imitación. Desde niño el hombre imita, pues es su modo de conocer y aprender. Además la mímesis genera agrado en el hombre, pues nos gusta reconocer los objetos de las imitaciones. Incluso hay representaciones de cosas que en realidad nos parecerían muy desagradables, pero la distancia que permite la obra mimética nos da un espacio para que observemos y nos involucremos con la representación sin sufrir las consecuencias del objeto. Por ejemplo, no es lo mismo ver una pintura que representa una muerte que presenciar la muerte real de una persona.

La obra mimética, por tanto, nos produce un cierto placer lúdico al reconocer los objetos imitados. Nos agrada sensorialmente en cuanto a lo que percibimos, pero también nos produce un cierto placer intelectual. Al hombre le agrada conocer.

Sin embargo, es importante tomar en cuenta que la imitación tiene también un sentido creativo. No sólo se debe entender como una facultad cognoscitiva, sino también como una facultad generativa. Al hombre le agrada conocer, pero también le agrada apreciar la representación misma, pues implica la intervención de otro.

Se puede decir entonces que para Aristóteles el hombre no puede ser original en el sentido en el que lo entendían los románticos, pues para producir una obra artística es necesario tener un modelo previo (el hombre no puede conocer si no imita y no puede producir si no conoce), pero hay una cierta originalidad en cuanto a la producción. Ningún hombre puede sacar algo de la nada, pero puede ordenar los elementos ya existentes de tal modo que le imprime una interpretación propia a la obra.

Uno puede reproducir un paisaje exactamente igual a como se ve en la realidad, y sin embargo hay originalidad al representarlo. La pintura del paisaje es una interpretación propia por el simple hecho de ser pintura y no realidad.

Me parece que la noción de originalidad romántica que hemos heredado no es legítima. El hombre no es absolutamente independiente: nace, vive, aprende y se desarrolla entre otros en un mundo ya existente de antemano. El hombre conoce de lo que es previo a él y todas sus ideas, pensamientos y deseos provienen de cosas que él mismo no determina. Su libertad y su originalidad consiste en elegir lo que aprende y cómo lo utiliza.

Y esto no sólo es en el caso del arte, sino en todo lo que hacemos, incluyendo el trabajo. El ser humano toma lo previo, lo reinterpreta desde sus propias experiencias y le imprime algo de su particularidad. La originalidad no tiene necesariamente que ver con hacer algo absolutamente novedoso, sino con tomar  algo ya existente y hacerlo propio. Como bien decía el arquitecto español Antonio Gaudí, “la originalidad es la vuelta a los orígenes”, para recordar quiénes somos, de dónde venimos y en dónde estamos y crear algo desde ahí.

El deseo de originalidad romántica sigue presente en nuestros días en aquellos que buscan ser novedosos y romper con lo anterior, pero esta búsqueda de ruptura en sí misma ya es mímesis. El que se cree original está tomando como modelo una corriente anterior a él y busca ser diferente a ella. No crea desde sí mismo, sino que hace un parámetro desde lo que no quiere ser, por lo que acaba siendo condicionado por su propia negación y pierde espontaneidad.

Así es que no le temamos a no ser llamativamente novedosos ni deseemos encontrar el hilo negro, pues en toda sociedad y en todo ambiente laboral, el individuo necesita aprender de los demás y trabajar en conjunto. La verdadera originaliad está en la apertura y en la aceptación de las ideas ajenas.

2 comentarios en “Una originalidad poco original

  1. Muy buena reflexión, Emilia, y muy útil también.

    Muchas empresas nuevas caen en el error de ser “necesariamente” diferentes, de basar su concepto en “lo que no hay en el mercado aún”. Pero bien puede ser que no lo haya porque no sirve. También he visto casos -particularmente en restaurantes- que buscan tan desesperadamente la diferenciación, esta “originalidad” forzada, que caen en la ridiculez o en la completa incompresión de su propio concepto.

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