Antropología postmoderna

Por: Fernando Villela

Hace unos días me vi inmerso en una discusión con un amigo (por cierto, imaginario) sobre el mejor método para entender una época. Decía mi amigo (por cierto, en sueños) que no basta con leer periódicos ni complicados textos de filosofía en los cuales se intenta sintetizar los modos de pensar que afectan el comportamiento de la gente, incluso sin que ellos lo sepan.

Antes que los textos, deberíamos ir a las fiestas, celebraciones y reuniones. Qué antropólogo no daría la mitad de su biblioteca a cambio de asistir a una orgía dionisiaca o a una olimpiada apolínea.

Pero ¿dónde encontrar una fiesta que nos identifique? Más allá del Fuego de Palabras de Derrida, la vida nocturna de las clases altas y medias están cargadas del espíritu y premisas de la postmodernidad.

Los llamados antros funcionan no sólo como negocios y lugares de noche, sino también como verdaderas muestras de postmodernidad. Fiestas donde la principal intensión es la carencia de sentido. La única finalidad es acallar la razón con música de letras tontas y ritmos simples, juegos de luces que enajenan y ocultan, cantidades de alcohol (digno de cosaco), tabaco (digno de cubano), y más estimulantes.

Hombres que cual gorilas lucen su músculos y virilidad. Damas de brillantes colores que presumen su gracias, curvas y turgencias; como si fueran maniquíes o modelos de revistas para caballeros. Niñas, de corta edad, que acaban de descubrir su sexo y los placeres y privilegios que otorga, sin saber las desgracias que pueden traer. Niños que juegan a ser hombres, cuando la vida no los ha sacado de la infancia.

Música, estruendosa, cada vez más fuerte para no poder escuchar a la razón. Letras que no pasan de lo vulgar frente a lo erótico, lo trivial, lo estúpido, lo sin sentido… que no dicen nada… que están hechas para no decir nada. Las letras de los 70 y 60 han muerto. Ritmos, no primitivos, decadentes, que estimulan lo peor del hombre del peor modo.

Toda nuestra mezcla de sonidos, imágenes, sabores y olores… que no tienen sentido, finalidad. Es sólo un medio de acallar el nihilismo de los jóvenes. Es la repetición de ritos paganos, donde se quema todo lo obtenido en una vida cíclica y reprimida. Vidas que se limitan a trabajar como animales de lunes a viernes y enajenarse como bestias en las noches, en la vida oscura de nuestro tiempo.

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