A 42 años de la destrucción de un mundo…

Por: Patricia Garza

Hay temas serios. Polémicos. Sobre los que todo mundo tiene una opinión, pero difícilmente una postura clara. Hay temas que habitan más el mundo de los argumentos y contra-argumentos que en el de la doctrina fija. Hay temas que mueven masas y fundan instituciones. Temas “a favor” o “en contra”. Quien quiera escribir sobre dichos temas, si no está politizando, debe entonces evitar obviedades y tomar en serio los argumentos de su contrario.

Es por eso que me pareció un absoluto descanso encontrar un argumento a favor del aborto por selección de sexo tan malo, pero tan malo, que no decía nada del tema en cuestión, sino de un modo de pensar específico sintomático de una sociedad en unos tiempos específicos. No, en este post no hablaré del aborto, sino del tipo de mentalidad que se necesita suponer para que cierto tipo de argumentos puedan considerarse válidos.

El argumento que leí a favor del aborto selectivo, del bioético Jacob M. Appel, es el siguiente:

“Mothers who want boys should have boys and mothers who want girls should have girls. Pre-implanting diagnosis offers the promising of increasing the number of children who are loved and wanted. I look forward to the day when every son knows that his parents wanted a son and every daughter knows that her parents wanted a daughter.

¿Por dónde empezar? Qué tal si sustituimos algunos elementos de esa frase:

Sueño con un mundo en el que:

– Cada abogado sepa que sus padres querían a un abogado.
– Cada doctora sepa que sus padres querían una doctora.
– Cada bailarina olímpica sepa que sus padres querían una bailarina olímpica.
– Cada auditor financiero sepa que sus padres querían un auditor financiero y cada ama de casa sepa que sus padres querían un ama de casa.

Creo haber probado mi punto. El señor Appel parece decirnos que si lo que queremos es incrementar el número de niños que son amados la respuesta es muy simple: los niños deben ser exactamente lo que sus padres quieren que sean. El amor paternal está en función del cumplimiento de sus propias expectativas para con sus hijos.

Un momento… ¿no fue contra esa forma de pensar ante la que se rebelaron nuestros padres? “Sé quien tú quieras ser”, “Que no te importe lo que piensen los demás”, “No sientas presiones por parte de la autoridad”, etc. Hay que decir que el señor Appel nació en los 70’s lo cual hace todo esto más desconcertante, el señor Appel es un hijo de estos rebeldes. ¿Cómo es que la autenticidad y la no-complacencia, valores clásicos de los 60’s, se convierten en un deseo de complacer absoluto? ¿En qué momento la generación del amor incondicional se vuelve la generación del “si y sólo si”?

Muchos padres de la generación del cambio se quejaban de la educación estricta que recibieron por parte de sus propios padres, por lo que muchos sólo sabían hacerle una pregunta a sus hijos: “¿qué es lo quieres?” La relación entre padres e hijos se transformó de una relación de autoridad a una de mercado. El padre es el ofertante, el hijo es el consumidor que demanda: la misión del padre es que sus hijos acepten lo que ellos ofrecen y que queden totalmente satisfechos. El amor es algo que los padres se ganan, y se lo gana complaciendo a sus hijos.

No es de sorprenderse entonces que estos mismos hijos crecieran con la idea de que el amor debía ganarse y que debían buscar en todo momento ser satisfechos: si quiero un hijo, entonces es porque en algo me ha de satisfacer. Y si me va a  satisfacer, me va a satisfacer bien; por lo menos se ha de ocupar de la satisfacción de mis deseos tanto como McDonald’s y Nike lo hacen.

Las empresas de consumo masivo prosperan en estos tiempos y todos tenemos la sociedad que nos merecemos. Olvidemos de expresiones moralistas como “el egocentrismo” y “la pérdida de valores”. No se trata de eso, se trata de que a nuestros antecesores, los rebeldes, les salió un poco el tiro por la culata, pues al reclamar un mundo menos autoritario y más libre y auténtico, terminaron por degenerar en una sociedad sometida al deber de satisfacer sus deseos.

Sin embargo, no todo lo que nos dejaron es negativo. Gracias a ellos, el autoritarismo, entendido como el obedecimiento ciego, es inaceptable en nuestros días. Benditos sean por ese legado. No hay que abandonarlo nunca. Busquemos, a través de él, una tercera vía; una más auto-crítica, razonada seriamente y verdaderamente libre.

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