Los peligros de la razón: cultura y capitalismo

Por. Elizabeth Gutiérrez

Muchos de los ideales que heredamos de la Ilustración permanecen en nuestra sociedad como dogmas intocables, no susceptibles de ser cuestionados. Por ejemplo, la confianza en que la razón nos llevará al progreso y al bienestar general: los adelantos científicos nos permitirán construir mejores condiciones de vida accesibles a todos. Confiamos en que saber es poder: el conocimiento nos permitirá dominar y controlar nuestro entorno.

Sin embargo, este optimismo fue puesto en duda por un grupo de pensadores del siglo XX conocidos por pertenecer a la Escuela de Frankfurt. Entre ellos, Theodor Adorno y Max Horkheimer señalaron los peligros de confiar ciegamente en la razón. La Ilustración, dijeron, lleva en sí misma el germen de su propia destrucción. El desarrollo tecnológico que permitió embellecer las ciudades y aderezar los edificios con lámparas y elevadores -celebrados por el Art Nouveau- originó también armas de destrucción masiva, cuyos efectos devastadores sufrieron durante la Primera Guerra Mundial. La razón, lejos de conducirnos a un futuro mejor, parecía haber empeorado la situación, destruyendo los avances y el aparente progreso que se habían alcanzado. Cada época histórica esconde sus horrores, ocultos tras de sus promesas y utopías.

La propuesta de Adorno y Horkheimer no fue negar la razón o ir en contra de ella, renunciando a los avances tecnológicos o a la vida moderna, sino mantener una actitud crítica respecto de la actitud ilustrada. Se busca poner de relieve situaciones de opresión y explotación —aquellos horrores ocultos que suelen pasar inadvertidos bajo la máscara de la civilización—. Si perdemos la mirada crítica, la tan elogiada civilización termina siendo devorada por sus propios excesos: se destruye a sí misma.

En el contexto actual, por ejemplo, nos encontramos expuestos a tal cantidad de productos, servicios e información, que muy pocos de ellos nos brindan un goce verdadero o una satisfacción real. La oferta es abundante en exceso, por lo que los productos son contingentes y el tiempo que nos detenemos en ellos es brevísimo. Paradójicamente, los productos y servicios que fueron concebidos para satisfacernos crean en nosotros una insatisfacción creciente.

Es necesario buscar una salida a este círculo de consumo y descontento. Mantener una actitud crítica permite denunciar las estructuras de dominio que subyacen a las ideologías dominantes. Adorno pensaba que la experiencia estética es una de las herramientas que permiten llevar a cabo esta denuncia. Frente a la ciencia, que pretende describir neutralmente la situación (y por tanto la justifica sin cuestionarla), el arte pone en evidencia la irracionalidad de las estructuras sociales y, de este modo, abre el camino para superarlas.

En este sentido, Walter Benjamin propuso que el arte debía politizarse, puesto que al asumir los cambios técnicos de su época podría evitar el advenimiento de un régimen totalitario, favoreciendo una revolución que promoviera condiciones de vida justas. La reproducción técnica del arte —mediante la fotografía y las imprentas, por ejemplo— lo aleja del valor que antiguamente se daba a la autenticidad de una obra, considerada valiosa por ser irrepetible. Benjamin llamó a esa irrepetibilidad el “aura” de la obra, que lleva consigo ciertos cánones de belleza y una actitud casi reverencial frente al “genio” artístico del autor. Enfrentarse a una obra de arte significaba observarla y analizarla según determinados lineamientos, para ser capaces de entender el significado. El papel del observador era pasivo y respetuoso, obediente a la tradición.

Pero con la difusión masiva del arte que la tecnología permite, el aura de la obra se pierde, junto con la univocidad de su significado. No vemos ya con reverencia una estampa de la Mona Lisa, por ejemplo, y cada uno tiene la facultad de decidir si es de su agrado o no. Podemos encontrar los óleos de los pintores más famosos decorando un par de tenis, o escuchar una sinfonía de Beethoven como música de fondo en una pizzería. La reproducción técnica del arte permite al espectador asumir una actitud activa frente a la obra y le permite mayor libertad al interpretar su significación.

Sin embargo, este arte aparentemente libre también está sujeto a los mecanismos de dominación denunciados por Adorno y Horkheimer. Quizá el más evidente de ellos sea el  económico: la posibilidad de ser reproducida infinitamente hace a la obra original alcanzar precios exorbitantes. Pensemos en las subastas millonarias de pinturas o esculturas. Al sujetarse a la lógica del mercado, el arte impone nuevamente ciertos estándares entre los espectadores: aquello que vende es más valioso y, por consiguiente, debe ser apreciado. El valor económico sustituye, de esta manera, el aura de autenticidad que la obra perdió al ser reproducida. Nuevamente, inspira reverencia y distanciamiento, pasividad y dominación. Aquel arte que podía denunciar la irracionalidad se ha convertido, él mismo, en una herramienta de dominación que debe ser denunciada críticamente.

Junto con el arte, la cultura se ha convertido en una industria subordinada al dinero. No se trata de un artificio maligno que pretenda manipular o engañar a la sociedad, sino que es una consecuencia inevitable del régimen capitalista. Sólo se puede continuar produciendo aquello que vende, aquello que es aceptado por la mayor parte de la población, que a su vez acepta únicamente lo que entra dentro de los estándares indicados por quienes detentan la autoridad, ya sean instituciones —como los grandes museos, universidades y medios de comunicación— o personalidades. Lo prioritario en la producción de arte y cultura no puede ser, entonces, la creación o la experimentación, sino qué tan aceptado será en el mercado.

Aquel arte concebido como espacio crítico se convierte en una más de las piezas que buscan encajar en el mecanismo social vigente. La difusión de la cultura, que en principio tiene objetivos nobles, al incorporarse a la lógica de la oferta y la demanda y entrar en los circuitos masivos de los medios de comunicación, termina convirtiendo la cultura en uno más de los productos de consumo, desprovisto de significación e incapaz de proporcionar satisfacción alguna.

La libertad que la tecnología parecía conferir al arte se ha utilizado también para justificar muchas formas de autoridad, como lo muestra la estética publicitaria o la creación de una supuesta identidad nacional glorificada a través de ciertas formas artísticas. Lejos de permitir al espectador asumir una posición activa, el arte y la cultura le imponen determinadas formas de pensamiento, otorgan valor a ciertas cosas por encima de otras, justificando el sistema que les da cabida y las ideologías vigentes.

La salida propuesta por Adorno y Horkheimer, es decir, mantener una actitud crítica y crear proyectos que pongan de manifiesto los mecanismos de dominación de cada época histórica, es frágil, puesto que aquellos que denuncien los excesos de su sociedad pueden muy fácilmente quedar atrapados en el mismo sistema que pretenden poner en evidencia. Si su voz ha de ser escuchada, tendrán que ceder, al menos en parte, a las exigencias de los medios que le permitirán difundir su mensaje.

Sin embargo, cada pequeño paso en esa dirección es un gran logro, puesto que nos permite mantener una inteligencia despierta y activa, aceptando los progresos que la razón y la tecnología ponen a nuestro alcance, pero evitando los abusos y exageraciones que puedan derivarse de ellos. Si pudiéramos apropiarnos críticamente del arte y la cultura de nuestro tiempo, tendríamos un poderoso medio de expresión y experimentación, que nos permitiría la libertad suficiente para definir nuevas significaciones, reinterpretar nuestra identidad, nuestra historia y la condición humana en general.

Un comentario en “Los peligros de la razón: cultura y capitalismo

  1. Lo mismo pasa con la Universidad. Siento que, al menos en México, existe el problema de que las universidades están cediendo ante las necesidades económicas y se sacrifica su esencia: en lugar de ser centros de pensamiento y creatividad libre para la formación de las personas, se vuelven lugares en donde simplemente se educa a los individuos técnicamente para poder desenvolverse en la sociedad y conseguir un trabajo. Los estudiantes pierden la parte de “educandos” para volverse clientes.

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