Educarnos para educar

Por: Emilia Kiehnle

El filósofo ilustrado Immanuel Kant definía la educación como “el desarrollo en el hombre de toda la perfección de la que su naturaleza es capaz”. Kant pensaba que, si las personas eran enseñadas a pensar primero y puestas en contacto con los contenidos del conocimiento, entonces podrían ser plenamente autónomas y capaces de utilizar su propia razón para guiar su vida y sus acciones. Si se tenía a una sociedad educada y pensante, entonces ya nadie sería capaz de manipularla y someterla.

Este fue uno de los ideales que persiguió la modernidad: una educación masificada que rompiera con las diferencias sociales desde la raíz. El problema es que esta educación en masa, que prometía democratizar el conocimiento y la cultura, antes restringidos a un sector privilegiado, más que cultivar a todos por igual terminó por bajar el nivel de los privilegiados y crear una sociedad uniforme inculta.

En 1979, el pensador Christopher Lash escribió: “La sociedad moderna, que ha logrado un nivel de educación formal sin precedentes, también ha dado lugar a nuevas formas de ignorancia. A la gente le es cada vez más difícil manejar su lengua con soltura y precisión, recordar los hechos fundamentales de la historia de su país, realizar deducciones lógicas o comprender textos escritos que no sean rudimentarios”.

¿Suena conocido? Ahora, después de veinte años, esta crítica se puede aplicar perfectamente a nuestra sociedad. El problema no es que la gente se haya vuelto más tonta o incapaz de aprender, sino que es un fenómeno que se da naturalmente al intentar transmitir contenidos complejos por medios masificados.

Por esencia, la realidad es compleja y difícil de racionalizar en esquemas simples, por lo cual, al intentar transmitirla, los medios de comunicación y los intelectuales tiendan a simplificarla para hacerla comprensible al grueso de la población. Efectivamente lo logran, y por eso los medios están llenos de “slogans” éticos y culturales, es decir, ideas simples y fáciles de digerir ampliamente difundidas.

El problema con esto es que la sencillez no necesariamente refleja la verdad. Muchas veces, al intentar manifestar contenidos difíciles de modo fácil, estos pierden su profundidad y su sentido. Ejemplo de esto es la queja del filósofo español José Ramón Ayllón acerca de los reduccionismos culturales: “Para muchos norteamericanos, los españoles somos toreros o guitarristas, y todas las españolas bailan flamenco”.

Es una frase graciosa y chusca, pero refleja perfectamente el peligro de la simplificación a costa de la verdad. Podemos mencionar reduccionismos bastante más trágicos, los cuales son generalmente aceptados y repetidos por las personas hoy en día. Por ejemplo, entender la tolerancia como indiferencia, concebir la felicidad como liberación sexual, identificar el carácter relativo de la verdad con el relativismo, ver en la ruptura de compromisos personales una manifestación de libertad madura, defender una libertad desvinculada de toda responsabilidad, etc.

Esta sociedad ilustrada que deseaba masificar el conocimiento y la cultura para evitar el sometimiento de las clases privilegiadas, terminó por embrutecer a la población y ponerla en condición de ser manipulada por ideas erróneas o medias verdades. No hay un genio maligno ni un plan malvado detrás de esto: sencillamente es una consecuencia de los cambios políticos y sociales.

Ahora, ¿cómo se supone que podemos combatir el avance de esta “cultura ignorante”? Regresando a lo que nos decía Kant: no hay que enseñarle filosofía a la gente, sino enseñarles a filosofar. Es decir, no agobiemos a nuestros estudiantes con montones de información para que todos sepan todo y no haya nadie por encima de nadie (lo cual, evidentemente, es imposible), sino que enseñémosles a pensar por sí mismos, a ser críticos con las ideas que escuchan y no solamente darlas por ciertas y repetirlas. No se trata de simplificar los contenidos, sino de formar las mentes de los individuos para que sean capaces de entender la complejidad.

Es una tarea que nos toca a todos: a los padres para con sus hijos, al gobierno para con su población, a los empresarios para con su gente. Pero, sobre todo, hay que reconocer la responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos. Sólo seremos capaces de contribuir a la educación de una sociedad en la medida en la que nos formemos (y no sólo nos “informemos”), pues de ese modo seremos capaces de enseñar a otros.

Como bien lo mostró Platón con su mito de la caverna: sólo el que ve la luz primero es el que puede regresar a romper las cadenas de los demás.

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