Héroes de lo cotidiano

Por Emilia Kiehnle

 

“Yo no aspiro a tener una página en el libro de la historia, sino a tener un buen epitafio”, me dijo hace poco un muy buen amigo. Y ciertamente él es esa clase de persona cuya ambición en la vida es influir positivamente en los que se encuentran a su alrededor. Es un hombre responsable y trabajador, un padre y esposo entregado y, sobre todo, un amigo sincero y confiable. En pocas palabras, es una gran persona. Entre más lo conozco, más lo admiro. Y no porque haya hecho algo grandioso y digno de ceremoniosos reconocimientos, sino porque es un verdadero héroe de lo cotidiano: una persona que sabe dar lo mejor de sí misma día con día.

Les cuento todo esto porque, más allá de la estima que le tengo a mi amigo, creo que muchos de los lectores también podrán decir que tienen al menos un ejemplo cercano de este tipo: alguien que no es famoso, poderoso ni especialmente importante, pero que todos los días se levanta, hace bien su trabajo y cumple sus responsabilidades con la convicción de que puede contribuir a mejorar la vida de quienes lo rodean. Esa clase de personas son precisamente las que sacan adelante a un país. Las naciones de primer mundo no lo son únicamente gracias sus gobiernos y a sus altos mandos, sino a sus ciudadanos responsables, trabajadores y preocupados por el bienestar de su familia, de sus amigos y de la sociedad en la que viven, independientemente del lugar que ocupen en la escala social. No se trata de grandes héroes, caudillos o mártires, sino simplemente de personas comunes y corrientes que hacen lo que deben hacer.

El otro día estaba platicando con unos familiares sobre la situación actual de nuestro país y yo expresé mi idea de que si todos, o al menos la gran mayoría, pusiéramos de nuestra parte para mejorar el entorno que tenemos más cercano, entonces México podría ser un país de primer mundo. Mis interlocutores me tacharon de optimista e idealista irremediable, pero yo estoy convencida de que tenemos la potencia de hacerlo. Lo único que necesitamos es dejar de quejarnos y de esperar que las soluciones lleguen de “arriba” y tomar el rumbo de este país en nuestras manos.

Se les puede exigir a los demás en la misma medida en la que uno se exige a sí mismo. Por lo tanto, como sociedad debemos trabajar en conjunto, cada quien desde su propia trinchera. Debemos abandonar esa idea paternalista de que la responsabilidad del bienestar social la tienen el gobierno y los grandes empresarios, excluyendo a todos los demás, y aprender a valorar las pequeñas cosas que podemos hacer cada uno de nosotros desde nuestras propias circunstancias. Lo que podemos hacer como padres de familia, como trabajadores o jefes, como ciudadanos o gobernantes, etc. Si cada quien hace bien lo que le corresponde sin estarse fijando en lo que hace o no el de a lado, la situación mejoraría notablemente.

Ahora que estoy metida en el ambiente empresarial me he dado cuenta de que el deporte de echarse la culpa se practica de los dos lados: los empresarios se quejan de que sus trabajadores no son comprometidos y los empleados se quejan de que sus jefes no hacen nada por mejorar sus condiciones laborales. “Por eso este país no avanza”, se dice a menudo en ambas partes, y tienen razón. Las cosas avanzarían si la buena realización del trabajo de uno no dependiera de la percepción que tenemos del trabajo del otro. Si nos esperamos a que los demás hagan las cosas bien para que nosotros también nos esforcemos, entonces no somos lo suficientemente maduros y autónomos para gobernarnos a nosotros mismos (y menos a un país). Seamos ciudadanos y trabajadores de primera para poder ser dignos de un país y un trabajo de primera.

Hay un dicho que dice que para cambiar al mundo primero hay cambiarse a uno mismo. Esa es la parte más difícil y pesada, pero mi amigo, y muchos otros, son un muy buen ejemplo de que no es imposible.

 

2 comentarios en “Héroes de lo cotidiano

  1. Siempre hemos tenido en el mundo la idea de que los héroes son los que van a la guerra y matan a muchos en nombre de la “patria”, o que rescatan a otros o salvan al mundo, o que la fama y la fortuna son lo mejor que se puede alcanzar en este mundo. Creo que pereceríamos si la gente común y corriente que encontramos en la calle no siguiera haciendo sus actividades laborales cotidianas.

    ¿Que cómo se lleva a cabo esto en México? Ése es otro cantar. La cultura laboral es inexistente, pues se sigue viviendo en el medieval mundo del feudo. “Hago como que trabajo y hacen como que me pagan”: con semejante mentalidad es difícil avanzar, y por desgracia esas ideas se hallan presentes en la mayor parte de las empresas.

    Pero también se puede reaccionar haciendo las cosas mejor que bien aunque la paga sea miserable, nos maltraten o no nos reconozcan lo que hago. Mi verdadero patrón soy YO MISMO, y al que debo rendirle cuentas cuando el dia finaliza. Hacer las cosas mal únicamente me arruina en mi esencia de ser humano y me lleva a ser parte de la mediocridad reinante. Lo anterior no me ha traido fama ni fortuna, pero al menos cuando encuentro a alguien con quien antes trabajé no tiene forma de reprocharme nada. Y la satisfacción que eso brinda es algo que nadie nos puede quitar.

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  2. Me encantó tu artículo, creo que ya somos dos taches optimistas, y no faltará alguno que lo lea y seremos 3, o 4 y así de poquitos en poquitos quizá podamos sumar mucho, no con grandes pasos o hazañas, sí con el ejemplo de hacer las cosas bien, cómo se debe.
    Que buen paper Emilia!

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