La RSE como una inversión con retorno asegurado

Por: Juan José Díaz

twitter: @zoonromanticon

 

El otro día me preguntaron cuáles eran los estándares que deberían seguirse en una empresa para tener un nivel “aceptable” de Responsabilidad Social. La pregunta me llamó la atención, pues me parece un tanto tramposa: querer identificar un grado “aceptable” en una escala es querer saber qué es lo mínimo que puedo hacer sin demasiado esfuerzo.

No obstante esta situación, me di a la tarea de explicarle a la persona que me cuestionó  por qué los límites de la RSE no se pueden poner en una escala de mínimos, sino (¡todo lo contrario!), de máximos. Quiero decir: no es socialmente responsable identificar lo mínimo que puedo hacer para cumplir con un determinado deber social.

Cuando entendió esta idea, se me quedó viendo muy fijamente y soltó otra pregunta, mucho más interesante que la anterior, y por tanto más difícil de contestar: “entonces -me dijo-, ¿si el grado que mide la RSE siempre está volcado a lo máximo, cómo puedo medir sus resultados en mi empresa? Duro y a la cabeza: su pregunta parece una objeción que pone a la RSE como un ideal más de Don Quijote… sin embargo, no es así.

La medición de la RSE no se da, o no debería darse, en una escala de sí misma. Esto sería como pretender ser juez y parte. Las herramientas para medir los resultados de la RSE son, más o menos, las mismas que nos ayudan a medir el desempeño de distintas áreas de nuestras empresas. Sí. Así como mido la eficiencia de mis políticas de calidad, puedo medir mi Responsabilidad Social; del mismo modo en que puedo evaluar el desempeño de un programa de ventas, puedo evaluar una prestación socialmente responsable. El trabajo está en adecuar dichas herramientas a las necesidades de la RSE.

Quizá, lo primero necesario para esta adecuación sea recordar dos cosas: (a) nuestra primera responsabilidad está en casa; (b) la responsabilidad originaria, es la de poner las condiciones para que las diversas necesidades de nuestra base social queden plenamente resueltas.

Ya he hablado, en otros momentos, cómo es que la RSE tiene la obligación de comenzar por nuestros clientes internos o empleados. No ahondaré más en ello. Quiero, en cambio, señalar la relevancia del segundo punto. Somos responsables de que nuestra gente tenga las condiciones para satisfacer sus necesidades: las básicas (casa, vestido, alimento) y las elevadas, complejas o como quieran llamarlas (esparcimiento, formación espiritual, etcétera).

Las primeras necesidades son resueltas bajo condiciones muy simples, como son un sueldo digno, prestaciones adecuadas, programas para impulsar el crecimiento de los empleados y muchas cosas más. Las segundas, en contraste, requieren condiciones un tanto más elaboradas y que por ello implican un mayor esfuerzo por parte de la empresa. Definitivamente es mucho más fácil y sencillo organizar un esquema justo y competitivo de salarios, que imaginar siquiera un modo de introducir, digamos, un hábito de lectura o un gusto melómano en nuestros empleados. Pero vale la pena.

Afirmo, sin temor a equivocarme, que la inversión que hagamos en satisfacer necesidades cada vez más complejas, es una inversión segura: su retorno (en productividad, rentabilidad y compromiso de la fuerza laboral, al menos) está garantizado.

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