Rescatando al Presidente Juárez

Por: Fernando Villela

Twitter: @featum

 

Dedicado a Carolina

 

Todo rescate tiene cuatro elementos. En primer lugar, el rescatado, quien se encuentra cautivo. Evidentemente, el segundo es el secuestrador, aquel que tiene al rescatado, retenido contra sus deseos y a su disposición. El tercer elemento es el rescatista, que intentará liberar al rescatado del secuestrador. Por último, cualquier rescate lleva tiempo, esfuerzo e incluso dinero, así que debe existir una razón lo suficientemente válida para llevar a cabo dicha empresa.

En el rescate actual, el secuestrado es el incomprendido Don Benito Juárez. El valiente rescatista es su servidor y he de reconocer que no soy el primero. Para no pecar de soberbio invito a quien quiera unirse a la empresa. El secuestrador es uno de los hijos más salvajes y difíciles de matar del PRI: la Historia Oficial.

Las razones para nuestra empresa son dos: la primera, y debería bastar con ella, es el rigor académico. El estudio de nuestra historia debe estar dirigido a lo que fue, no a lo que nos hubiera gustado que fuera (sin importar lo creativo u original). Para quienes esto no sea suficiente, otra razón es la nueva historiografía sobre el Benemérito de las Américas debe estar basada en la justicia. No es justo, ni para Juárez ni la historia, usar al expresidente para enarbolar movimientos socialistas o para defender el aborto.

Cuando la guerra de fracciones revolucionarias terminó con la victoria de los herederos del Maximato, quienes fundaron el Partido Revolucionario, necesitaron justificar su dictadura. Más allá de las armas, el partido necesitaba un discurso que lo excusara como gobernante y que le diera continuidad con la historia nacional. Debía decirle a los mexicanos que eran afines y deudores de las ideas del máximo héroe del siglo anterior: Don Benito Juárez.

Se enfrentaron a un gran problema, pues Juárez y el Partido Revolucionario son, política y económicamente, contrapuestos. El presidente decimonónico, en lo político, era liberal y democrático, mientras que el PR era tiránico, autoritario y afín a sistemas burocráticos y piramidales. En lo económico las diferencias son mayores; Juárez  defendía la propiedad privada, el libre mercado, y la inversión extranjera, mientras que los revolucionarios eran socialistas, estatistas y buscaban la nacionalización de los bienes y propiedades.

Incluso en la relación con las dos instituciones de mayor influencia en México, la Iglesia y Estados Unidos, eran radicalmente distintos. Los revolucionarios eran, al menos en el discurso, opositores, radicales, de los americanos y el clero. Su influencia marxista planteaba a los EUA y la Iglesia como enemigos de México, como causantes del atraso y pobreza. Había un odio y aversión hacia ambas organizaciones.

La actitud juarista ante las dos instituciones era distinta. En cuanto a los americanos, queda clara la afinidad que tenía hacia ellos. Como liberal, veía al Estado Norteamericano como el modelo a seguir en la formación del Estado Mexicano. Mientras más nos pareciéramos a ellos, en lo político y económico, mejor. Además, fueron sus principales aliados en la guerra y socios en la paz.

La relación entre Juárez y la Iglesia ha levantado mucha polémica. Me aventuro a postular que el anticlericalismo juarista y el revolucionario no son iguales. El juarista buscaba debilitar las estructuras políticas y sociales que el clero había heredado de la  época virreinal, que no eran compatibles con la estructura de un Estado liberal. No se atacó a la institución religiosa, sino a la institución política y económica que no permitían hacer de México una verdadera república liberal y una verdadera libertad de culto. Bajo este esquema se pueden entender las reformas juaristas sin aludir al odio que sí motivaba a los revolucionarios.

Cuando los revolucionarios se encontraron con tantas diferencias entre ellos y el héroe con quien se querían hacer pares, decidieron que la mejor solución era cambiar la historia que nos narrarían. La historia oficial se vio llena de farsas y mentiras para ocultar las diferencias, maquillar al personaje, exagerar lo que les convenía y formar ritos ridículos para el héroe.  Juárez pasó de ser el padre fundador de México a ser una clase de semidiós de bronce, al cual se le ofrecen desde delegaciones, municipios y concursos infantiles de poemas en su honor.

El Benito Juárez de los libros de texto y discursos políticos es muy lejano al original. Es una justificación, tanto en palabras como en  ritos, a una dictadura contra la cual el mismo Juárez se hubiera opuesto.  Un Plan de Ayutla contra la tiranía revolucionaria.

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