Esclavos del ruido

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: e_kiehnlem

En recuerdo de mi profesor, el Dr. Carlos Llano Cifuentes

Recuerdo muy bien una de las últimas clases que nos dio el profesor Carlos Llano. Dentro de pocos días se cumplirá un año desde su fallecimiento, pero las palabras que nos dijo ese día se han quedado profundamente marcadas en mi memoria.

Una de las ideas que recuerdo con mayor claridad es su crítica al ruido. Nos dijo en esa ocasión: “a mí me da mucha pena esa gente que no puede disfrutar el sonido del silencio, pues es gente que no soporta estar consigo misma”. No era la primera vez que escuchaba esa queja concreta. De hecho, yo misma la he hecho innumerables veces, pues soy una amante del silencio y la tranquilidad. Quizás tenga que ver con mi profesión, por la cual dedico gran parte de mi tiempo a pensar, pero no estoy muy segura de que el silencio sea indispensable solamente para los filósofos. Creo que disfrutar de algunos momentos de silencio es importante para la salud física y espiritual de todos los seres humanos.

Hoy en día es prácticamente imposible contar con un entorno verdaderamente silencioso en un ambiente urbano. Las calles, las oficinas, los restaurantes, los centros comerciales y de recreación… Nuestro entorno se ha vuelto muy ruidoso, y el ruido constante nos perjudica en muchos sentidos. Las personas citadinas tenemos la conciencia, el sueño y el raciocinio alterados constantemente por el escándalo, pero ya casi no nos damos cuenta, porque estamos acostumbrados. Incluso combatimos al ruido con más ruido: cuando queremos evadir los sonidos de la calle, o cuando queremos evitar el ruido del entorno para concentrarnos en una lectura, nos ponemos los audífonos del iPod.

El estrépito en la ciudad puede ser resultado de la industria, los medios de transporte y el constante movimiento, pero también puede interpretarse como el resultado de una guerra abierta contra el silencio. A muchas personas parece incomodarles el silencio, pues delata su soledad indeseada, y por eso lo rompen, pero no se dan cuenta de que esos momentos de soledad también son necesarios para su propio bienestar. Somos seres sociables, es cierto, pero también somos individuos y es importante dedicarnos algo de tiempo a nosotros mismos, lo cual solamente se logra cuando no tenemos distractores externos que interrumpan nuestros pensamientos.

El ruido excesivo produce daños físicos: traumas auditivos, dolores de cabeza, falta de sueño, irritabilidad, estrés, etc. Pero también se agregan a esto trastornos más profundos, como la carencia de momentos de reflexión, falta de paz y lo más paradójico: una terrible soledad, pues al intentar huir de ella rodeándonos de ruido, nos aislamos de los demás. La enajenación que produce el ruido es uno de los principales problemas de las sociedades urbanas de hoy en día. He escuchado a mucha gente quejarse de las personas que siempre cargan su reproductor de música y ya no son capaces de mantener una conversación. También hay quienes no pueden trabajar o dormir sin poner música o prender la televisión. Nuestra mente ya no sabe pensar o descansar sin sonidos externos, pues la hemos acostumbrado al flujo constante del ruido.

Escapar del ruido es muy difícil en este entorno, en especial cuando lo promovemos. Para lograr tener una ciudad más tranquila, tenemos que empezar a crear lugares silenciosos, empezando por nuestros hogares y nuestros lugares de trabajo y estudio.

Cuando estudiaba la carrera me gustaba mucho una parte de la universidad dedicada exclusivamente al silencio, en la que procuraba pasar un buen rato después de las clases. Era un pequeño patio rodeado de jardineras y árboles, un par de bancas de madera y un letrero que decía “Zona de silencio”. No conozco ninguna otra institución, fuera de hoteles de descanso y spas, que tenga un espacio así, pero creo que es una muy buena idea que debería ser difundida.

Mi queja contra el ruido no es nueva, y yo misma desde mucho antes ya apreciaba la tranquilidad. Sin embargo, Carlos Llano me hizo pensar más allá de mis gustos y preferencias, y me hizo consciente del problema social que implica el exceso de ruido. Me enseñó que el silencio debería ser una opción, un derecho; no un lujo.

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