Sicilia y Aristóteles

Por: Antonio Briseño

Primeras planas, la columna de ocho, avances informativos. De repente nos acostumbramos a ver a Javier Sicilia en todas partes, desde que comenzó su movimiento con el que quiere ayudar a México, exigir justicia, renuncias y un buen gobierno. Opiniones sobre esto las hay diversas, muy diversas. Algunos están a favor y se suman a sus marchas y movimientos. Otros, están en contra, lo critican y lo descalifican.

Podemos ponernos en su lugar y compadecernos de la tristeza, el coraje y el dolor de perder de esta forma tan injusta un hijo, a un ser querido. Sin embargo, esto no es suficiente para optar por apoyarlo, o por descalificarlo.

No quisiera que mi opinión entrara en una de estas dos calificaciones: a favor o en contra. Algunos dicen que eso es lo que necesitamos para solucionar nuestros problemas como nación: radicalismo, caudillos formados por el resentimiento, valentía, cambios violentos, destitución de funcionarios públicos, y otras cosas más, que, junto con las ya mencionadas, son las que promueve -voluntaria o involuntariamente- el movimiento de Javier. Otros dicen que es lo que menos necesitamos, pues la violencia y la desobediencia crean caudillos que se rebelan contra el Estado, pidiendo cabezas, desestabilizando al país y derrumbando las instituciones que tanto nos ha constado construir.

Insisto: toco este tema no porque me interese defender o criticar al movimiento de Sicilia en particular. Me interesa porque creo que es un buen ejemplo para hacer una radiografía de nuestra sociedad y de nosotros mismos como integrantes de la Nación Mexicana. Que estamos hartos, es verdad; que queremos un cambio, es verdad; pero creo que lo promovemos mal, que lo queremos lograr por medios inadecuados, por caminos no transitables. Y es que los cambios no los promovemos como sociedad conjunta. Hemos caído en la trampa de actuar como individuos, y no como pueblo. Queremos lograr un cambio sólo para nosotros, que nos beneficie individualmente. Aquel dicho “que cada quien se rasque con sus propias uñas”, nos refleja a la perfección. El movimiento de Sicilia quizás exige muchas cosas razonables, muchas cosas que el gobierno nos ha quitado y que, por la naturaleza de un estado democrático, nos corresponden a nosotros ciudadanos. Sin embargo, ninguna petición puede ser del todo sensata si su forma de traducirse en acciones da resultados absurdos e irrealizables.

En mi humilde opinión, creo que el problema principal está en la forma en la que estamos organizados. Si recordamos un poquito la noción clásica, la noción aristotélica de polis, seguramente se entenderá esto mejor. El todo es anterior a la parte. Es preferible, para un cuerpo vivo, perder un órgano enfermo a que por conservarlo se pierda la vida del resto de los órganos. Parafraseando a Aristóteles, éstas son las palabras con las que justifica que en una sociedad lo que debe tener prioridad es la polis (ciudad) y no el político (ciudadano). El interés de todo político, deberá ser la polis, porque un político sin una polis, no puede vivir, pero sí viceversa: una polis sin un político puede subsistir sin problema.

Aplicando esta noción al caso Sicilia -y al caso de la sociedad mexicana en general- se puede ver que se hace al revés. La polis “nos vale madres”, usando palabras de Sicilia. Diario vemos una nación de despedaza y en el fondo no nos interesa recuperar nuestra nación. Por más que gritemos y nos indignemos ante las muertes y el dolor, no nos involucramos más allá. No pasa nada, todo está bien, siempre y cuando no me afecte a mí como individuo. Pero cuando esa corrupción de nuestro Estado nos afecta es cuando exigimos. Y de esto me parece un excelente ejemplo el caso de Sicilia, un ciudadano como cualquiera de nosotros, que mientras la situación no nos afecta directamente, preferimos la crítica discreta, pero que cuando nos alcanza ese despedazamiento social, prácticamente nos levantamos en armas, reclamando, exigiendo, pero sólo para la solución de nuestras propias causas, de nuestro propio dolor, sin pararnos a cuestionar nuestros motivos, sin reflexionar qué es lo que México necesita realmente de nosotros.

No respetamos esa premisa de la vida en sociedad. A nosotros no nos rige esa máxima de “el todo es anterior a la parte”. Nosotros la damos prioridad a la parte, a la “persona”, pero solamente en primera persona. Creo que lo estamos comprobando en la práctica: es incompatible vivir en sociedad preocupándose en primera instancia por la primera persona, y sólo por ella.

Existe, creo yo, un problema más. En un post anterior, cuando hablaba yo de unidad en las diferencias, toqué un poco este tema. Es un tema quizás semántico, sólo de significados, pero importante en tanto que cuando logremos entender el significado primario y más original de esta palabra, lograremos cambiar algunas concepciones y, con eso, nuestro actuar dentro de la sociedad.

Polis, se traduce del griego al español como ciudad; “político”, por lo tanto, podríamos traducirlo como ciudadano. Todos nosotros, personas mayores de 18 años que conformamos el Estado Mexicano, nos consideramos ciudadanos, es decir, políticos. Político es aquél que está inmiscuido en la polis; ciudadano aquél que lo está en la ciudad. Así pues, político no es todo aquel que gobierna la polis desde un puesto de poder, sino todo aquel que la conforma. Siendo de esta manera, concuerdo con Javier Sicilia en un punto muy particular: los políticos estamos haciendo las cosas mal, no sabemos hacer nuestra chamba.

Un comentario en “Sicilia y Aristóteles

  1. Sicilia, en definitiva, no es el caso del ciudadano que se queja en lo privado hasta que ‘le toca’. El hombre lleva 30 años escribiendo, investigando y denunciando en las páginas de ‘Proceso’ y otras publicaciones, con sus libros y las revistas ‘Ixtus’ y ‘Conspiratio’. Que ahora haya tenido el valor de, además, dar la cara y representar públicamente la indignación y los anhelos de la ciudadanía, es una prueba muy dura para una persona que no tiene ni los contactos, los medios económicos ni la vena política que otros. Y, sin embargo, se lanzó al ruedo. ¿Por qué? Porque le mataron al hijo, y no tiene nada que perder.

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