El trabajo y la familia

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Un tema que se ha tocado últimamente en cuestiones de responsabilidad social es el problema de la conciliación del trabajo con la familia. Ciertamente, nuestra responsabilidad va más allá del lugar en el que trabajamos, pues también tenemos responsabilidades para con las personas del grupo social al que pertenecemos, con nuestros amigos y familiares. Sin embargo, hoy en día pareciera que cumplir con una interfiere con la otra. ¿Cómo dedicar tiempo de calidad a mi familia y al mismo tiempo cumplir con las responsabilidades de mi trabajo?

Es imposible partirnos en dos, y las exigencias de ambas partes se han vuelto cada vez más difíciles de llenar. Las personas pasan más tiempo que antes en sus lugares de trabajo, en horarios complicados que no coinciden con los horarios de sus hijos y recorriendo largas distancias. Una persona que lleva más de una hora batallando en el tránsito de la ciudad difícilmente llega en sus mejores condiciones para trabajar.

Son exigencias que se han transmitido incluso a las escuelas y universidades. Recuerdo cómo algunos de mis compañeros de otras carreras se quejaban de los horarios de la facultad de filosofía. Nos criticaban -no sin cierta envidia- por nuestro “horario de kinder”, pues nosotros llegábamos a clase a las nueve de la mañana, descansados y bien desayunados, mientras que muchos otros se tenían que levantar de madrugada para llegar a clase de siete y sobrevivir las primeras horas a base de cafeína. Y yo me pregunto, ¿eso los hacía más efectivos o les creaba mejores hábitos de trabajo y estudio? Hemos confundido la calidad con la cantidad, y en lugar de buscar cambiar estas dañinas estructuras sociales de la prisa y el estrés, las promovemos desde la educación escolar.

Por otro lado, los modelos familiares también han cambiado y generado nuevas exigencias. Cada vez es más común que ambos padres salgan a trabajar para poder mantenerse, dejando a los hijos al cuidado de alguna otra persona, ya sean abuelitos -en el mejor de los casos-, con personal de servicio o en guarderías.

Dejar a los hijos solos, sin una educación completa y sin una atención de calidad por parte de los padres, es irresponsable, pero también lo es dejar de dejarlos sin los medios para vivir y desarrollarse. ¿Cómo se resuelve este dilema?

La solución solamente puede darse si todos compartimos diferentes niveles de esta responsabilidad, dependiendo del lugar que ocupemos en la sociedad. Absolutamente todos, tengamos hijos o no, trabajemos o no, tenemos la responsabilidad de dar respuesta a estos problemas por el simple hecho de que nos afectan en conjunto. Desde el alto mando de la empresa, que debe considerar proveer a sus empleados de un salario y una cantidad de trabajo justos y de las mejores condiciones posibles para que sus empleados puedan trabajar sin descuidar a sus familias, hasta el mismo trabajador, que debe cumplir con su trabajo bien y a tiempo y aprovechar los medios y capacitaciones que se le dan para producir y ser merecedor de dicho apoyo.

Se necesita comprensión y apoyo de ambos lados: no se puede exigirle al empleado como si fuera un esclavo, pero tampoco al jefe como si fuera solamente un proveedor al servicio de sus trabajadores. Las empresas se construyen con el trabajo de todos los integrantes.

Lo mismo sucede con las familias. Hoy en día hay un fenómeno social por el cual entre más se le exige a las personas en sus trabajos, más se les exige también en sus roles familiares. Del mismo modo que debemos ser comprensivos con los empleados, no podemos exigirle al padre de familia como si debiera ser perfecto. El apoyo debe venir del trabajo, pero principalmente de la familia. Ya en todas partes se le exige a uno, hasta en el kinder de los niños. Si uno no es capaz de salirse del trabajo para ir a las juntas de padres de familia, si no se sienta a hacer la tarea escolar con el hijo, o si no tiene una paciencia infinita y un interés absoluto en todo lo que le dice su hijo, es considerado un mal padre. Les hemos enseñado a nuestros niños a exigir la atención a sus padres sin demasiadas consideraciones, sin enseñarles a ser comprensivos, sin formarlos para ser hijos agradecidos que aprecien los esfuerzos de sus padres.

En el fondo, creo que la solución no se trata de buscar una conciliación entre la familia y el trabajo; más bien deberíamos pensar en no contraponerlos desde un inicio.

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