La libertad incómoda

Por: Emilia Kiehnle
Twitter: e_kiehnlem

“Pero yo no quiero confort, yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero peligro, quiero la libertad, quiero la bondad, quiero el pecado.”

Adous Huxley, Un mundo feliz.

 

Es una cita que siempre me ha gustado por lo dramática, por un lado, pero principalmente por lo verdadera. Me parece que expresa muy bien la profunda necesidad de libertad del hombre, incluso por el encima de la seguridad, del orden y la comodidad, que es precisamente el tema que aborda la novela de Huxley.

Sin embargo, aunque el deseo de libertad sea algo compartido por todos, no cualquiera busca ejercerlo a plenitud. Incluso me atrevo a afirmar que a una gran mayoría de personas les da miedo usar esta facultad y la evitan, pues implica siempre un firme compromiso y una coherencia de pensamiento y acciones.

Ser libre no es sólo tener la capacidad de elegir una opción entre varias. Para ejercer verdaderamente la libertad es necesario un conocimiento de la realidad sobre la cual se va a elegir y un ejercicio de deliberación, es decir, razonar y poner en tela de juicio las opciones existentes para tomar una decisión coherente con nuestro pensamiento. Ser libre, por lo tanto, no se queda en el actuar, sino que implica también un contenido de pensamiento previo. La libertad es la capacidad de actuar conforme una idea o pensamiento, conforme a valores que hemos hecho propios y a los cuales comprometemos nuestras acciones.

Suena muy bonito cuando se describe en papel y en un lenguaje meramente filosófico, pero ¿qué pasa cuando lo traducimos a nuestro día a día? Ejercer la libertad -con todo el peso de lo que implica- en la vida cotidiana puede volverse sumamente incómodo. Somos seres sociales y comprometernos a actuar conforme a una escala de valores que no necesariamente son compartidos por las personas que nos rodean, puede resultar bastante difícil, pues siempre encontraremos oposición, juicios y rechazos que pueden amenazar nuestra tranquilidad o incluso nuestra integridad.

Por eso siempre es más fácil convivir en un grupo de personas que compartan el mismo pensamiento y la misma escala de valores. Todos buscamos esto de manera natural y prácticamente inconsciente: nuestros amigos y allegados siempre son personas con las que compartimos intereses, gustos y formas de pensar. Es raro que alguien busque pertenecer a un grupo social demasiado diferente de sí mismo.

Entonces parece que dos deseos humanos se contraponen: el deseo de libertad y el deseo de homogeneidad. No es que queramos la homogeneidad nada más por ella misma, sino por muchas de sus consecuencias: una sensación de aceptación y seguridad, de facilidad, orden y tranquilidad. Son cosas deseables, ciertamente, pero ¿a qué precio? Buscar homogeneizar el pensamiento resulta en querer homogeneizar también las acciones.

El hombre siempre tiende a la utopía, a idear maneras de convivir del mejor modo posible, sin violencia, sin problemas ni oposiciones, pero no nos damos cuenta de que en este afán por la perfección sofocamos nuestra misma humanidad. Los seres humanos somos personas irrepetibles e insustituinbles, pero la utopía busca igualarnos, homogeneizar lo diverso.

Aunque yo misma he deseado muchas veces un mundo mejor, justo y ordenado, en el fondo creo que si me viera sometida a la homogeinización buscaría el modo de evitar la utopía y volver a una sociedad no utópica, que fuera menos perfecta, pero más libre. La historia ya nos ha dado varios ejemplos de esta pugna humana, en donde el afán de libertad ha derrocado a sistemas homogeneizantes como el comunismo.

Nuestra misma naturaleza nos llama a querer ser libres, pues aunque en esa libertad encontremos incomodidades como “el peligro y el pecado”, también encontramos “la bondad, la poesía y a Dios”.

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