El arte como trinchera

Por: Elizabeth Gutiérrez

Twitter: @elinauta

Podríamos pensar que cuando el arte se utiliza como medio de protesta o de denuncia, cuando promueve determinada ideología o apoya sin reparos a algún gobernante, está transgrediendo los límites de su ámbito e introduciéndose al ámbito político. No obstante, si hiciéramos un brevísimo recorrido por la historia notaríamos que son pocos los casos en los que el arte se ha manifestado de un modo completamente independiente de la política. En las civilizaciones antiguas, por ejemplo, el arte a menudo se empleó para glorificar no sólo a los dioses, sino a sus representantes en la tierra, mediante pirámides colosales y esculturas espectaculares. Al pensar en el esplendor de la cultura griega y de la romana, nos viene a la mente la belleza y la proporción del Partenón o la monumentalidad del Coliseo. Las artes clásicas y su prestigio no son solamente un añadido de la democracia griega o del imperio romano, sino que, en buena medida, son las columnas sobre las que se han erigido estas civilizaciones.

Más tarde, el arte fue el medio ideal para mostrar el esplendor y la riqueza de la aristocracia, mediante retratos de los monarcas, de sus propiedades y de las grandes empresas bélicas que emprendieron. El régimen nazi es un claro ejemplo del uso de arte como propaganda: desde el inicio, Hitler declaró como manifestaciones artísticas válidas aquellas que tuvieran como modelo el arte clásico y que exaltaran el trabajo, la familia, la patria y el heroísmo. Proclamaba sus intenciones de convertir la vida en una cosa bella: no justa ni buena, sino bella. El arte de vanguardia le parecía degenerado y, bajo esta consideración, numerosas obras fueron destruidas o quemadas. Hitler, además, utilizó el cine como medio para hacer llegar su mensaje a las masas. La tecnología le permitió multiplicar el efecto de sus cualidades como orador y su poder sobre los grandes públicos. Observar a la masa eufórica aclamando a Hitler causaba un efecto paralelo en los espectadores, que sentían vibrar en sus propios cuerpos el patriotismo y el éxtasis que contagiaba su líder.

En el manifiesto futurista, que fue uno de los pilares del fascismo italiano, Marinetti declaraba que “la guerra es bella, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las orquídeas de fuego de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañazos, los altos al fuego, los perfumes y olores de la descomposición”.

Alarmado por esta relación entre belleza y violencia, Walter Benjamin declaró que todos los esfuerzos por un esteticismo político culminan en la guerra: la humanidad podría llegar a considerar su propia destrucción como un goce estético. Benjamin buscaba un arte revolucionario, que le permitiera al espectador tomar un papel activo ante la obra: quien admirara una pintura famosa, por ejemplo, debía ser capaz de asumir una actitud crítica y de interpretar por sí mismo el significado de la pieza, en lugar de asumir pasivamente lo dicho por las escuelas y academias de arte.

Para Benjamin, esto permitiría el advenimiento de la revolución comunista, que para él era el inicio de una época mesiánica, de paz y justicia para el pueblo. Con la ventaja de perspectiva que nos otorga el mirar estos hechos como algo pasado en lugar de estar inmersos en la vorágine del presente, podemos afirmar que tampoco la revolución comunista era la solución ideal que traería prosperidad al mundo. La alternativa de politizar el arte, que Benjamin proponía, conduciría también a la guerra, del mismo modo en que lo hizo el arte fascista, o la política estetizada.

Sin embargo, lejos de concluir que el arte debe mantenerse apartado del ámbito político y que cada uno debe funcionar de manera independiente, lo que este breve recuento histórico nos muestra es que el arte lleva intrínsecos ciertos parámetros de comprensión de la realidad que son inevitablemente políticos. Al ser el producto de un hombre que vive en determinado contexto histórico y social, una obra de arte lleva en su forma y en su contenido la manera en que el artista comprende el mundo, y esta comprensión incluye ya relaciones de poder, atribución de valores y riquezas, roles distintos para cada individuo, etc.

Arte y política son inseparables, pues el arte es intrínsecamente político. Esta relación íntima puede ser utilizada con fines de propaganda, como hemos visto a lo largo de la historia, pero también tiene el poder de confrontar dictaduras, despertar conciencias y provocar cambios favorables en el curso de los acontecimientos. Ante ello queda en pie la invitación de Benjamin a asumir el arte de forma crítica, a defender nuestra capacidad de interpretarlo sin intermediarios y a asumirlo a fondo como un lenguaje de alcances cada vez mayores.

2 comentarios en “El arte como trinchera

  1. Hola Eduardo, muchas gracias por tu comentario. En efecto, el arte se ha empleado tanto para imponer la ideología oficial del sistema político vigente, como para protestar contra la censura y defender la libertad de criterio y expresión. Un ejemplo muy actual de ello es la obra del artista chino disidente Ai Weiwei, quien se encuentra preso desde el 3 de abril, quizá por utilizar sus piezas para luchar por la defensa de los derechos humanos en oposición al régimen comunista de su país.

    En el post intento defender que el arte con fines políticos no necesariamente debe considerarse desvirtuado, pues hay una dimensión política que es intrínseca al quehacer artístico. Los objetivos con los que sea usada esta dimensión política (para imponer, para expresar, para denunciar, para invitar a la acción) pueden ser elogiados o condenados, pero no la dimensión política en sí misma, pues ésta forma parte inseparable de la obra.

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  2. Una aclaración: el arte cambia de nombre cuando se mezcla con la política y se le llama PROPAGANDA. De ese tipo de lamentable arte degenerado (que es como los nazis catalogaban las obras que consideraban que no cumplían con sus reglas o que ideológica o racialmente no iban con ellos) tenemos miles de ejemplos.

    Se puede mencionar -como lo haces- las manifestaciones neoclásicas del nazismo (Arno Brecker en escultura es un supremo ejemplo), pero yo añadiría el “realismo” socialista Zhdanoviano en Rusia y las “alegres” imágenes de otros países como China o lo que muchos han tomado como emblema en diseño gráfico con las imágenes creadas en Cuba. ¿Y por qué no? la manera en la que el National Endowment of the Arts (NEA) limita su apoyo financiero a artistas de contracorriente en la vecina nación del norte. Han surgido importantes protestas de creadores como Frank Zappa en 1985 cuando hubo una revuelta intelectual protestando por lo que ellos consideraban CENSURA.

    No hay sistema político que no busque asfixiar la libre expresión individual y más cuando abierta o veladamente se manifiesta en contra de los cánones del establishment. Un buen punto para reflexionar.

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