Cero tolerancia a la corrupción

Por: Juan José Díaz Enríquez

Twitter: @zoonromanticon

La corrupción es cualquier actividad que vaya en contra de la honestidad y las buenas prácticas dentro de la empresa. Es un cáncer maldito que corroe las entrañas de organizaciones (públicas y privadas) y que desintegra su tejido social. Es el mayor mal que aqueja a la sociedad y, por lo mismo, el que primero debería ser atacado.

La Responsabilidad Social de una empresa debe considerar, antes que cualquier otra cosa, la lucha frontal contra la corrupción. La ecología, la equidad de oportunidades, el ambiente laboral y todos los demás rubros que son la fachada de una empresa socialmente responsable de poco sirven cuando la corrupción está presente.

¿Se quiere saber si una empresa está verdaderamente interesada en ser responsable, y no nada más busca colgarse un distintivo que le ayude con su mercadotecnia e imagen pública? Búsquese su política anti-corrupción. No importa si es una política explícita o tácita, aunque todas las empresas deberían procurar hacerla explícita; tampoco importa si está en formato de procedimientos medibles o de un incipiente código de ética cuya aplicación pueda comprobarse fácilmente con una ojeada al día a día de los empleados y los dueños. Lo que importa es que exista cero tolerancia a la corrupción.

Dueños, empleados, proveedores, consultores, todos deben estar regidos por la misma cero tolerancia a la corrupción. Todo lo demás es mera cosmética: maquillaje barato y de poca duración.

¿Por qué afirmo, con esta inusual vehemencia, la relevancia y urgencia de la honestidad? No por un espíritu romántico ni un ideal quijotesco. Es muy fácil expresar el valor de la honestidad y todos los sueños que de ahí se desprenden. No quiero eso. Lo que busco cuando expreso que una empresa socialmente responsable tiene cero tolerancia a la corrupción es un principio mínimo de sensatez.

Me explico: cuando entramos a un juego queremos que las reglas sean claras y universales, es decir, que cualquiera las pueda conocer y sean aplicables a todos por igual. En los negocios, como en cualquier otro juego, queremos y necesitamos de lo mismo. Las reglas deben ser claras y su aplicación debe ser pareja.

La claridad nos ayuda a entendernos todos, a superar la torre de Babel que cualquier relación intersubjetiva tiende a construir.

Todos sabemos lo frustrante que era cuando en un juego las reglas no estaban claras; basta recordar cuando éramos niños: la vida se nos iba en el juego, así como hoy se nos va en la empresa. La demanda de claridad en las reglas, por lo tanto, era indispensable.

Pongo un ejemplo. En cualquier “cascarita” en la que haya tres equipos, mientras dos juegan hay uno que espera. Antes del partido se aclaran los mínimos indispensables: (a) se seguirán las reglas básicas y oficiales del deporte en turno, (b) se gana cuando se alcanza un determinado número de puntos y (c) cuando alguien gana es retado por el equipo que estaba descansando. Reglas claras.

Más, ¿qué pasaría si, digamos, el inciso (c) se hiciera poco claro? ¿Cuándo entra a jugar el retador, después de 3 ó 5 goles? El tercer equipo no sabría cuando entrar y durante el juego tendrían que inventarse una serie de reglas emergentes para contrarrestar la falta de claridad.

Por el otro lado, ¿qué pasaría si en un partido de cualquier deporte a un equipo le contaran las faltas y al otro no? El desarrollo del juego estaría comprometido y, en el mejor de los casos, en lugar de buscar la victoria se procuraría contrarrestar los efectos de la injusticia.

Lo que hace la corrupción es atacar directamente a la claridad y a la universalidad. Busca conseguir prerrogativas que signifiquen una “ventaja” frente a otros dentro del juego. Y en ello radica su inminente peligrosidad. La violación a la claridad y a la universalidad enajena al corrupto de la sociedad en la que se desarrolla: nadie quiere jugar con un compañero tramposo.

Cero tolerancia a la corrupción o, dicho en positivo, honestidad total en toda la realidad que toca nuestra empresa. Hoy tenemos ejemplos de sobra para comprobar que la corrupción de una empresa atenta directamente a la sociedad en la que se desarrolla: la crisis mundial, que a México tocó de lado y que ha ocasionado la curva de desempleo más importante en la historia reciente de los Estados Unidos, no fue producto de tres empresas sin preocupaciones ecológicas o con malas políticas de ambiente laboral. No. Fue provocada por empresas que aceptaron a la corrupción en sus actividades cotidianas y que por ello terminaron por romper hasta el último seguro que protegía su mismo juego.

Así es la corrupción: comenzó como una negociación para poder evadir algunas reglas del juego y terminó con un harakiri poco estético y bastante estúpido.

Por eso es que el primer principio para ser una empresa socialmente responsable es la honestidad. Si ésta falta, aunque tengamos todo lo demás, no seremos más que un payaso o una ramera: en ambos casos el maquillaje, más que ocultar lo que son, los acusa escandalosamente y sin posibilidad alguna de evasión.

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