Dialogar con el arte

Por: Elizabeth G. Frías
Twitter: @elinauta

Dicen que al encontrarse frente a una pieza de arte resulta indispensable un gesto mínimo de cortesía: hay que dejarla hablar primero. Debe ser ella quien inicie el diálogo, es decir, el ejercicio compartido de construcción e interpretación de sentido. Para ello, debemos disponer no sólo nuestro intelecto, sino el cuerpo entero a la escucha. Debemos ser receptivos, abiertos, potenciar nuestra sensibilidad.

Contrario a lo que solemos pensar, la contemplación no tiene por qué ser exclusiva del intelecto. Tampoco es obligatorio relacionarla con la inmovilidad. En la contemplación debería estar involucrado todo nuestro cuerpo, ya que es a través de él que percibimos el sentido o el significado de la pieza, puesto que ésta es inevitablemente material (incluso la música, la más inmaterial de las artes, requiere de la materia: el sonido viaja en ondas que se transmiten a través del aire). Por eso, esta actitud no excluye el movimiento o la acción (siempre y cuando esta acción se realice sin dejar de lado la apertura -o cortesía fundamental- de la que hablábamos al inicio). Sentir la lluvia en la piel, por ejemplo, bien podría ser un acto contemplativo, si tanto el intelecto como el cuerpo están enfocados en recibir esta sensación. Así podría sugerirse que el intelecto no se reduce al cerebro, que este sentir del cuerpo es una forma de inteligencia. Pero ése es tema de otro post; por ahora, volvamos a la obra.

Quizá sea más claro si utilizamos como ejemplo una obra arquitectónica: un templo. Parados frente a él, es inevitable que nuestro cuerpo entero se sienta involucrado. Y lo dejamos iniciar el diálogo; nos disponemos a descubrir lo que, de cierto modo, resuena en él. Podemos vislumbrar en las piedras apiladas el esfuerzo de las decenas de hombres que participaron en la construcción, la voluntad de quien ordenó levantarlo para demarcar un lugar sagrado, el impacto  que tiene en la vida de quienes acuden regularmente a él. Además, podemos penetrar en él, sentir cómo su monumentalidad, su material y el ambiente apelan directamente a nuestro cuerpo y a nuestra sensibilidad.

También es necesario no contemplarlo solamente como un objeto aislado, sino dentro de su contexto. Percibimos lo que rodea al edificio a la luz de éste: el cielo abierto detrás de la piedra del templo pareciera relucir más; un cielo tormentoso sobre el templo parece más amenazador. Es como si la obra, si la dejamos hablarnos, reinventara su contexto, como si diera un nuevo significado a las cosas que la rodean.

La palabra “contexto” proviene de “texto”, que significa tejido. La obra se encuentra dentro de un tejido de relaciones con los objetos y las personas que lo rodean, y esas relaciones conforman su significado, aquél que tratamos de percibir al ponernos a la escucha cuando nos encontramos frente a ella. Pero al  situarnos cerca de ella formamos parte de su contexto, de su tejido de significado: podemos, así, experimentarlo y hasta colaborar a construirlo. Es ahí cuando  estamos respondiendo al diálogo iniciado por la obra. En la medida en que experimentamos algo significativo, encontramos en la obra cierta verdad, puesto que nos permitió descubrir alguna cosa en ese intercambio.

Esta manera de situarse frente a una obra no es, por supuesto, exclusiva de la arquitectura, sino que puede aplicarse al arte visual, a la música o incluso a las artes escénicas. Por ello es que me parece una virtud del arte actual, a veces, enfocarse en la experiencia, involucrar explícitamente su contexto, invitar al espectador a la contemplación activa, pues es cuando se vuelve claro que no buscamos en la pieza únicamente un valor estético perceptual (que, en ocasiones, está ausente del todo), sino formar parte activa del entramado de sentido conformado por el autor, la obra, su contexto y nosotros mismos. Entablar un diálogo, pues; un diálogo no con una sola persona, sino con decenas o cientos, con la materia, con el tiempo y con el espacio; un diálogo en el que resuenan significados forjados a través de la historia del hombre y del arte y que se concretan en un objeto; un diálogo en el que, tal vez, se pueda participar simplemente disponiéndonos a él por entero y sin proferir una sola palabra. Si lo consideramos así, jamás un museo volverá a parecer un lugar silencioso o volveremos a considerar una obra como un objeto mudo.

5 comentarios en “Dialogar con el arte

  1. ¡Gracias Dan! Sí, pienso que experimentar una obra debe ser involucrarse con ella. La percepción de sentido no puede ser sólo intelectual, en especial en el caso del arte, en que está tan ligada a las sensaciones. Ver una obra tiene un impacto en la disposición entera de nuestro cuerpo. Lo mismo para cualquier otro significado, pero es más notorio en el caso del arte. También pienso que la contemplación puede estar ligada a cierto tipo de acción, pues percepción y acción son dos caras de una misma actividad. Gracias por comentar!

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    1. En filosofía el arte del “no hacer” en italiano cotidiano “il dolce far niente” parece que a lo largo de la historia del mundo mucha gente ha llegado a la claridad con la que tu propones observar el arte, sin duda creo que contemplar/observar desde el ser es algo trasciende de nuestra atención consciente a algo mas profundo, quizá a nuestra verdadera empatía al artista, la que de manera primigenia entiende lo que pasa en la obra, probablemente deberíamos también observar así a las personas, no crees?

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