Sexo con drogas y rock and roll

Por: Fernando Villela

Twitter: @Featum

 

Uno escribe sobre sexo y todo mundo pide más. Así que como uno está para hacer feliz a sus fans, lectores y seguidores continuemos. Hace quince días defendí que la sexualidad, sus normas, costumbres y usos están determinados por la visión antropológica y cosmológica que se tenga. También dejé entrever que la revolución sexual de los sesenta y setenta se debió a un cambio en la mentalidad de aquella época. Bastó eso para que me preguntaran: ¿cuál fue dicho cambio? He de decir que no soy experto en ningún tema, pero los cambios sociales en la postguerra me interesan sobre todo a la luz de la lectura del ensayo literario La Danza Macabra de Stephen King (que por cierto recomiendo).

Al parecer hasta los años cuarenta la juventud era obediente y educada. Buenos mozos y damas que seguían el proyecto ilustrado moderno. Es verdad que ya desde finales del siglo XIX y principios del XX había elementos de rompimiento con la modernidad. En la academia, arte y ciencia la postmodernidad hacia su entrada, pero en la vida cotidiana poco habían cambiado las cosas. Más allá de las novedades de las revoluciones industriales y tecnológicas la población seguía planeando su vida con los parámetros de progreso y sofisticación ilustrada. El sexo tenía un lugar establecido del cual no se podía mover. Se le había restringido al ámbito reproductivo en la institución del matrimonio, todos sus demás aspectos y elementos eran tabú. Claro que los varones, exclusivamente, tenía derecho (no encuentro otro término) a escapes a dicho sistema. Mientras a su familia no le faltaran recursos y fuera la esposa quien lo acompañara a los eventos públicos uno podía tener su “casa chica”.

Los cuarenta estaban revestidos con un halo hipócrita de castidad. El sistema de valores parecía funcionar, pero la Guerra Mundial vino a ser el gran despertar, pues engendró los factores que habrían de cambiar nuestra sexualidad. La justificación a tal sistema de valores se derrumbó, el velo que cubría sus pecados fue quemado y, quizás aún más importante, las dos principales minorías americanas se incorporaron a la fuerza laboral. Ya para los años cincuenta rasgos de rebeldía comenzaron a surgir con el gamberro sin deseos de trabajar y su navaja. Era agresivo, incluso sexualmente, pero los hijos de la guerra, en el fondo, seguían queriendo lo mismo que sus padres: una casa en los suburbios, un trabajo con el cual pagar una hipoteca y una esposa a quien hacerle el amor.

El gamberro, con todo y el golpe cultural que fue, seguía usando goma para el cabello y portando la chamarra de su bachillerato. Y parafraseando a King, si los años cincuenta fueron el levantar el telón de los cambios por venir, los sesentas y setentas fueron la opera prima. Podríamos dedicar libros enteros para explicar y ejemplificar dicho proceso, pero para nuestro post bastará mencionar que era imposible en los cuarenta que los jóvenes reclutados para la Guerra Mundial respondieran “A mí no me ha hecho nada los NAZI”, pero sus hijos y sí le decían a Nixon: “A mí no me ha hecho nada el Vietcong”. Todo había cambiado, un gran choque generacional se había dado y la nueva sexualidad se encontraba en el centro de dicho cambio.

La revolución sexual, hasta donde puedo ver, estaba basada en cuatro premisas. En primer lugar, gracias a Freud, al sexo se le vio muchos más usos que el meramente reproductivo. Había placer, mucho placer, que explorar y descubrir. Las rígidas prácticas sexuales de antes habían dejado terreno virgen que explorar. Cada Tabú implicaba un nuevo mundo de sensaciones maravillosas y había tantos de ellos que ni como aburrirse. “Y si ahora tú vas arriba”, “Si somos tres en lugar de dos”, “¡Hey! en un lugar público”,  “Dicen que con ésta pastilla se siente mejor”. Al sexo se le regresó su carga dionisaca y katártica.

La segunda premisa es una extrapolación de la primera, pues la naturaleza seguía vinculando al sexo con la reproducción… que molesta. Así que se buscó los medios para poder tener sexo sin la consecuencia de un nuevo crío. De allí la importancia de los desarrollos en los métodos anticonceptivos. No me perderé en discusiones bizantinas sobre teorías de complot y proyectos para el control de la población. Me queda claro que el desarrollo en el condón y las pastillas anticonceptivas se basa en la necesidad de desvincular al sexo de la reproducción y de la liberación femenina. Lo que nos lleva al tercer punto. La liberación femenina y la revolución sexual van de la mano (el amor lésbico más importante de la historia). La mujer al entrar a la vida laboral comenzó a exigir los mismos derechos que sus compañeros varones en todos los ámbitos; política, educación, laborales y sin olvidar el sexual. No había razón para que sólo el hombre disfrutara del sexo, ellas también tenían derecho a explorar y disfrutar. Incluso hubo algunas que pedían el derecho a tener su propio amante… Pero para lograr tal igualdad se debía controlar la principal consecuencia de la sexualidad femenina, la maternidad. Lo que nos lleva de regreso al segundo punto.

El último elemento de la revolución sexual es su justificación. Cuando los aterrados padres y protectores del Status Quo se quejaron de la nueva sexualidad se encontraban con el mismo argumento. Nada podían decir ellos que defendían modelos y sistemas hipócritas. Queda una última duda: si los cincuenta fueron el levantar el telón, los sesentas y setentas la opera prima, los ochentas y noventas el segundo y tercer gran movimiento, ¿qué demonios pasa ahora? Para unos es el inevitable final, pero en lo que a mí respecta es el último acto de ésta gran obra. Somos herederos de la revolución sexual de las décadas pasadas, sin el interés a regresar a un estadio anterior, donde la sexualidad ha sido comercializada, empacada y vendida en vistosos aparadores.

Un comentario en “Sexo con drogas y rock and roll

  1. Buena entrada, sólo una observación. Los valores que trataron de defender los padres y madres de los cincuenta deben de tener algo de cierto. Mucha gente sigue defendiéndolos ahora, y aunque en aquellos tiempos se haya sido hipócrita, debieron haber notado la importancia, tal vez, ya tarde.

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