“Think outside the box”

Por: Emilia Kiehnle
Twitter: @e_kiehnlem

 

Como ya lo he manifestado en posts anteriores soy abiertamente partidaria de los avances tecnológicos y de los medios masivos de comunicación. Considero que es una maravilla poder tener acceso a tanta información y en tan poco tiempo. Sin embargo, los que ya me han leído también saben que soy consciente de los peligros de un exceso de información mal asimilada y que, por lo mismo, defiendo la necesidad de la formación del pensamiento crítico.

Al respecto de esto, hoy elegí como tema de mis reflexiones al maravilloso invento de la televisión.

Debo admitirlo, me encanta ver la tele. No le dedico mucho tiempo porque mi trabajo y mi vida social ya consumen bastante de él, pero soy fan de un par de series televisivas y no me he perdido un sólo capítulo de las mismas. Ver la tele me relaja, me divierte, me ayuda a distraer la mente y a descansar del trabajo. Creo sinceramente que una pequeña dosis diaria de televisión no hace daño e incluso puede resultar benéfica.

Actualmente existen, en mi opinión, dos grandes medios culturales que influyen en el desarrollo de la inteligencia: la televisión y la lectura. El conocimiento de la realidad se puede contener y expresar en imágenes y palabras. A pesar de eso, las aportaciones de la palabra y de la imagen son muy distintas.

Detrás de todo escrito hay una mente que hizo el ejercicio de traducir su pensamiento en palabras. Cuando leemos recorremos el mismo camino mental que el escritor; seguimos un camino nuevo llevados de la mano por la persona que lo trazó anteriormente. Y en ese camino podemos encontrarnos con ideas nuevas que no conocíamos, observarlas detenidamente y decidir si las queremos para nosotros o si las dejamos ahí.

La televisión nos transmite información de otra manera. A diferencia de las palabras escritas que requieren cierto nivel de concentración, la tele goza de un fuerte magnetismo visual que la convierte en un medio muy útil para proporcionar entretenimiento y gran cantidad información. “Una imagen dice más que mil palabras”, reza el famoso refrán, y esto es verdadero desde el punto de vista de la cantidad. Con una imagen podemos adquirir varias ideas mucho más rápido y fácil que cuando hacemos el ejercicio de entender algo escrito. Sin embargo, esta sencillez y agilidad tan efectiva para el entretenimiento es mucho menos útil a la hora de desarrollar y ordenar los pensamientos. Para pensar son necesarios los conceptos, los cuales son transmitidos por medio de las palabras, y en la televisión las palabras comparten protagonismo con las imágenes y la música. Las sensaciones visuales y musicales, en la medida en que tienen autonomía propia y no están al servicio de las palabras, no contribuyen del mismo modo al progreso intelectual.

El objetivo de la televisión no es educar ni enseñar a pensar, sino entretener e informar, nada más. Transmite ideas, pero dificulta su discusión al imponer la velocidad y el ritmo del mensaje. En cambio, cuando leemos podemos regresar sobre nuestros pasos y dedicarle tiempo a cada idea. La televisión, tan maravillosa como es, también puede ser peligrosa, pues nos lo da todo masticado y puede cortarnos la creatividad, la imaginación e incluso el criterio para decidir si estamos de acuerdo o no con alguna idea. 

Esto no sería un peligro serio si le diéramos a la televisión el justo tiempo y lugar que le corresponde: el de entretenernos un rato para descansar la mente. El problema es que hoy en día las ciudades están siendo invadidas por las televisiones en lugares en donde no les corresponde estar. Ya nos encontramos pantallas por todas partes: en la calle, las tiendas departamentales, los supermercados, los gimnasios e incluso en lugares que están destinados a la convivencia con otras personas, como los cafés y restaurantes. Ya no sólo entretienen, sino que distraen, interrumpen e impiden las conversaciones.

La televisión en exceso no sólo dificulta el desarrollo del pensamiento, sino que repercute en la convivencia humana. El concepto no sólo es necesario para la filosofía, sino para cualquier acto de comunicación humana. Si perdemos la capacidad de concebir, de formar conceptos y ponerlos en palabras para expresarnos, cada vez se volverá más difícil la comunicación con otras personas y lo que es aún más grave, con nosotros mismos, lo cual nos hará presa fácil de cualquier ideología que nos pongan en frente.

Pero no tengan miedo ni se imaginen un escenario apocalíptico. La televisión no es un artilugio demoniaco. De hecho es un gran invento, pero como cualquier otro aparato tecnológico hay que aprender a usarlo.

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