Diálogo y comunidad

Por: Juan José Díaz Enríquez

Twitter: @zoonromanticon

A partir de la modernidad (allá en tiempos de Descartes y secuaces) el mundo compró dos premisas que han permeado en el desarrollo empresarial:

  1. Es necesario un desarrollo académico fuerte para tener derecho a decir algo
  2. Para poder decir algo sensato es necesaria una objetividad a prueba de balas, que no dependa de la experiencia

La primera premisa ha provocado lo que Ken Robinson llama una “inflación académica”. Él la explica del siguiente modo: mientras que hace 200 años la gente hacía su vida con un grado de bachiller, hace 100 necesitaba una licenciatura, hace 5 requería un doctorado y ahora las instancias posdoctorales están ganando terreno.

En el ámbito empresarial vemos la inflación del siguiente modo: de los “dones” o “señores” comerciantes migramos a los “licenciados” y ahora si no tienes un MBA poco o nada puedes aportar a la discusión empresarial.

El problema de esta “inflación académica” es que tiende a encapsular al mundo académico en un frasco cada vez más pequeño: un pequeño mundo donde los profesores y doctores se sienten seguros y a salvo del inestable mundo exterior. ¿Quién querría medir las fluctuaciones de un péndulo en un ambiente no ideal?

Este encapsulamiento aliena a la academia y la vuelve inaccesible e inútil para el mundo real. Se erige como un monumento a las abstracciones bizantinas y se enferma de parálisis existencial: la inflación académica se vuelve obesidad académica que termina por asesinar al sector intelectual por asfixia.

No me malinterpreten. Soy académico antes que empresario: adoro la investigación filosófica (que es mi rama de estudio), me apasionan temas tan abstractos como el estatuto ontológico del eros platónico (whatever that means) y soy capaz de participar en un grupo de estudio del libro Ser y Tiempo del insoportable Heidegger.

Al respecto de los MBA quiero tomar uno y, honestamente, creo que son una gran herramienta para cualquier empresario y/o emprendedor, sobre todo aquellos que en su temario y plan de estudios cuentan con contenidos de RSE y humanidades.

La segunda premisa, por su parte, pone al empresario en una situación incómoda y que ha dado como resultado un divorcio entre la teoría y la praxis. Esta objetividad implica que se salga del mundo de su empresa y, de modo ascético, analice a su empresa. Dicho de modo gráfico: la objetividad moderna exige que se acueste a la empresa en una tabla de autopsias.

El problema: la empresa es un ente vivo, en constante cambio, que reacciona al mundo circundante y a estímulos que no dejan de golpearla. ¿Cómo hacer una autopsia de algo vivo? ¡Es imposible!

En este momento ya se puede ver el conflicto. Un acceso objetivo e hiperacadémico a la empresa no aporta absolutamente nada.

La solución, empero, es de fácil descubrimiento. Para superar las barreras que nos han puesto la objetividad moderna y la inflación académica, y para aprovechar lo que el análisis y la academia pueden aportar al mundo empresarial, es necesario recurrir a la prudencia.

Los griegos (en particular el pedante Aristóteles) llamaban a la prudencia “la sabiduría práctica” (o phrónesis). Y justamente de eso se trata. Un empresario supera ambas premisas cuando es prudente. ¿Y qué se requiere para alcanzar la sabiduría práctica? Dos cosas muy sencillas, pero que requieren esfuerzo: (a) tener información relevante y (b) perseguir el mayor bien posible a partir de lo que nos dice dicha información.

La información no se consigue con objetividad. Esa es una mentira de tres pesos que nos vendieron los ilustrados del XVIII y XIX. La información relevante ya está en las cosas mismas, ahí en su medio natural. La información de la empresa está en la existencia cotidiana de la misma. ¿Quieren poder decir algo prudente al respecto de una empresa? Empápense de ella, vívanla, conózcanla en su cotidianidad. (Dicho de otra manera: nunca confíen en un consultor que crea poder decirlo todo desde su escritorio: son un fraude).

Esto tiene cada vez más sentido en el mundo contemporáneo en el que la economía empresarial está mudando de un mercado de bienes y servicios a uno de experiencias. Pero ese es otro tema…

El mayor bien posible se evidencia cuando la información se somete a un esfuerzo estratégico de Responsabilidad Social. Éste es la relación de mejores escenarios de toda la cadena de valor y grupos de interés de una empresa. Cuando la información relevante se articula para producir beneficios a todos los stakeholders de un negocio, eso es el mayor bien.

“Esto suena muy bonito en el papel –podrán objetarme. Pero, ¿existe un ejemplo real de una empresa que esté siguiendo este modelo?” Sí, lo hay. Y aunque no sé qué tan adelantados vayan en este camino, sus logros hasta ahora son irrefutables. La empresa se llama Pixar.

Al respecto de estas dos premisas, Pixar formuló tres principios básicos que minan los efectos de las dos premisas falsas con que arranca este texto. Sus principios son:

  1. Todos deben tener la libertad de comunicarse con todos
  2. Todos deben sentirse seguros para dar sus ideas
  3. Debemos seguir de cerca las innovaciones que surgen en la comunidad académica

Dicho de otro modo, Pixar corrige los efectos negativos de la inflación académica y del objetivismo creando diálogo y comunidad. Aceptan lo que la academia tenga que decir, pero no se quedan ahí. Y buscan descubrir la información relevante del mundo mediante la herramienta más exitosa y más antigua que ha tenido la humanidad: el diálogo entre comunes.

De esta suerte, vale la pena preguntar: yo y mi empresa, ¿estamos impulsando el diálogo y construyendo comunidad?

Un comentario en “Diálogo y comunidad

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