Disputas irreales

Por: Fernando Villela

Twitter: @Featum

Dedicado a Santiago Piñeirúa,
quien me retó a este tema.

El peor enemigo de cualquier escritor, más allá de la mala sintaxis, es el mal de hoja en blanco. Consiste en la falta de inspiración para iniciar un texto. La musa que nos sedujo con un tema, nos abandona excitados pero impotentes. Frustrados buscamos, entre nuestro baúl de trucos superar el mal de hoja en blanco. Unas veces logramos dibujar nuestras ideas saliendo avantes, con el orgullo intacto.  Otras veces debemos conformarnos con irnos a dormir con un “te quiero, no pasa nada”, un beso en la mejilla y el ruego que no nos vuelva a pasar.

Es más común cuando se trata ciertos temas. Hoy todo mundo tiene donde escribir y sentirse editorialista del New York Times, opinando sobre cualquier tema. Abundan los supuestos expertos y las voces autorizadas que sólo necesitan acceso a internet, soberbia extrema y algún tema. Las reglas sintácticas y semánticas, la ortografía y la buena pluma han sido abandonadas. Además las opiniones vertidas o la supuesta veracidad de los textos no está basada en las evidencias empíricas ni razonamientos válidos o sensatos. Al parecer basta la duda y una teoría de conspiración para asegurar a los lectores.

Muchos son los nuevos especialistas en infinidad de irrelevantes temas, como el que me impactó hace poco. He de reconocer mi gusto por teorías exóticas y poco viables, pero la presunta existencia de los reptilianos es demasiado. Hay quien sostiene la  existencia de seres racionales de aspecto reptiliano que se han infiltrado en las estructuras de poder, con disfraces que les permiten hacerse pasar por humanos y que controlan al mundo.

Unos sostienen que son de origen extraterrestre otros que evolucionaron de unos dinosaurios, pero que perdieron la batalla con los homínidos y ahora viven en el subsuelo. Los extremos llegan a tal grado que hasta se usa a Hugo Chávez como marco de referencia para dicha teoría.

Esto es uno de los efectos secundarios de la democratización de los medios de comunicación. Y si bien defiendo el derecho a creer y escribir cualquier cosa (incluso aquellas difíciles de creer) creo que esto debe comprometer a quienes pensamos más cerca del sentido común, evidencia y la validez, a poner más cuidado e interés en nuestros textos.

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