El paradigma de la sinceridad

Por Juan José Díaz

Herederos del romanticismo europeo, hasta el día de hoy defendemos la importancia de la autenticidad para casi cualquier ámbito de nuestra vida social. Los empresarios, políticos, artistas, deportistas y más deben ser auténticos, originales. Cargan sobre sus hombros el peso del genio y de la inspiración. Steve Jobs, Lorenzo Servitje y Carlos Slim son personas inspiradas, iluminadas por algún espíritu superior que los hace ser tan buenos en lo que hacen. Esta imagen es tan aceptada que el valor de sus empresas cae en las bolsas donde participan cuando se enferman o anuncian su retiro.

Sin embargo, la era de este liderazgo de genios está terminando. La debacle capitalista que se desató con furia desde el 2008 está impulsando nuevos modelos de liderazgo empresarial. Se habla de empresas sociales, de capitalismo moderado y hasta he leído argumentos en pro de un retorno a un comunismo que no sea totalitario.

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Lo que estamos experimentando es un cambio de paradigma. Estamos justamente en el tránsito entre un capitalismo que no puede ser y lo que sea que domine la economía mundial del presente siglo. Para que funcione, el paradigma venidero debe aceptar premisas básicas de la realidad humana: 1) el hombre es un ser naturalmente económico (la ley de la oferta y demanda es tan universal como la inercia o la muerte), 2) los recursos materiales son limitados (por lo que la economía basada en ellos es también limitada), 3) la regulación es necesaria, pero la sobrerregulación estrangula el desarrollo, y 4) al ser el hombre el único animal que modifica su medio, no podemos darnos el lujo de reintentar paradigmas ya superados.

Además, este nuevo paradigma debe considerar el interés social que la RSE ha impulsado en todo el mundo y también los cambios sociales que la tecnología de la información ha provocado en los últimos 20 años. Un paradigma que no contemple la colaboración, el ocio, la conexión total en redes sociales, la sustentabilidad ambiental, entre otros elementos, no se asentará jamás.

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Con esto dicho, propongo que en este siglo XXI el paradigma de la autenticidad (hogar del genio original) podrá y deberá dar paso al paradigma de la sinceridad (hogar del colaborador total).

Adelantándose a este paradigma, Jack Welch afirmó en su libro Winning que el mayor enemigo de la empresa es la falta de sinceridad. Y tiene razón, pues ninguna empresa puede innovar ni responder eficientemente a sus grupos de interés a menos que todos sus miembros accedan a información oportuna y pertinente, como bien lo señalan O’Toole y Bennis en “Lo que se necesita para el futuro: una cultura de la sinceridad.” (HBRAL, junio 2009).

Pensemos en todas las ventajas de una cultura de sinceridad: agiliza la gestión, blinda a las organizaciones contra corrupción y conflictos de interés, facilita la generación de valor compartido, abre canales para el enriquecimiento por vía de la sabiduría social, fortalece los lazos de alianzas estratégicas, permite la mejor toma de decisiones de corto, mediano y largo plazo y mucho más.

Por tanto, las empresas que carecen de sinceridad carecen de toda posibilidad de hacer bien su trabajo bajo las condiciones que el siglo XXI está imponiendo.

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Para entender lo que esto significa hay que saber qué es la sinceridad. Según la RAE, ésta es el “modo de expresarse libre de fingimiento”. A mí me gusta más definirla como la libre expresión de la verdad.

Así, las empresas y sus personas no deben decir lo que quisieran que fuera verdad, sino lo que es verdad. Y toda verdad es compleja ya que implica datos, condiciones, contexto, etc.

¿Cómo se alcanza la verdad que alimenta la cultura de la sinceridad? Con transparencia y prudencia.

La transparencia ayuda a consolidar el paradigma de la sinceridad y por eso es una herramienta, no un fin. Las empresas no deben buscar ser transparentes nada más por serlo. Deben ser transparentes para poder ser más eficientes. Pero transparencia no es apertura total. Hay cosas que una empresa puede decidir mantener en secreto por seguridad de sus personas y legítimos intereses. Transparencia es permitir a terceras personas acceder a información relevante, pero dejemos este tema para otro momento.

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La prudencia, por su parte, es la columna que soporta la gestión empresarial. Hay que recordar que la gestión no es una ciencia especulativa, sino una ciencia práctica y por ello debe perseguir un perfeccionamiento más allá de los simples méritos teóricos (como lo demostró pragmática e irrefutablemente la crisis del 2008, tan enlazada a las decisiones gerenciales asesoradas por grandes académicos de las mejores universidades).

En las ciencias prácticas, la teoría no modela la realidad, sino que la explica. Son la prudencia (“saber-qué-hacer”) y la virtud (“saber-cómo-debe-hacerse”) las que de hecho la modelan.

De este modo, la prudencia y la transparencia permiten el aseguramiento de la verdad, que sustenta la actividad empresarial en el paradigma de la sinceridad. Pero aún falta camino para que la sinceridad se erija como paradigma empresarial de nuestro siglo. Hoy en día todavía sobreviven prejuicios del siglo pasado, que son verdaderos enemigos de la sinceridad. Pensamientos como “la información es poder”, y actitudes como la pena ante aceptar los errores, no hacen más que minar el camino hacia la gestión sincera.

También, en tanto que estamos a media transición, corremos el riesgo de que surja un paradigma alternativo a la sinceridad y que sea fatal. Un paradigma que corrompa los principios de la RSE y condene al siglo XXI a ser una carnicería de oportunidades, donde la colaboración sea engullida por la alienación, donde la RSE se convierta en un sueño socialistoide y ecoloco donde la seguridad sea comprada con falacias de academicismo estéril o cinismo relativista.

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Como en todo proceso de cambio, nos la estamos jugando. Las decisiones que tomemos como empresarios modelarán el mundo de la gestión de nuestro siglo. En nuestras manos está nuestro futuro. Ya no somos esclavos de las decisiones de nuestros ancestros, éstas acabaron su cadena de efectos alrededor del 2008. Desde entonces estamos comenzando un nuevo capítulo y todavía podemos echarlo a perder.

Impulsar la cultura de la sinceridad es el único modo de asegurarnos un paradigma como el que propongo líneas arriba. Es nuestra primera responsabilidad social, de lo contrario, no nos espera un futuro nada bueno.

5 comentarios en “El paradigma de la sinceridad

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