Los peligros de darle gusto al gusto

Por: Margot Castañeda

Twitter: @martxie

 

“¿Hay más miserable cautiverio que sujetarse un hombre a la vil panza y dejar que la gula tenga imperio?”

Lupercio Leonardo De Argensola

 

No hay duda alguna de que el acto de comer puede interpretarse como la necesidad intrínseca del ser humano por alimentarse y a la vez oscilar entre la satisfacción, la seducción, el placer y los excesos. “El placer es necesario para comer, el hambre también es necesaria para comer, pero el deseo de comer es diferente del hambre” decía San Agustín. Una cena copiosa llena de aromas, colores, texturas y sabores no sólo nos despierta el apetito, sino que nos seduce y genera un deseo sensual. Hedonismo puro, todos buscamos el placer porque nos atrae de manera irresistible. A todos nos gusta en cierta forma el planteamiento hedonista, porque nos convence de que el realizar acciones placenteras es bueno y encomiable. “Hay que darle gusto al gusto” como se dice coloquialmente.

Pero, ¿qué pasa cuando ese goce se convierte en un vicio? Cuando el placer le gana a la voluntad caemos en los excesos y en libertinaje alimenticio y es cuando podemos hablar de gula.

En algún momento todos hemos sido cómplices y transgresores sin culpa del exceso de comida y/o bebida, pero una sesión de comida en exceso no basta para hablar de gula. La gula necesariamente es una costumbre, un hábito que termina por convertirse en parte de la naturaleza de la persona. No hablamos de gula cuando se come de más por ansiedad, depresión, alguna patología o enfermedad, sino cuando la motivación para excederse es la perspectiva placentera.

San Gregorio dijo que la gula nos tienta de cinco maneras: “nos hace adelantar la hora, exige manjares exquisitos y caros, pide preparaciones con excesivo esmero, rebasa los límites en la cantidad y despierta una voracidad sin límites”. ¿Y qué hay de malo con todo esto? Creo que la respuesta es el exceso. Comer en exceso de forma sistemática causa toda una gama de enfermedades y disfunciones orgánicas. La gula no sólo propicia la obesidad, sino que obsesiona, enajena y propicia otros vicios al grado de que rebasa la delgada línea que hay entre el placer y el desplacer.

Además, creo que el elemento de exceso le quita en cierta forma el sentido al acto de comer y beber. ¿O acaso me dirán que mientras más comemos más rico sabe? o ¿mientras más gastamos en la comida, mayor placer genera? Yo creo que no. Me parece que la pasión de un glotón por la comida y la bebida deja de ser admirable o compatible, porque a él no le interesa únicamente la calidad, el refinamiento de la comida y su preparación, sino la cantidad. Al menospreciar la comida sencilla de todos los días para ensalzar la comida sofisticada, deglutida en condiciones de lujo, o con intenciones de presumir, el glotón termina por hacer absurda la práctica misma de comer y de compartir la mesa.

Yo sé que la caracterización misma de la gula es condicionada por la cultura, es decir que puede interpretarse de diferente manera en México, Francia, la India o cualquier otro país y que depende también del contexto y la circunstancia en que se presente. Sin embargo, creo que podemos afirmar que la gula es una conducta moralmente inaceptable en todos lados. No sólo es un pecado capital y una tentación difícil de resistir, creo que es un peligro inminente que amenaza con alejarnos de disfrutar el deleite esencial de la comida.

En mi opinión, lo más importante de todo es saber que el placer de comer no debe medirse por la cantidad,  sino por la calidad. Comer bien no significa comer mucho. No se trata de satanizar ese pedacito extra de carne o esa doble porción de queso, sino que debemos encontrar los límites de nuestro amor a la comida y nuestra búsqueda del placer. Así que en este caso, como en muchos otros, el criterio aristotélico del justo medio es lo que debemos tener en cuenta cuando queramos “darle gusto al gusto”.

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