Una historia muy extraña

Por: Fernando Villela

Twitter: @Featum

 

Buenos días (o tardes). Para poder leer el post de hoy le voy a pedir un favor: pida a quien lo acompañe que lea en voz alta mientras usted cierra los ojos e imagina lo que le voy a narrar. ¿Listo?

Imagine que los hippies de San Francisco van a organizar una convención Hippie Mundial. Van a ir seguidores del amor y paz de todo el mundo, para por unos días compartir las vibras, hacer el amor y no la guerra y construir un mundo de flores. Todo bien hasta ahora.

Después necesito que imagine que en la misma ciudad los budistas se oponen a dicha reunión. Tienen sus opiniones, totalmente respetables, contra dicha convención y están dispuestos ha hacerlo saber. Por eso organizan una serie de marchas en contra de la convención hippie.

Podemos suponer que los hippies se manifestarán a favor de su convención, es todo su derecho. Lo que no podemos imaginar es que cualquiera de los grupos recurra a la violencia para hacer notar su opinión. (Ya puede abrir los ojos, gracias). En nuestro caso, hippies y budistas pueden encontrarse, discutir o confrontar sus ideas, pero como modos de vida que sostienen la paz, la amistad y armonía sería absurdo que se gritaran groserías, se insultaran o recurrieran a los golpes.

Bueno pues, absurdo es lo que siento al ver como se enfrentan los católicos y antipapas en Madrid. Unos defienden el amor al prójimo como mandamiento superior, poner la mejilla izquierda cuando te golpeen la derecha y que quien a hierro mata a hierro muere. Los otros ven su laicismo como la máxima expresión de la tolerancia, el respeto a distintos modos de vida y el desprecio de cualquier tipo de opresión. Y sin embargo, su hipocresía es retratada en las imágenes que dan la vuelta al mundo.

He de aceptar que, partiendo de las imágenes dadas por los diarios (El País, El Mundo, La Jornada y El Reforma), las expresiones de intolerancia y violencia vienen sobre todo de los antipapas. Que nadie se confunda y se predisponga a mi afirmación; quienes me conocen saben que no tengo miedo en criticar la hipocresía de los miembros y jerarquía de la Iglesia Católica (de hecho es uno de mis deportes favoritos), ni soy un defensor de la fe ni las instituciones religiosas, ni baso mis conclusiones en los reportes de diarios ni páginas católicas. Pero tampoco soy afín a no cuestionar por ser políticamente correcto.

¿Cómo entender tanto odio y rencor hacia la Iglesia en España? ¿Por qué tiene la fe católica tan mala imagen en un país con una tradición cristiana tan fuerte?

A lo largo de la historia española, sobre todo en los últimos tres siglos, la Iglesia Católica ha sido relacionada con los regímenes autoritarios, no democráticos y represores. Durante años sirvió para justificar y trabajar de la mano del sistema monárquico absoluto y el mercantilismo económico, sistemas de los cuales se sirvió para bien y para mal. La Iglesia dejó de ser una institución religiosa para ser una institución política y económica. En España, como en todos los países papistas, los movimientos liberales debieron enfrentar la oposición, férrea, de la Iglesia, que usó sus medios temporales y eternos para defender sus privilegios temporales. Ello llevó al jacobinismo anticlerical de los liberales en naciones papistas.

Durante el siglo XX fue acogida por el Franquismo como elemento de identidad española. La Iglesia española se alineó a la dictadura, primero como reacción a las hostilidades de la República y posteriormente por los beneficios que implicaba ser la religión única.

En las últimas décadas, con la apertura democrática en España y la caída del sistema ideológico apoyado en el Muro de Berlín, se ha presentado una reacción péndulo en lo que se refiere a la moralidad y sexualidad cristiana, identificado con la nueva izquierda socialdemócrata.

Todo esto expone a la Iglesia a un desprecio de la clase política progresista.

Aunado a todo ello se encuentran los gastos públicos por la organización de la Jornada Mundial de la Juventud. Fondos públicos que han llegado por dos medios: aportaciones directas del gobierno (tanto nacional como local), como buscar que las donaciones privadas al evento sean deducibles de impuestos.

Los antipapas se quejan de ambos caminos. El primero se ha buscado justificar diciendo que es una inversión que se recuperará con los ingresos que den los miles de peregrinos, de modo análogo como se hace en los Mundiales de Futbol, Olimpiadas y Festivales Internacionales de Cine… ignoro si esto se vaya a dar, pero al menos en lo teórico es justificable.

En lo que se refiere a la deducción de impuestos, la justificación es que los valores que promueve el evento son los valores humanos universales por lo que benéfico para la nación y la sociedad. Lo que olvidan, o no quieren mencionar los papistas, es que los valores que promueve dicho evento se encuentran en un contexto católico, y que los fondos públicos o no apoyan ni promueven ningún contexto religioso o apoyan y promueven todos.

Todo ello se presenta en un ambiente de descontentos económico grave en España, donde el desempleo se viene incrementando mientras las ganancias de las corporaciones y bancos españoles (quienes financian la JMJ y buscan que sus aportaciones sean deducibles) vienen a la alza. En un ambiente tan tenso para las finanzas públicas de las naciones industriales hace que la crítica de los antipapas sea más radical y tome tintes anticapitalistas.

De este modo la intensidad del bando antipapista tiene su origen en situaciones históricas de más de dos siglos y en imprudentes decisiones económicas en lo que se refiere al financiamiento de las JMJ.

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