Ese horrible sitio llamado museo

Por: Edgar Vargas Flores

Escritor invitado

Desde que era pequeño mis maestros solían dejar mucha tarea en donde teníamos que  realizar varias  investigaciones, parte de esto era asistir a los museos de la ciudad de México donde tenía que escribir y volver a escribir cédulas interminables que se agigantaban con cada sala que recorría.

Mi madre llevaba mi mochila a cuestas porque de otra manera no habría podido mantenerme en pie ante tal cansancio. La obligación de tener la investigación sobre el museo a tiempo  me estresaba demasiado; muy bien dicen los psicólogos que el estrés infantil va creciendo poco a poco cada año, y pienso que este problema ha sido por el tipo de educación que México se niega a dejar atrás.

Era interesante encontrarme con otros compañeros en los museos, ya que si ellos habían llegado antes podía copiarles la mitad de las cédulas para no tener que pasar el día entero recolectando información; también era un buen pretexto para comentar un poco de la exposición y no poner atención a los demás objetos en el museo.

Mientras yo ejercía mi tarea arduamente, mis hermanos se la pasaban corriendo en el museo de un lado a otro, observando los colores que la luz del sol reflejaba, admirando los objetos que ahí yacían y comentando entre ellos los sentimientos que les causaban; parecía algo sumamente divertido, mucho mejor que copiar y copiar para completar una bendita tarea.

Así pasé una gran parte de mi vida escolar. Toda la primaria y secundaria recorrí diversos recintos culturales hasta que llegué a la preparatoria, donde me encontré con una profesora de historia que en verdad se le notaba la vocación y el interés por sus alumnos.

Recuerdo que el primer día de clases con la profesora de verdadera intención en su trabajo, parecía tener las mismas intenciones que todos los demás docentes anteriores: visitar museos para copiar cédulas. Prácticamente comenzaba a entrar en un estrés que parecía aumentar con el paso del tiempo y que me hacía aborrecer mucho más a los malos museos que de por sí ya  odiaba.

La sorpresa de este curso preparatoriano fue que la profesora nos pidió visitar cualquier museo, la elección esta vez la tenía yo. No teníamos que copiar cédulas, ni escribir una gran reseña sobre lo visto, simplemente teníamos que llevar el boleto de entrada  y una foto de nosotros en el recinto. De verdad parecía un chiste, ¿qué era lo que iba aprender si no escribía nada de ese sitio? Si no iba a copiar cédulas, ¿cuál era el objetivo de ir a un museo sin libreta? En verdad empezaba a dudar de la capacidad de esa maestra.

Fue así que me preparé para asistir a ese museo sin mochila ni cuaderno, me sentí muy raro, desprovisto de armamento, liviano, indefenso, pero bueno, parecía ser un gran experimento para mí. Decidí tomarlo con mucha calma y paciencia.

Escogí un museo que versaba sobre la historia, ya que era un tópico que siempre me había gustado. Así comencé mi viaje en ese recinto, al principio tenía mucho miedo, ya que lo que siempre había realizado, esta vez no iba a ser practicado. No tenía que copiar cédulas, por lo  que me dispuse a ver los objetos que siempre pasaron inadvertidos ante mis ojos.

Mi vista pasó de ver cédulas en blanco y negro a destellos de luz que iban coloreando poco a poco mi mundo interior, con algo  de miedo respiraba y continuaba mi camino en las próximas salas. Los objetos que hallaba me dictaban nuevas propuestas, sentía que querían dialogar conmigo, tal vez despertarían y me pedirían charlar por un rato. Así de extraño era todo eso.

Aunque la mirada trataba de regresar a las cédulas para leerlas, me llamaban más la atención los objetos estéticos que me conectaban con cuestiones que nunca me había preguntado. Me incitaban a regresar a mi pasado y redimensionar mi vida, a ejercer conductas que para mi experiencia resultaban mejores, observar los objetos por todos lados para poder entender su textura y diversidad cromática, e incluso reflexionar sobre el futuro de mi persona. Prácticamente eran temas filosóficos que nunca imaginé que en un museo pudiera encontrar, y más aun, que no pensé que me pudiera transmitir y verdaderamente llegar a ejercer  un poder en mi mente.

Al día siguiente en clase, comentamos sobre los aspectos vistos en el museo y   las ideas que se nos ocurrieron estando ahí. Por supuesto tenía que participar ese día y transmití toda la experiencia estética que ejerció la visita sobre mis pensamientos, además que no sólo me saqué una foto en el lugar, sino que verdaderamente me esforcé por documentar ese recorrido sin que la profesora me lo pidiera; sobra decir que ella quedó encantada con mis comentarios.

De esta manera entendí que los museos no son sitios donde la gente debe de ir a copiar cédulas, ni mucho menos  recabar información textual de los objetos que ahí se exhiben, sino todo lo contrario, un museo es para ser disfrutado sin la preocupación ni el estrés de cumplir con una tarea escolar. Las visitas a los museos deben de ser guiadas por la intuición y el interés dejando que te absorba, filtrando su contenido cultural en ti. Así es como ese sitio cultural que tanto detestaba se convirtió en uno de los destinos que ahora practico con tanto entusiasmo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s