Porque “así son las cosas”

Imagen de Alberto Montt

Por: Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

Trágico escenario el de la lucha contra el crimen organizado en nuestro país. Una situación en la que muchos capitalinos exigen al gobierno federal una solución inmediata por estar cansados del derramamiento de sangre, aunque sólo lo vean por la tele o en el periódico. Exigen un conjuro que solucione el conflicto como por obra de magia, de un día para otro, sin más lucha ni más pérdida. Sobra decir que dicha solución no existe.

Gente más sensata propone generar un cambio en la sociedad a partir de la sociedad misma, donde se originó el mal que ahora nos afecta y nos aterra. Promover un cambio positivo es algo que todos podemos hacer, pero también es algo a lo que normalmente renunciamos, algunos por resignación, otros por mera inercia, porque “así son las cosas”.

Tomemos el ejemplo de la corrupción en un restaurante. Cualquiera que haya trabajado en uno o sea poseedor de un negocio de esta clase, seguramente ha experimentado mil y un formas en las que las leyes se doblan y desdoblan con una naturalidad que resulta alarmante. El dinero fluye libremente por todas las manos en actividades remotamente legales, a escondidas pero a la vista de todo el mundo, empezando por las delegaciones con los permisos de uso de suelo y construcción, licencias, reglamentos de protección civil, inspecciones sanitarias y demás requerimientos que parecieran muy necesarios y prudentes, pero terminan siendo trámites burocráticos eternos que inevitablemente concluyen en una mordida o una clausura. ¿Y los sindicatos, las sociedades de derechos de autor, las juntas de vecinos y el poli de la cuadra en dónde quedaron?

No exagero. ¿Cuántos restaurantes, cafeterías o bares conocen que hayan sido clausurados? Ah, pero el problema de la corrupción no sólo ocurre fuera, sino también dentro del restaurante. Es muy fácil hacerse de la vista gorda cuando el proveedor le regala una botella al jefe de compras para ganarse su favor, cuando ese señor adinerado desliza un billete al gerente para obtener una mejor atención que el resto de la clientela o los domingos que el sous chef le prepara un suntuoso desayuno a todo el personal de cocina a expensas del negocio mismo y de cuando el chef está descansando.

Y es lo más común y lo más normal encontrarse con discursos y prácticas a todas luces delictivas, espetadas hacia el trabajador con el mayor cinismo imaginable en empresas de todos los niveles, tales como:

“Aquí no damos prestaciones.” “Las primeras dos semanas las trabajas gratis, a ver si te quedas.” “¿Prestaciones de ley? Aquí sí damos, pero te metemos con el salario mínimo, aunque ganes más, pero eso lo metemos como propinas porque de esas no se pagan impuestos. Ah, y fírmame esta hoja en blanco y tu renuncia de una vez, por cualquier cosa.” “¿Reparto de utilidades? ¡No, amigo, cuáles utilidades!”

¿Y qué tiene que ver todo esto con la violencia de la lucha contra el crimen organizado? La corrupción que permite la proliferación de bandas delictivas de toda clase no está en las instituciones. El gobierno no es corrupto, tampoco   las empresas. Son las personas las que corrompen la misma sociedad que conforman, ya sea activa o pasivamente.

Mientras sigamos aceptando que “así son las cosas” seguiremos tolerando la corrupción y enfrentando sus múltiples consecuencias en nuestra sociedad.

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