Paquidérmica elegancia

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Hace un par de semanas viajé a Suecia y Dinamarca. Es difícil explicar el cambio que se produce en la mirada por visitar un país distinto. Los elementos son los mismos: casas, personas, edificios y calles. Sin embargo el ambiente se percibe de modo diferente. Un modo de explicarlo sería decir que la percepción cambia dependiendo de la época histórica y el contexto cultural en que vivimos. No percibimos de la misma manera en que hacían los egipcios o los renacentistas, pero tampoco lo hacemos igual que un asiático o un danés, a pesar de ser nuestros contemporáneos.

Por ejemplo, me pareció intrigante encontrar en Dinamarca pequeños elefantes repartidos por todo el castillo de Rosenborg. Eran estatuillas de oro perfectamente detalladas que representaban elefantes ataviados con diamantes y piedras preciosas. Además, todos tenían un jinete de piel oscura sentado en el lomo, de otro modo, ¿quién conduciría al elefante? La condecoración más alta que el rey podía otorgar a un servidor era la orden del elefante. Y cuando pasé por un buen hotel su símbolo era, por supuesto, un elefante alado. Pero ¿qué relación hay entre estos enormes animales y la elegancia o el honor?

Por más que traté de encontrar las virtudes de los paquidermos, no logré relacionarlos más que con la longevidad y quizá con la sabiduría. En efecto, más tarde un amigo danés me explicó que los elefantes eran símbolo de inteligencia, pero también de pureza y castidad, cosa incomprensible para mí hasta que me contó que los escandinavos alrededor del siglo XV creían que el tamaño de los elefantes les impedía mantener relaciones sexuales entre ellos a riesgo de aplastar al otro bajo sus patas. Por consiguiente, era bien sabido que los elefantes engendraban a sus hijos por gracia divina. De este modo, no podían más que ser la encarnación de la castidad y la pureza.

Aunque en estos tiempos tal simbolismo suene muy lejano, para un danés del siglo XVI seguramente era evidente que se encontraba en un lugar muy elegante si se veía rodeado de pequeños elefantes dorados. Es decir, su percepción estaba condicionada por las creencias y costumbres de su época, por el avance de la tecnología con el que contaban y por supuesto, por las características de su entorno natural.

Al hablar de esta transformación histórica de la percepción sensorial, Walter Benjamin dice que uno de los mayores cambios sucedió con la llegada de los medios técnicos de reproducción de imágenes u objetos, como la fotografía. Nosotros estamos muy habituados a encontrar reproducciones en miniatura de obras de arte clásico o antiguo. Encontramos, por ejemplo, cuadros de Da Vinci en tazas, playeras, portadas de libros y hasta en la publicidad. Pero ¿cuál sería la reacción de un griego si encontrara, de pronto, múltiples reproducciones de la Venus de Milo? O peor aún, ¿qué pensaría al ver una fotografía de la estatua reproducida cientos de veces? Nuestra percepción está ya habituada a vivir entre esta multiplicidad de imágenes que borra los límites entre original y copia, verdad y ficción.

Pese a que son ejemplos muy concretos, hay infinidad de factores que ocasionan que la percepción sea distinta en una época diferente o en una cultura lejana a la nuestra. Muchos de ellos son tan sutiles que sólo podríamos experimentarlos si, de algún modo, pudiéramos sentir por unos momentos tal como siente la otra persona. La ventaja es que tal diversidad en la percepción enriquece las maneras de mirar el mundo o explicarlo. Además, siempre tenemos al alcance un ejercicio similar al viajar, adentrarnos en un ambiente y en una cultura que no nos es familiar y al disponer nuestros sentidos a esta percepción ligeramente distinta, disponer nuestro ánimo a los descubrimientos.

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