11-9

Por: Fernando Villela

Twitter: @Featum

Acérquense a sus padres y pregúntenles dónde estaban, qué hacían y quienes los acompañaban cuando se enteraron que habían matado a Kennedy aquel 22 de noviembre de 1963. Si tienen abuelos hagan la misma pregunta pero sobre el lanzamiento del Sputnik en el otoño de 1953. Hay momentos que marcan a toda una generación. Hitos que rompen la continuidad de la historia quedando gravados en nuestras almas. La caída del muro de Berlín, el ataque a Pearl Harbor, 2 de octubre de 1968, el asesinato de Colosio… son eventos que marcan a toda una generación. Suelen ser momentos en que nuestra seguridad queda destrozada, nos arrebatan la tranquilidad de golpe recordándonos lo vulnerables que somos.

Hace diez años nos destruyeron la vista más hermosa de la capital del mundo civilizado. No sólo golpearon el corazón de América, transgredieron a todas las naciones que preferimos la vida y la libertad. Nos recordaron que somos vulnerables, que nuestros peores temores se pueden cumplir, que un grupo de fanáticos pueden entrar a nuestro sistema y golpearnos donde más nos duele.

Nos quitaron nuestra seguridad y nos mostraron el terror, pero lo que más nos duele es que despertaron nuestra conciencia. Nos mostraron nuestros pecados alterando nuestras buenas conciencias burguesas, ya que las circunstancias que permiten y fomentan el surgimiento de grupos terroristas fueron toleradas, promovidas y aseguradas por quienes luego seríamos víctimas del 11-09.

Con el pretexto de evitar el surgimiento de dictaduras comunistas promovimos el surgimiento de dictaduras de extrema derecha, para garantizar nuestros suministros de petróleo barato dimos armas a grupos fanáticos religiosos, volteamos la vista ante el genocidio en Ruanda, olvidamos la función original de la ONU, mientras nuestros suburbios fueran limpios y nuestros césped verde, el resto del mundo se dirigía a las puertas del infierno sin darnos cuenta de que traspasadas perdíamos toda esperanza.

Veíamos el terror que otros vivían sin pensar que nos podría pasar. Dejamos que el monstruo se alimentara, creciera y se saliera de control. Y cuando por fin nos atacó nos dejó pasmados.

Pero no merecíamos esto. Las víctimas siempre son inocentes y sus vidas no debieron terminar así. Nuestra pena fue mayor que nuestra culpa. Las víctimas mortales eran tan inocentes como las víctimas de nuestras malas decisiones.

A diez años del ataque no sabemos si respondimos del modo correcto. Los culpables han sido capturados, dos dictaduras han caído y al-Qaeda ha sido debilitado, pero nuestras acciones han traído nuevas víctimas, nos hemos ganado nuevos odios, y hemos radicalizado a nuestros enemigos. Occidente ha vuelto a fallar, no ha sabido llevar la paz a pesar del peligro que ello significa.

Atacamos al terror con terror.

Y en medio de la pesadilla los héroes surgen. Bomberos, policías, paramédicos, pasajeros hombres comunes y corrientes que son la respuesta ante el odio. Personas que en medio del caos y violencia no dejan de respirar, de luchar, de rescatar lo mejor de nosotros cuando nuestros pecados nos muestran su verdadero rostro.

Sirva su sacrificio y la vida de las víctimas como recuerdo de lo que ocurre cuando somos hipócritas, cuando buscamos garantizar nuestro confort a costa del sufrimiento de otros. Que las viejas cicatrices no vuelvan a abrirse, que nos hablen todos los días de las consecuencias de nuestro peor rostro  y el poder de nuestra bondad.

PD. Recordemos por igual el valor de la izquierda chilena. Los ideales que buscan una vida más justa.

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