Una camiseta que ponerse

Por: Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

 

Hace ya varios años trabajé en la cocina de un hotel de mucho renombre y de supuesto alto nivel. No todo lo que brilla es oro y resultó ser una experiencia de pesadilla. Quiero compartirles hoy una de las cosas que aprendí de aquel episodio de terror en mi vida: el valor de tener una buena “camiseta” para los empleados.

Estaba yo muy contento de haber conseguido un trabajo en un lugar que mucha gente ubicara en el mapa. Conseguí el puesto de cocinero A y la paga era no tan mala como de costumbre. Cierto es que una recomendación a nivel gerencia internacional tuvo mucho que ver con que consiguiera el puesto…

Esto es relevante porque me marcó como un empleado incómodo: el güerito con contactos “allá arriba” y el puesto que “no merecía”. El ambiente en general era hostil, infectado por los celos y las envidias, pero no era yo el único afectado. Un nefasto sistema de repartición de propinas a cargo de un corrupto sindicato, creaba una serie de conflictos entre el personal totalmente innecesarios. Teníamos muy poco personal y el trabajo en equipo era un concepto totalmente desconocido.

El sistema burocratizado de jerarquías dejaba al jefe de cocina sin ningún poder en absoluto sobre sus empleados, quienes descaradamente lo ignoraban y dejaban solo con labores mundanas como cargar el pedido desde el almacén de dos pisos abajo. El chef ejecutivo nos miraba con tristeza e impotencia porque él también tenía las manos atadas por la gerencia de alimentos y bebidas.

Además, nuestro maravilloso restaurante de 4 estrellas, estaba plagado (y no exagero) de cucarachas de toda clase. Era insoportable. Los pocos empleados presentes estaban tan resignados que me decían: “¿Para qué las matas, güero? Si por cada una que matas salen cuatro más.”

Quizás sobre decir que este güero estuvo a punto de renunciar al primer mes de su estancia en dicho antro.

Aparentemente la noticia de mi inminente renuncia sorprendió mucho a todo el mundo. Después de todo, yo era “el recomendado”, yo tenía los buenos contactos. El principal responsable de este escenario terrible, el gerente de alimentos y bebidas, no tardó en llamarme a su presencia. Sabía de mi inconformidad y trató de motivarme (o de callarme, no estoy seguro) con un poco convincente discurso.

Básicamente, la idea era “uno no debe hablar mal de la camiseta que trae puesta”. Claro, su jefe no debía enterarse de la infestación de cucarachas, del pésimo servicio y esas cosas. Los trapos sucios se lavan en casa. Lo que el señor gerente no vio es que la camiseta que me ofreció -sucia, vieja, corrupta- yo nunca me la puse. Y esto es algo que pasa muy a menudo en el medio restaurantero.

Ganarse la lealtad de los empleados, conseguir que “se pongan la camiseta”, sólo se logra ofreciendo una camiseta que valga la pena. La alta rotación característica del medio restaurantero en México, les aseguro, se debe en gran parte a la pobre calidad de las camisetas generalmente disponibles.

Es tan sencillo como eso. ¿Qué tan atractiva es la camiseta que ofrece tu empresa? ¿Qué estás haciendo para mejorarla? ¿Tú te la pondrías?

 

Imagen obtenida de: http://iamsjm.co.uk/page2.htm

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