El poder de un nombre correcto, segunda parte

Por: Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

 

Cada post en este blog es el resultado de un constante proceso de estudio y pensamiento de sus respectivos autores. No somos gurús iluminados, ni seres omniscientes incuestionables. Cada post contiene información fresca recién horneada en o estudiada por nuestras mentes que en muchas ocasiones es de carácter hipotético o propositivo. Por eso a veces nos llevamos sorpresas agradables al descubrir que lo que ya habíamos dicho, al profundizar en el estudio, cobra aún más sentido.

Ferran Adrià, uno de los chefs contemporáneos más reconocidos en temas de creatividad, ha dicho que lo importante a la hora de crear algo nuevo es poder conceptualizarlo. No se trata tanto de quién fue el primero en hacer algo, sino quién es el que logra ponerle nombre y con ello convertirlo en un concepto nuevo en nuestra mente.

Hace dos semanas escribí un post sugiriendo que los platillos nuevos deberían ser nombrados y desde entonces descubrí que Adrià ha utilizado este nombrar platillos precisamente para ayudar a crear esta conceptualización. Curiosamente, conceptualizar  es también un método contemporáneo para hacer arte, y Adrià lo ha hecho tan bien que ha sido invitado a importantes festivales de arte contemporáneo de nivel internacional como expositor.

Pero aunque el empresario restaurantero quizá no esté interesado en hacer arte, porque no todos los restaurantes del mundo pueden (o deberían) ser como elBulli, la conceptualización es una herramienta que puede tener un gran beneficio para restaurantes de toda clase, ya que es una especie de branding o posicionamiento de una marca.

Otro chef, el peruano Gastón Acurio, dio un discurso en el 2006 en la Universidad del Pacífico en el cual expuso su plan a 20 años para posicionar la cocina peruana a nivel internacional. Acurio, en una verdadera demostración de ambición y genialidad empresarial, expuso que su principal herramienta sería el crear el concepto de “cebichería peruana” y popularizarlo en el “segmento étnico” internacional, compitiendo así con otros conceptos como la barra de sushi japonesa, la pizzería italiana o la taquería mexicana.

También escribí hace dos semanas un ejemplo utilizando un platillo francés popular y explicando cómo, al despojarlo de su nombre – de su concepto-, perdía toda la fuerza de su mensaje. Resulta que Acurio dijo en su conferencia del 2006 exactamente la misma cosa: criticó la decisión de algunos restauranteros que despojaron a las cebicherías de su nombre “sin darse cuenta de que era justamente ese nombre su mayor virtud”. En el nombre radica la fuerza del concepto y, por lo tanto, las posibilidades de diferenciación del negocio que lo porte.

A cinco años de su conferencia, Acurio es ahora reconocido como uno de los “G9”, o los nueve chefs más influyentes del mundo, al lado del mítico Adrià. Y la cocina peruana está ganando su lugar en el panorama culinario internacional poco a poco gracias a su trabajo.

Por lo tanto, insisto en mi idea de que nombrar las nuevas creaciones puede ser una gran herramienta de negocio para un restaurante. Crear conceptos nuevos y ponerles nombre no es cosa fácil pero, como Adrià y Acurio han demostrado, bien vale la pena.

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