Lengüilargos y boquiabiertos

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

A veces, una tarde cualquiera,

la dulzura se instala en las palabras.

-Miquel Martí i Pol

Leí alguna vez que la razón (disimulada, claro está) por la que nos gusta coleccionar cosas es que de ese modo logramos reducir el mundo hasta que tome dimensiones más controlables. Nos fabricamos un universo que deja de ser infinito y pasa a ser abarcable.

Resulta que una de las pocas cosas que yo colecciono son palabras. Y pese a que con ello el universo de los vocablos no se ha vuelto, de ninguna forma, abarcable, mi colección de palabras sí me ha indicado caminos por los cuales transitarlo. Algunos de mis favoritos son: el camino de la sonoridad, el del significado y el de la armonía gráfica.

Aunque los tres conducen a delicias lingüísticas, en esta ocasión seguiremos el camino de lo sonoro en el lenguaje. Lo cotidiano que nos resulta el idioma puede provocar que pasemos por alto su musicalidad, su ritmo, su tono y los sonidos que son recurrentes en él y que, no obstante, se vuelven evidentes cuando escuchamos hablar a un extranjero. En muchas de las piezas de Sigur Rós, la banda islandesa, la voz es un instrumento más, ya que componen sus canciones en Vonlenska (en inglés Hopelandic), un idioma inexistente conformado por sílabas sin sentido, “una jerigonza que se adapta a la música”, muy parecido a la improvisación vocal en las piezas de jazz (scat). ¿Qué quedaría si a las palabras les quitáramos el significado? Quedaría música, contestarían ellos.

Jitanjáforas, responderían los lingüistas ante la pregunta anterior. Una jitanjáfora es una palabra cuyo sonido es agradable y sugerente, pero que carece de significado. Podemos jugar a inventarlas haciendo conjunciones inesperadas como “fonémona” o “albígero”. Cortázar hace lo propio en el conocidísimo capítulo 68 de Rayuela, escrito en otro idioma ficticio, el glíglico: “Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia.”

Aquí pueden escuchar el capítulo 68 de Rayuela con sus insinuaciones y sus juegos, en voz de Cortázar:

En español hay palabras que ya en el sonido llevan implícito el significado: decir “susurro” invita a hablar en voz baja, mientras que pronunciar “ronroneo” lleva consigo cierta complacencia si se dice despacio, saboreando campechanamente cada letra. La palabra “espléndido” es un gran ejemplo: uno no puede pronunciarla sin dejar que el sonido estalle felizmente a la mitad. “Nunca me habría acostumbrado a que ese tetrasílabo esdrújulo tan deliciosamente expansivo y generoso que es “espléndido” hubiera significado mezquino”, dice el escritor Marco Schwartz. Otro ejemplo es “nauseabundo”: uno no puede atravesar su forma sonora sin evocar su desagradable significado.

Hay palabras irrevocablemente alegres, como “jícara”, “ajonjolí”, “mandarina” o “guanábana”, que es casi una danza cadenciosa. Existen otras que son, por sí mismas, agresivas, y que podrían servir como insultos improvisados: “¡Pedazo de permanganato!” o “¡Cara de pérgola!”.

Hay otras de sonidos sustanciosos, llenas de eco, como “quilombo”, “quebranto” y “bravío”. También hay algunas que pronunciamos orgullosos, sabedores de que quienes no sean hispanoparlantes las hallarán complicadísimas, como “granuja” o “forajido”. También hay palabras que dan risa de sólo escucharlas: “gorgojo”, “borbotón”. Podemos encontrar muchas de sonidos frágiles y afilados: “diluvio”, “flamígero”, “jilguero” o “líquido”. Y hay otras tantas, en fin, que muestran la delicia de hacer los cruces más insospechados de palabras habituales, como “quintaesencia”, “madreselva” y “barbilampiño”.

Quizá las más coloridas sean las que dejan un gusto a cultura popular, como “correveidile”, “nomeolvides”, “tejemaneje” o “variopinto”. Aún más cuando las vemos encarnadas en algún personaje pintoresco: un cejijunto caradura, un matasanos metomentodo o un hazmerreír malquerido.

Y aquí debo parar, o esto podría resultar interminable. Pero si alguno de ustedes quiere contribuir a esta colección de palabras sonoras y reverberantes, o contarnos qué palabra guarda como favorita, sepa que me dará con ello gran alegría.

Ya por último, les recomiendo visitar este sitio, una exposición de tipografía, diseño e ilustración inspirado en palabras en desuso. O éste, en el que pueden apadrinar una palabra en peligro de extinción.

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