Bienaventurados los que tienen hambre…

Por: Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

“¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

Mc 2, 19.

 

En una conferencia por lo demás extraña pero divertida que ofreció en la Universidad del Claustro de Sor Juana, el profesor Salvador Mendiola dijo con mucha convicción que Jesús, el llamado Hijo del Hombre, vino al mundo a enseñarnos a comer.

Aunque la afirmación pueda sonar en primera instancia desdeñable, escandalosa o simplemente jocosa al estimado lector, me parece que no es una idea que deba rechazarse prontamente. Con toda seguridad, Jesús no dejó con su paso por esta tierra solamente pistas sobre una buena alimentación, pero ¡vaya que habló de comida! El propósito de este post no es hacer teología ni proponer nada novedoso, sino simplemente señalar un poco la importancia que la gastronomía tuvo para aquel gran maestro en sus enseñanzas.

¿Gastronomía? ¡Pero si Jesús (hasta donde sabemos) no habló de cocina! Pues claro que no. Pero recordemos que cuando escribo “gastronomía” hablo de todo el quehacer cultural en torno a la alimentación humana. En las enseñanzas y en el obrar de Jesús de Nazaret la alimentación jugó siempre un papel muy importante.

Jesús, el adulto, fue conocido por vivírsela de banquete en banquete. Sin duda, como lo acusaron, fue bebedor y de gran apetito. Él se defendió argumentando que las personas con las que compartía la mesa eran las que más necesitaban de sus enseñanzas, pero bien pudo agregar a su defensa el hecho de que no hay mejor momento que el de la comensalidad para transmitir un mensaje, compartir una idea, un sentir o un entendimiento mutuo.

El primer milagro público de Jesús fue en un banquete nupcial. Ese importante suceso pudo ser algo de proporciones épicas, como revivir a los muertos o levantar una montaña, pero no. Jesús fue convencido (obligado, diría yo) por su madre para estrenar sus facultades divinas ya que, ¡cosa terrible!, se había acabado el vino. El primer milagro de Jesús fue gastronómico: creando vino, que más tarde habría de convertirse en uno de los mayores símbolos cristianos.

Es famoso también el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados, momento en el que Jesús alimentó a unas cinco mil personas con cinco panes de cebada y dos peces. Lo que no muchos saben es que luego de alimentarlos, el Nazareno tuvo que huir de la muchedumbre que quizo coronarlo rey en ese preciso instante. Una reacción quizás exagerada, pero de fácil comprensión si se tiene en mente que el judío era un pueblo oprimido y que estaba efectivamente hambriento (diría Jesús, que de mucho más que solamente de pan).

En sus parábolas, Jesús constantemente hizo referencia a situaciones de agricultura o de comensalidad como metáfora de sus enseñanzas. Algunos ingredientes como el pan, el vino, aceite y ciertas plantas de cultivo como la vid, la mostaza o la higuera aparecen constantemente en el cristianismo como símbolos de gran importancia. Muchos de estos alimentos estaban ya cargados de simbolismo cuando Jesús llegó al mundo, pero él los retomó añadiéndoles significados nuevos y refinando su mensaje, del mismo modo que hizo con las antiguas escrituras. Parte de la “buena nueva” fue la actualización de la gastronomía (de la relación cultural con los alimentos) del pueblo elegido por Dios.

Antes de morir, Jesús organizó una última cena con sus queridos discípulos. En ella compartieron pan y vino (y sólo Dios sabe qué más habrán comido) y tras anunciarles la traición de uno de ellos y una muerte próxima, su maestro los dejó con una señal de esperanza: al beber de la copa de vino, les dijo que no podría volver a probar dicha bebida sino hasta que llegara el Reino de los Cielos, con ello implicando que volvería y que dicha ocasión sería festejada con un gran banquete, “el banquete del fin de los tiempos”. ¡Qué mejor manera de festejar semejante suceso que comiendo juntos!

En fin, este breve post deja fuera, por supuesto, muchísimo por decir. Calificarlo de introductorio sería exagerar su utilidad. El tema es sumamente extenso y me parece que incluso ya existen un par de libros de estudio teológico serio a partir del sentido del gusto. Como sea, espero que haya animado un poco su curiosidad y les invite a estudiar un poco el tema de la gastronomía en una de las religiones más importantes del mundo.

3 comentarios en “Bienaventurados los que tienen hambre…

  1. No cabe duda que Jesús, o ese personaje literario que nos heredaron, encarnaba a un Dios proveedor. Y proveedor de alimentos, lo cual como dices es magnífico, aunque lo hacía de una manera sumante novedosa y retadora para esos tiempos. Efectivamente, el autonombrado mesías pasó su ministerio compartiendo la mesa con alguien, o poniéndola, como en el caso de su última cena. Algunas cosas resultan interesantes de aquel primer y memorable Ágape. Primero, que ese Jesús que nos pintan los evangelios tenía muchísimo de griego (es decir, de civilizado) al tiempo que vivía rodeado por una sociedad que todavía tenía alma nómada. Aunque ningún evangelista se tomó la molestia de detallar el menú de la cena Pésaj de Jesús, salta a la vista de inmediato la ausencia de la tradicional carne de cordero, así como el apio con agua salada y las hierbas amargas. Así como nos lo cuentan (hay que recordar que los evangelios fueron escritos en griego, la lingua franca de aquel entonces) en la mesa hubo pan ázimo -lo cual de cajón incluye el aceite de oliva- y vino. Jesús sustituyó simbólicamente la carne del cordero al convertir el pan en su carne, y así él mismo ser el sacrificado. Lo que muchos no han notado es que el “menú” pascual de Jesús y los suyos coincide exactamente con la Tríada alimentaria de los griegos, un pueblo que se había convertido en el ejemplo máximo de civilización. Tres alimentos omnipresentes representaban a la civilización griega: el Pan, el vino y el aceite de Oliva. El primero era el alimento por excelencia, el cereal, producto de la tierra pero “civilizado” por el hombre durante la panificación. De acuerdo con los griegos ningún pueblo podía salir de la barbarie sin producir primero pan. El segundo es otro alimento que tampoco se encuentra libre en la naturaleza; era el hombre civilizado quien transformaba la uva fermentada en vino, una bebida sagrada que los griegos utilizaban mayormente en los ceremoniales, pues ayudaba a provocar éxtasis y por tanto, comunicación con la divinidad. Y tercero, el aceite de oliva, motor identitario de la economía griega, elemento que nadie que se preciara de civilizado dejaba de lado en su culinaria.

    ¿Qué es lo que Jesús hizo realmente durante su ministerio? Proponer civilización agrícola (los tres elementos de su menú provienen de la tierra) a un pueblo que a pesar de haberse asentado aún tenía hábitos pastoriles y consideraba que no sólo ellos eran comedores de carne, sino también Yahvé, a quien durante todo el antiguo testamento se le ve solicitando sacrificios cárnicos y despreciando las verduras (recuérdese el triste ejemplo de Caín, agricultor, cuyas ofrendas eran despreciadas por Dios frente a las de Abel, que ofrendaba carne de sus rebaños). Jesús era un renovador, un civilizador, y por tanto un revolucionario. A veces me siento tentado a no juzgar duramente a los judíos contemporáneos del salvador. También yo me molestaría si alguien viniera a decirme que cambiara todo mi sistema alimentario de un día para otro. Tal vez hasta me darían ganas de matar al transgresor.

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  2. Mi lectura del mito de Jesús en los Evangelios centra su acción en la memoria de la Cena, donde pide recordarlo con vino, pan y comida. Es donde me cae muy bien. Gracias por pensar conmigo. Un abrazo.

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