El misterio del poder comensal

Por: Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

Podrían llenarse, parafraseando a Remy en la película “Ratatouille”, muchos, muchos libros con las cosas que aún ignoramos. Hoy quiero compartirles una de esas cosas que aún no comprendo del todo, que no he terminado de descifrar: el poder unificador de la comensalidad. Los invito a reflexionar conmigo.

Veamos este video:


¿Vieron eso? Tengo la teoría de que es una especie de instinto que tenemos los seres humanos. Cuando digo instinto me refiero a todo aquello que sabemos hacer por default, que traemos “de fábrica”. Como los perros nadan o los hámsters se llenan los cachetes de comida, nosotros compartimos nuestra comida. Nadie nos enseñó a hacerlo. Compartir el alimento con otros de nuestra especie es una respuesta natural de nosotros los humanos al encontrarnos en situaciones como la del video.

El ser humano es un ser social, como muchos otros mamíferos. Sin otros humanos difícilmente podemos sobrevivir, sentirnos queridos o tranquilos. Desde este punto de vista instintivo, tiene sentido que naturalmente compartamos los alimentos pues esta práctica resulta en la supervivencia del otro, en obtener su confianza y en la generación de una comunidad. El poder del compartir alimentos no sólo funciona entre humanos: la mayor parte de los animales son domesticables a partir del ser alimentados.

Pero esta teoría de corte biológico no termina por satisfacerme. ¿Puede esta especie de instinto explicar el éxito del comer juntos como método unificador por excelencia? En fiestas de todo tipo, comidas románticas, comidas de negocios, carnavales y festejos comunales, comer juntos es la mejor manera de integrar a los participantes. Incluso ofrecemos alimento a nuestros muertos (a manera de ofrenda) para estar en comunión con ellos una fantástica vez más.

Hay quienes dicen que los humanos no tenemos instintos porque podemos superarlos, rechazar sus impulsos o darles mayor significado a las acciones que por ellos realizamos. Creo que el caso de Día de Muertos es un ejemplo de cómo podemos incrementar el significado del compartir: no tiene ningún sentido biológico o de supervivencia tratar de alimentar a un muerto. Los seres humanos, pues, tenemos cultura.

La cultura convierte el momento de comer juntos en un momento comensal. El poder natural de compartir alimentos aumenta su fuerza exponencialmente cuando lo que compartimos es también nuestra identidad, nuestros gustos, nuestra manera de ver el mundo, de apreciarlo e incluso el mismo modo de compartirlo. ¿En copa, en vaso, en tarro, en lata, en jícara, en coco, directo de la fuente? Cómo compartimos las cosas también significa mucho.

Dice Anthony Bourdain que a donde uno vaya, sin importar dónde sea, uno debe comer todo lo que le ofrezcan. No hacerlo sería una gran grosería. Según lo que hemos visto, sería un negarse a formar comunidad: un rechazo natural y cultural.

Quizás el misterioso poder del comer juntos sea el resultado de la mezcla entre este  “instinto” y la comensalidad que cada comunidad crea. Una mezcla de supervivencia y definición de identidad, de conservación y delimitación de una comunidad. Pero ¿es esto suficiente para explicar el éxito de la industria restaurantera a nivel global? ¿Suficiente para que con una cena tratemos de enamorar a la persona con la que queremos vivir para siempre? ¿Suficiente para explicar los “banquetes divinos” que muchas religiones pronostican al final de los tiempos o de nuestra propia vida?

¿Qué otras razones existirán detrás del poder unificador de la comensalidad?

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