José el soñador

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

 

“José el soñador” es el nombre despectivo con el que una persona se dirigió recientemente a un joven empresario amigo mío, pues, según el juicio de la persona que lo llamó así, mi amigo “vive soñando” porque se empecina en sacar adelante a su nueva empresa, cuando lo que debería estar haciendo es buscar un trabajo que le dé estabilidad y seguridad.

No es la primera vez que me entero de algo así y sé que no será la última. Tan sólo llevo dos años trabajando en mi propia empresa, pero este corto tiempo es suficiente para saber que el camino del emprendedor no sólo es difícil por lo que implica empezar desde cero, sino también (y especialmente) por la gran cantidad de gente que busca desalentarte. Y muchas veces lo hacen con buena intención. Las personas más cercanas a nosotros suelen ser las primeras en criticarnos y cuestionarnos porque les preocupamos y porque la elección de la vida empresarial les suena arriesgada y peligrosa, incluso fuera de la realidad y de lo razonable. “José el soñador” es un nombre despectivo porque califica a mi amigo como alguien que no está consciente de lo que hace, que no puede ver la realidad porque quiere vivir en una ilusión, en algo que no va a darle resultados reales, sólidos y seguros.

Sin embargo, la verdad es que el camino del empresario es tan incierto como el del empleado que busca estabilidad y seguridad. Ningún trabajo, por más bueno que sea, es “seguro”, pues las circunstancias siempre van a estar cambiando y siempre cabe la posibilidad de perderlo. Quizás el trabajo de un empleado parece más estable cuando está dentro de una gran empresa, curtida y fortalecida por los años y la experiencia. Pero esto es una verdadera ilusión, pues se nos olvida que las empresas no son monstruos ni seres reales, sino que están conformadas por personas, y si esas personas están sometidas al cambio y al movimiento constantes, también la empresa. Ninguna institución es inamovible, y todas pueden terminarse tan rápido como empezaron. No existen los caminos “seguros y estables” porque ninguno está trazado de antemano, sino que cada quien va creando el suyo al recorrerlo, y esto siempre es difícil e implica riesgos.

Mi amigo es “soñador” y eso, lejos de ser un obstáculo que lo aleje de la realidad, es algo bueno, pues soñar es una característica intrínseca de ser emprendedor. El que emprende lo hace porque sabe ver más allá de lo que ya existe, porque tiene la vista puesta en la posibilidad y es lo suficientemente consciente para saber que puede construir cosas nuevas con su trabajo y abrir nuevas posibilidades. El soñador no se queda en la ilusión, sino que es verdaderamente realista, porque entiende que el mundo real no es inmóvil y duro como una roca, sino que es flexible y admite más de una sola respuesta.

Para ilustrar esto, me gustaría citar a Benjamin Zander, famoso director de orquesta y autor de un libro llamado El arte de lo posible. En él, Zander cuenta la historia de dos vendedores que fueron enviados a África a principios del siglo XX para investigar si había alguna posibilidad de vender zapatos. El primero escribió un telegrama diciendo: “Situación sin esperanza. No usan zapatos.” El segundo escribió: “Oportunidad gloriosa. No tienen zapatos todavía.” La realidad era exactamente la misma para ambos vendedores. La diferencia está en que el primero la comprendía como un escenario inmóvil e inmutable que determinaba el alcance de sus acciones, mientras que el segundo entendía que era una realidad maleable, que sus acciones no dependían de ella, sino al contrario: podía cambiarla si la influía.

Lo mismo le pasa a mi amigo el soñador. No es que no sepa ver la realidad, sino que la ve de un modo más flexible y manipulable. Este tipo de personas son las que impulsan los grandes cambios, porque son capaces de verlos cuando todavía no están ahí. Son los que saben que pueden construir cosas nuevas y que tienen la capacidad de dirigirse a su meta sin miedo, sin dudar de que pueden hacerlo. Retomando a Zander: “la característica principal de un líder es que no duda por un momento de la capacidad de las personas que dirige para percibir lo que sea que él esté soñando”. Esto es lo que en el mundo empresarial llamamos “tener visión”.

Querer cambiar al mundo, lejos de ser un deseo ingenuo o soberbio, es una meta legítima y necesaria para el progreso de la sociedad. Es más consciente y realista el que sabe soñar y trabajar por el cambio, que el que se queda en la ilusión de la estabilidad.

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