La historia del hombre sin camino

Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

 

Hace muchos años, en los albores de la civilización tal y como la conocemos, existió un hombre que lo tenía todo asegurado: vivía en un hermoso palacio, rodeado de riquezas, salud y prosperidad; comía cinco veces al día y –dice la leyenda- los animales se formaban frente a su cocinero pues era una alegría para ellos participar del banquete del afortunado príncipe.

La alegría se hacía presente en el palacio y todo era perfecto, salvo la inquietud en el alma del príncipe que cada día crecía más y más. No despreciaba nada de lo que tenía, ni buscaba perderlo para saborear la amargura de la vida fuera del palacio; sin embargo, tenía una espina clavada en el corazón que no podía sacarse con nada: creía que debía haber algo más para él, un camino diferente al que estaba destinado.

Así, pues, un día se plantó frente al Rey y le expuso su deseo de salir a buscar su camino: “Padre –le dijo- Rey de reyes, sabio entre los sabios, tú has construido este palacio para mí y mi descendencia, me has protegido desde el día en que mi madre me consagró a los dioses, te has afanado en protegerme y en darme la seguridad que todo hijo debería gozar. Padre mío, te estoy agradecido, pero tengo una daga en mi corazón que no me deja dormir en las noches y me impide concentrarme en las mañanas. Quiero dejar el palacio y su seguridad, necesito salir y encontrar un camino para mí y después, quizás, volver”.

El Rey sintió dolor en su alma, pero dejó partir al príncipe. Sabía que en algunos casos es necesario dejar toda seguridad atrás. Él mismo lo había hecho en su mocedad.

A la mañana siguiente el joven príncipe salió del palacio y se encaminó al pueblo donde esperaba poder encontrar su propio camino. Caminó horas y cuando llegó al pueblo se sintió cansado. En una esquina vio a un anciano y se le acercó: “Dígame, buen hombre, ¿dónde puedo encontrar un camino?” El anciano se le quedó mirando fijamente, y con la parsimonia propia de los moribundos le contestó: “Joven, yo no sé de caminos, pero cruzando la plaza hay un herrero, él podrá informarle”.

El príncipe fue a la herrería y le preguntó al herrero si sabía dónde encontrar su camino. “Joven, soy un herrero: golpeo el metal todo el día y lo único que sé hacer es controlar al fuego y al metal bajo la fuerza de mi mazo. Yo no sé de caminos, pero en la Catedral vive un sacerdote que ha viajado mucho, él seguro podrá ayudarle”.

En la Catedral vivía un sacerdote fornido y educado, sabía de filosofía, teología y algunas ciencias naturales. Cuando llegó el joven lo recibió en un pequeño despacho y le dijo lo siguiente: “Joven mío, príncipe hijo de Reyes, has buscado tu camino en los lugares equivocados. Ve al bosque y al final hay una montaña, sube hasta la cima y encuéntrate con el Ermitaño; es un hombre sabio y el único que podrá decirte cuál es tu camino en esta vida”.

El joven salió a toda prisa hacia el bosque. Caminó días y meses y se perdió entre la vegetación. Pasó noches heladas y días húmedos junto a bestias que lo desconocían como príncipe e intentaban asesinarlo. Agotado y herido llegó a la falda de la montaña.

Convencido de entrevistarse con el anciano de la cima se despojó de todo lo que le quedaba y comenzó a escalar. Las piedras rompían su carne a cada paso y la sangre se le coagulaba en todo el cuerpo. Del príncipe no quedaba nada más que un lejano recuerdo, herido por la tentación de regresar pronto a su comodidad.

Por fin llegó a la cima y se encontró con el anciano. Era un hombre con los siglos reunidos en sus canas y las eras grabadas en su mirada. Estaba sentado, encorvado sobre sí mismo y viendo al horizonte.

El joven se sentó a su lado y le preguntó: “Anciano, sabio entre los sabios, te molesto en tu retiro porque necesito saber cuál es mi camino. Lo he buscado en todos lados y no lo encuentro”. El anciano lo vio y le contestó lacónico: “Joven príncipe, tú no tienes camino”. El joven, desesperado, se levantó de un brinco e increpó al anciano: “¡Pero cómo me dice, Ermitaño, que yo no tengo camino! ¡He venido desde lejos para que me ayude a encontrar mi camino, no es posible que no tenga uno en este mundo!”.

Calmado como los todos los sabios, el anciano tomó al joven príncipe de un brazo y lo acercó al precipicio. “Joven, usted no tiene un camino, por más que lo haya buscado. Usted es de esos hombres que nacen sin camino y por más que lo busquen no darán jamás con él. Usted, joven príncipe, no tiene ni tendrá jamás un camino, usted tiene un abismo. ¡Aviéntese!”

 

Así como el joven, muchos hombres y mujeres hoy en día buscamos qué camino debemos andar en nuestra vida. Lo buscamos en las oficinas, en grandes empresas, en las artes, en la academia. Pero algunos no tenemos camino. Tenemos un abismo.

¿Qué es un abismo? Un salto terrible que nos obliga a perder el último ápice de seguridad que nos queda (el suelo que pisamos) y dejarnos caer hacia las fauces negras de lo desconocido.

Un abismo es lo insondable, lo incontrolable. Es un sueño siempre presente, que en cualquier momento puede ser una pesadilla. Es la única oportunidad que tenemos de salirnos de la rutina y el aburrimiento y comenzar a vivir fuera del miedo y la alienación.

Es la decisión radical. Eso es un abismo: un paso que no puede ser repetido ni corregido.

¿Y que es emprender sino un abismo? Hacer empresa es aceptar la dolorosa realidad de que no tenemos un camino en esta vida, que estamos llamados a no pisar el suelo que la gente pisa, a no seguir los pasos de nadie, a aceptar caer en lo desconocido y eternamente inseguro.

Hoy, que es el final de la semana donde celebramos los dos años de Eudoxa quise compartir esta historia con ustedes. Hace dos años nos aventamos al abismo…

Y estamos de fiesta por ello, pues Víctor Hugo tenía razón: “Hay abismos que salvan.”

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