Apología del aburrimiento

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

 

Estoy en un campamento. Ustedes pensarán en árboles, aire fresco y descanso de la ciudad. Y aunque en buena medida esa ha sido mi experiencia, acampar también significa estar desconectada del mundo por un par de días sin computadora, smartphone ni redes sociales. Normalmente esto no representa mayor problema pero hoy me vi en la necesidad de buscar electricidad y una computadora para escribir este post. Cuando, después de caminar bastante por fin encontré un lugar, me di cuenta de que había al menos dos personas en la misma situación que yo, tratando de encontrar un contacto con más ansiedad que una fuente de agua en mitad del Sahara.

Sería difícil negar que cada día nos apegamos más a estos pequeños aparatos que, además de facilitarnos las tareas diarias, nos entretienen y nos enlazan con el resto del mundo. Y no es que utilizarlos sea condenable pero si normalmente llamamos aburrimiento a la falta de entretenimiento, lo que quizá olvidamos es que este exceso de entretenimiento puede conducirnos fácilmente al hastío.

Estamos habituados a recibir estímulos la mayor parte del tiempo: escuchar la radio camino al trabajo, recibir mails y notificaciones de redes sociales incluso mientras dormimos. En cuanto tenemos un momento desocupados buscamos entretenernos de alguna manera, puede ser un periódico, la televisión, algún juego en la computadora, cualquier cosa antes de permitir que nuestra mente quede en silencio. Esa pausa en los estímulos externos puede llegar a causarnos terror. ¿Quién no ha lamentado profundamente haber olvidado el iPod o el celular cuando va a realizar un trayecto relativamente largo?

Sin embargo, cuando los estímulos que vienen de fuera se detienen por un momento, nuestro cerebro queda libre de divagar por los caminos que prefiera. Cuando no se ve obligado a hacer una tarea en específico (ya sea concretar un negocio, redactar un texto o completar el siguiente nivel de angry birds) nuestro cerebro prefiere pensar en el futuro, traer a la memoria hechos pasados o repasar cuestiones que no hemos podido solucionar. En estas condiciones la mente tiene la libertad necesaria para crear soluciones y pensar en alternativas. Muchos científicos y creadores sostienen que cuando dejan de pensar en el problema que les ocupa y dejan que su mente divague es cuando llegan las respuestas. Basta pensar en el “¡Eureka!” de Arquímedes confortablemente instalado en su bañera. Irónicamente, si alguien nos confiesa que no está pensando en nada en específico ni dedicándose a nada “productivo” la mayoría entre nosotros le dirá que está perdiendo el tiempo.

“Es improductivo”, ésa es la mayor objeción que ponemos al hecho de detener nuestra frenética actividad cotidiana y dejar en silencio nuestra mente por unos minutos. Dejar hablar a nuestra mente y  escuchar lo que tiene que decir. Estos periodos de atención a nuestro pensamiento nos permiten asimilar información, hacer nuevas relaciones entre los datos que tenemos almacenados e incluso conocer con más detalle nuestro carácter. Salen a relucir las cuestiones que nos importan de manera más profunda como proyectos a largo plazo o las relaciones con la familia o la pareja. Cuando dejamos que nuestra mente se aleje del aquí y el ahora, lejos de desperdiciar el tiempo muy probablemente estemos dando un paso adelante para resolver los problemas que nos son de primera importancia.

Aunque en principio la experiencia será muy parecida al aburrimiento, si nos concedemos una pausa en los estímulos constantes de la tecnología, el trabajo y demás cuestiones que parecen indispensables, con el tiempo aprenderemos a valorar esos minutos más que cualquier otro momento del día. Dar un paseo, sentarse en un parque o hacer alguna actividad que no exija nuestra total atención son actividades propicias para dejar que la mente divague. Darnos la oportunidad de aburrirnos recordando que el aburrimiento no es la ausencia de estímulos sino la falta de interés por lo que nos rodea y procurando que ese aparente aburrimiento nos conduzca a una rica conversación interior.

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