La responsabilidad social no es sólo empresarial

Por: Juan José Díaz Enríquez

 Twitter: @zoonromanticon

 

Las empresas generan riqueza para la sociedad. Pero riqueza no es solamente dinero, es todo un conjunto de condiciones favorables que permiten el desarrollo integral de las personas. En una palabra: las empresas generan prosperidad.

Esto, más que ser un argumento en contra de la Responsabilidad Social, es una premisa que la posibilita. Las empresas pueden ser socialmente responsables porque, por naturaleza, están llamadas a mejorar el mundo.

Hoy en día, esta responsabilidad social es un tema que está muy presente en el desarrollo empresarial y que prácticamente nadie puede darse el lujo de omitir. Una empresa que quiera ser exitosa, está obligada a responder positivamente a las obligaciones que tiene con la sociedad.

Sin embargo, la prosperidad no se alcanza únicamente con elementos materiales, que son los más fáciles de producir en las empresas. Todas las personas tienen la irrenunciable necesidad de atender sus emociones y su espíritu (lo que Maslow pondría hasta arriba de su pirámide, pues).

Generar una visión compartida y motivar a los colaboradores puede ayudar un poco a satisfacer estas necesidades. Pero no lo es todo: las personas somos demasiado complejas como para quedar satisfechos con tan poco.

La brecha sigue ahí. ¿Cómo superarla?

Una empresa socialmente responsable tiene la obligación de procurar condiciones para que sus colaboradores sacien también esas necesidades, pero no tienen la obligación de ser ellas las que otorguen la oferta más allá de los elementos mínimos que les son naturales a sus labores. Para ello están las organizaciones e instituciones culturales y son ellas las responsables de ofertar al mundo los bienes que las empresas no pueden generar.

Sin embargo, hoy en día todavía está muy lejano el concepto de responsabilidad social para estas instituciones. Muchas todavía se ven como creadoras de intangibles que las personas deberían ser capaces de valorar. Y ponen todo el centro de su acción en la generación de cuadros, esculturas, conciertos y demás híper-valiosos por sí mismos, pero ignorantes de la necesidad humana que podrían curar.

Estas instituciones tienen una deuda con la gente: han olvidado verla y no han sabido poner toda su gestión alrededor de la persona. Son herederas de la pretensión trasnochada del arte por el arte y así se deshumanizan a cada paso y en cada decisión que toman.

Un ejemplo de ello es la preocupación que cierta orquesta tenía al respecto de la respuesta del público frente a un ciclo monumental de sinfonías de Mahler. El público, ignorante, estaba en la perfecta posibilidad de echar a perder el esfuerzo de años de trabajo por estornudar, toser, hablar, aplaudir, contestar el teléfono, y un largo etcétera. Pero el problema tenía una fácil solución. Si el arte que generaron se hubiera centrado en la persona (en todas las personas involucradas) y no en el arte mismo, el riesgo se hubiera disminuido considerablemente. Y con esto no digo que tengamos que regresar a un esquema post-nazi del arte-para-todos, sino revalorar el papel de la persona para el trabajo cultural y no sólo el del artista y, en el mejor de los casos, del organizador.

Las sinfonías mahlerianas tienen la capacidad de satisfacer uno de los niveles más altos de Maslow. Las notas musicales tocan fibras del alma pocas veces exploradas y nos obligan a ponernos frente a un espejo que nos muestra desnudos ante la muerte y la pregunta por la eternidad. El problema no está en ellas.

El público general es tan persona como el grupo más melómano del mundo. Todos tienen la misma capacidad de acceder un poco a ese espejo y maravillarse con el eterno retorno de la pregunta por el sentido de la vida y de la muerte. Pero nunca han sido invitados a ello y, por lo tanto, no saben qué hacer. El problema no está en ellos.

El problema está en el divorcio entre la producción cultural y la responsabilidad social de los artistas. Las instituciones de esta naturaleza están llamadas a generar prosperidad en los ámbitos que las empresas no pueden. Y mientras no se comprometan con ello estarán muy lejos de cumplir la misión a la que están llamados: hacer de este mundo un lugar mejor.

Quizá, conforme las empresas se preocupen por otorgar las condiciones y las instituciones culturales se preocupen por generar estos bienes, podamos ir avanzando a la construcción del mundo próspero que todos necesitamos y queremos.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s