Para no ver el mundo en blanco y negro

Por: Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

 

Está circulando por las redes sociales un video sobre el racismo en México realizado por una empresa mexicana que reproduce un estudio hecho en Estados Unidos en los años treintas del siglo pasado. Dos muñecos le son presentados a un grupo de niños mexicanos, uno de piel clara y otro con la piel morena, y se les preguntan cosas como “¿cuál muñeco es el bueno?” o “¿cuál muñeco es bonito?”.

El video es presentado como una evidencia contundente del racismo “viral” en México. Muchas preguntas podrían realizarse para cuestionar la validez de dicho estudio (diseñado para una población diferente a la nuestra y en un tiempo muy distinto al nuestro), pero mi interés para este escrito está más en analizar la manera en que se preguntan las cosas.

En el video la entrevistadora realiza las preguntas de manera que les sugiere a los niños a contestar de manera selectiva entre uno de los dos muñecos. La pregunta siempre es formulada con la palabra “cuál”, que implica una selección entre una de varias opciones. Si te pregunto “¿cuál es el bueno?”, necesariamente el otro es malo. Si pregunto, “¿cuál es el feo?”, necesariamente el otro es el bonito.

¿Qué hubiera pasado si la pregunta fuera distinta? Si hubieran preguntado “¿alguno de los muñecos es malo?”, sospecho que los niños entrevistados hubieran demostrado mucho menos “racismo” en sus respuestas. Si las preguntas fueran formuladas como “¿estos dos muñecos son buenos?”, ¿qué tan diferente sería el resultado? ¿Por qué dirigir las preguntas a ser excluyentes.

A los seres humanos nos encantan las dicotomías de oposición. Es decir, tenemos una tendencia muy fuerte a verle “dos caras” opuestas y contradictorias a la vida: la buena y la mala. La aceptable y la reprobable. La luz y la oscuridad. El blanco y el negro. El Bien y el Mal. Desde pequeños nuestros padres nos enseñan a clasificar acciones, comportamientos, e incluso sentimientos e ideas en estas dos categorías. La sociedad en general refuerza nuestro interés en clasificar las cosas por opuestos con historias de “buenos y malos”.

Pero, ¿tenemos alternativa? ¿Existe una manera de pensar que no divida todo en partes contrarias? Después de todo es cierto que existen algunos opuestos en la naturaleza, como los polos de un imán o la totalidad de colores que es el blanco y la ausencia de ellos que es el negro. ¿Las personas son diferentes?

Sí, lo somos. No podemos ser clasificados, por más que lo intentemos. Somos demasiado complejos para caber en una categoría tan simplona como “el bueno” o “el malo”. Pero si nuestra educación y nuestro hábito es clasificarlo todo, y se nos pregunta “¿cuál es el bueno?”, reaccionaremos por hábito y con naturalidad a escoger uno de ambos. Todos, así, somos racistas en potencia.

¿Cómo solucionarlo? Acabo de señalar que somos seres complejos, de modo que ofrecer una sola respuesta sería una necedad, pero creo que una buena medida sería luchar contra la costumbre de clasificar a las personas con términos tan vagos, pero a la vez duros, como “bueno” y “malo”. Debemos comprender que aunque sí hay acciones reprobables o indeseables, todos podemos cometerlas y eso no nos hace diferentes, sino iguales.

Un gran embajador de esta actitud incluyente es Hayao Miyazaki, el aclamado director y dibujante japonés, que con sus bellas películas (como “El Viaje de Chihiro”, su más famosa obra en occidente) nos muestra siempre a personajes muy complejos que son, como los humanos en la vida real, completamente inclasificables en una absurda dicotomía de cualquier clase.

Al presentar su increíble película “La Princesa Mononoke” en el festival fílmico de Toronto, el maestro Miyazaki sólo dijo que él sabía que evaluar la película llevaría mucho tiempo a la audiencia. Aunque no lo dijo, con su obra se opone abiertamente a esta conflictiva manera de ver el mundo y nos ofrece una alternativa: aceptar a las personas y su complejidad a través del perdón y la comprensión.

Si al maestro Miyazaki se le preguntara “¿cuál es el villano?”, con seguridad respondería que ninguno, pese a la fuerza selectiva de la pregunta. Sí hay una alternativa.

Un comentario en “Para no ver el mundo en blanco y negro

  1. Muchos de los conflictos relacionales proceden de las comparaciones. Quien sufre por verse en situación de inferioridad con respecto a otro o a otros desconoce que aquél o aquellos con quienes se mide son iguales que él . El desconocimiento de sí mismo le lleva a la confusión con respecto a los demás y, en ocasiones, a un trato injusto. Las personas que viven acomplejadas pueden llegar a ser muy crueles, a veces de forma inconsciente, con quienes consideran triunfadores. Así, lo que se da en llamar envidia surge no tanto de la desazón y el ansia por el bien ajeno, sino de la ignorancia y el descontento propios.

    De esta forma, se dan problemas de comunicación, que proceden de la desconexión interna de alguno de los interlocutores, y que, a su vez, conducen a la autodefensa y al egoísmo (apartar al otro por lo que aún me pueda arrebatar). Estas conductas responden a una negación de la propia persona y a una vida de esclavitud con el exterior.

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