De los viajes y sus comidas

Por: March Castañeda

Twitter: @martxie

“Cuando los hombres buscan la diversidad, viajan.”

Wenceslao Fernández

Fue en abril de este año cuando viajé a Chiapas con mis primos. El trayecto nocturno por la carretera fue largo y algo cansado, así es que cuando llegamos a Tuxtla Gutiérrez en la mañana, nuestro único pensamiento aludía al desayuno. Uno de ellos (quien por supuesto no me conoce bien) creyó que por ser gastrónoma querría desayunar en un “buen restaurante”, así que propuso que hiciéramos nuestra primera comida del día (y del viaje) en un Vips. Independientemente de si Vips es o no un buen restaurante, “¿Cómo vamos a desayunar allí? ¡Estamos en Chiapas! ¡Vamos al mercado!”, respondí.

De haber desayunado en Vips, me hubiese sentido como estadounidense comiendo en un McDonald’s de París. No tengo nada en contra de Vips ni de McDonald’s, pero sí estoy a favor de expandir los límites de las experiencias culturales. Sobretodo cuando éstas se desenvuelven en un viaje y más aún cuando se trata de comer.

Cuando viajamos, lo hacemos porque queremos salir de la cotidianidad de nuestras vidas citadinas, porque somos curiosos y no nos basta el pequeño mundo que nos rodea en la rutina. Viajamos porque queremos conocer nuevos territorios y culturas, posibilidades de vida distintas a la nuestra. Viajamos porque nos gusta sentir la adrenalina de explorar lo desconocido.

Una de las cualidades de los viajes es que nos vuelven conscientes del tiempo. Amanecemos en una realidad diferente, una realidad alterna que curiosamente apreciamos más sólo porque tiene una cercana fecha de caducidad. Así es como nos surge el deseo de aprovechar cada momento y nos volvemos cuidadosos en decisiones como ¿dónde dormir?, ¿por dónde caminar?, ¿qué lugar visitar?, ¿qué comer? Y no sólo ponemos atención a estas disyuntivas por comodidad, lujo o simple placer, sino porque queremos mezclarnos con este nuevo entorno y fundirnos en su identidad cultural. Al menos por unos días.

Si en nuestro viaje comemos lo mismo que acostumbramos en nuestra ciudad de residencia, nos alejamos de la autenticidad de la experiencia gastronómica del viaje. El descubrimiento de la gastronomía típica del lugar que visitamos será posible sólo si nos arriesgamos a probar las viandas que nos parezcan extrañas. Pero sobretodo, si éstas han sido cocinadas en un restaurante concurrido por los lugareños, no por los turistas.

La diferencia es que los lugares más turísticos están diseñados para el paladar extranjero. No es que esté mal, pero los verdaderos platillos típicos preparados con las recetas autóctonas serán encontrados en los lugares de afluencia local. Además allí apreciaremos las costumbres, no sólo las tradiciones. Esto es meritorio porque a veces, las tradiciones también se usan como mercadotecnia turística, mientras que las costumbres muestran la verdadera idiosincrasia de una sociedad.

Por eso creo que comer en un mercado local es mucho más valioso que hacerlo en un restaurante de cadena. En este último, la estandarización es el ingrediente principal, mientras que en el mercado la sorpresa protagoniza. La sorpresa es una delicia. Esa capacidad de emocionarnos ante lo inesperado que puede volver extraordinaria nuestra realidad. Cuando viajamos, nos damos la oportunidad de sorprendernos y lo mejor que podemos hacer es dejarnos llevar por el asombro y la aventura, no tanto por la guía turística.

Tal vez no sea una gran viajera, pero sé que un lugareño es el más indicado para recomendarme un buen lugar dónde comer y sé que nada estimula tanto mi apetito como la idea un banquete inesperado. Así que cada vez que viajo (así sea por un día o un fin de semana) procuro hacerlo con espíritu inquieto y mentalidad abierta; dejando que mis antojos me dominen y probando cuanta delicia me pongan en frente. Tengan la bondad de atreverse. La cultura gastronómica propia de cada país, estado o localidad, tiene mucho que ofrecernos y lo único que nos queda es aprovecharlo.

Viajar es una vivencia fantástica. Regresar del viaje con la barriga llena, el corazón contento y el paladar entusiasmado, es definitivamente lo más seductor de la experiencia. Al menos así es para alguien que por naturaleza es “de buen diente”. Bon voyage!

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