El trabajo no es el enemigo

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

 

Se aprende muchísimo de cómo está nuestra sociedad dando clases. Hace poco tiempo suplí a una amiga que es profesora de ética en una secundaria. En algún momento de la clase, surgió la clásica pregunta: “¿para qué me sirve estudiar esto si yo no me voy a dedicar a las humanidades?” Les expliqué a los estudiantes que aprender ética era importante para ellos para que en un futuro, tuvieran el trabajo que tuvieran, supieran cómo usarlo para mejorar al mundo.

Más de uno se mostró incrédulo ante mis palabras, y de plano hubo una niña que no se aguantó y me dijo: “Maestra, los trabajos son para ganar dinero, no para mejorar al mundo.” Esto último sí me sorprendió. Los alumnos eran adolescentes. Estaban en la supuesta edad del empuje, de los sueños, los ideales y de la sed de cambio, pero a diferencia de lo que yo esperaba, la gran mayoría del grupo mostraba una actitud fríamente pragmática y bastante desalmada ante los problemas del mundo. Incluso llegaron a afirmar -sin un ápice de duda o timidez- que yo no les estaría dando clases sino fuera por el dinero que me pagaban. No comprendían cómo era posible que yo fuera a darles clases por gusto, no entendían mi motivación por educarlos, hacerlos mejores personas y contribuir al crecimiento de mi sociedad.

Afortunadamente, después de un par de semanas de clases, logré cambiar su forma de ver las cosas, pero esta experiencia me dejó pensando. Mucha gente vive con estas ideas, incluso en su edad adulta. Van a trabajar porque tienen la necesidad de mantenerse, pero poco o nada más les interesa de lo que hacen.

Para mucha gente el trabajo es una obligación, una mera necesidad, incluso una carga. Hay pocos que lo vemos como una oportunidad de crecimiento personal y de transformación de nuestro entorno, y creo que es por el enfoque que le hemos dado socialmente.

Recuerdo a una profesora que nos daba clase de religión (estudié en una escuela católica) que un día nos preguntó cuáles eran los efectos del pecado original. Inmediatamente, todos los alumnos enumeramos una serie de desgracias humanas como la muerte, las enfermedades, el sufrimiento… y, por supuesto, el trabajo. La profesora nos cuestionó acerca de este último. “¿Creen que Dios habría creado a un ser tan complejo y tan rico como al hombre para que no hiciera nada?”

Independientemente de las creencias religiosas de cada quien, este ejemplo me parece muy ilustrativo para retratar la concepción del trabajo en nuestra cultura. Lo vemos como algo malo, desagradable y cansado, y, por lo tanto, lo hacemos de esa manera. Es raro encontrar a alguien que disfruta lo que hace y que le ve un sentido más allá de ganar dinero. Y no es que ganar dinero sea algo malo (tan no tengo nada en contra del dinero que me gusta ganarlo, y de preferencia en grandes cantidades), pero las remuneraciones económicas no son suficientes por sí mismas para motivarnos. Aunque tengamos un gran sueldo, si lo que hacemos nos parece desagradable, no nos va a empezar a gustar sólo por la cantidad que nos paguen. Como bien decía mi maestra, somos seres mucho más complejos que eso.

Existen muchos estudios, algunos ya los hemos mencionado en este blog, que se han dedicado a hablar de la motivación de los empleados más allá de las remuneraciones económicas, y hemos hablado de cómo mejorar los trabajos para que las personas estén contentas en nuestra empresa, le vean un sentido a lo que hacen y lo hagan con ganas. Sin embargo, creo que no habíamos tocado este problema desde el punto de vista del trabajador. El que un trabajo nos guste o no sí tiene que ver hasta cierto punto con el tipo de empresa en la que estemos y con la visión que tengan nuestros jefes, pero también tiene mucho que ver con nuestra propia actitud ante el mismo. No pretendo irme por el lado cursi y decirles que si nuestra actitud es rosa y feliz nos va a gustar lo que sea que hagamos, no va por ahí. Más bien quiero hacer notar que esta idea negativa del trabajo nos ha llevado a pensar de modo general que cualquier trabajo es desagradable, y no tenemos la visión suficiente para darnos cuenta de que hay trabajos más adecuados para nosotros en los que podríamos estar más contentos y de hecho disfrutar lo que hacemos.

Sin miedo a exagerar les puedo decir que un trabajo adecuado a nuestra personalidad y a nuestras capacidades puede dar sentido y emoción a nuestra vida, mientras que el trabajo equivocado puede absorber hasta la última gota de nuestra energía y hacernos sentir miserables. Salvo algunas raras excepciones, propiamente no hay trabajos “malos”, sino que son trabajos equivocados para nosotros.

¿Cómo se encuentra el trabajo adecuado? En primer lugar, abriendo nuestra mente a nuevas posibilidades. Mucha gente sabe que no le gusta su trabajo, pero prefiere quedarse por miedo a no encontrar algo mejor. La búsqueda del trabajo adecuado implica algo de riesgo, pues es una cuestión de prueba y error, no es algo que se logre a la primera. En segundo lugar, debemos tener la conciencia de que ningún trabajo es perfecto. Incluso en el lugar y puesto adecuados a nuestro carácter y habilidades, van a haber cosas que nos desagraden, pero si es en realidad el trabajo que mejor se acomoda a nosotros, estaremos dispuestos a hacer algunas concesiones. A lo mejor nos encanta lo que hacemos, pero nos gustaría que nos pagaran mejor, o quizás un trabajo tan sólo nos gusta, pero estamos encantados con nuestros compañeros y con el ambiente laboral. Sin embargo, al margen de estas cuestiones, el trabajo adecuado para cada persona existe, y no hay que tener miedo de buscarlo.

Al cambiar esta visión cultural negativa del trabajo podemos darnos cuenta de que nuestra naturaleza de hecho nos llama a hacer cosas. A menos de que estemos enfermos o deprimidos, naturalmente los seres humanos tendemos a crear y transformar nuestro entorno. No nos quedamos quietos y conformes con lo que se nos da; queremos hacer cosas. De este modo se ve claramente por qué el trabajo está ligado al hombre más allá de simplemente ganar dinero. El quehacer del ser humano está enfocado a transformar su entorno constantemente, es decir, a cambiar el mundo que habita.

No se queden como mis alumnitos de secundaria. No pierdan las ganas de cambiar al mundo, pues, en el fondo, es algo propio de nuestra humanidad.

 

 

 

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