Crecer sobre mi propio pasado

Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

 

En el mundo empresarial hay dos momentos que marcan profundamente el desarrollo de una organización: su primera curva de éxito y el paso hacia la madurez.

Durante la curva de éxito, el balance entre la oferta y la demanda (entre las capacidades y las exigencias) es tan fino y complicado que muchas empresas perecen ahogadas por el peso de sus logros. Por su parte, durante el paso hacia la madurez lo que pone en riesgo la existencia ya no es el éxito sino la “ceguera de taller”.

Las grandes empresas tienen un tamaño tan enorme que pueden parecer elefantes o mastodontes: animales vivos, fuertes, seguros de sí mismos, pero lentos y vulnerables a los ataques de organismos más pequeños y veloces. Para sobrevivir tienen que plantearse una pregunta radical: ¿cómo le hago para seguir creciendo, para mejorar pese a mi tradición, para elevarme sobre mi propio pasado?

Nuevamente, la respuesta no es obvia. Abandonar el pasado para comenzar una aventura absolutamente nueva es desperdiciar la fuerza y el tamaño conseguido durante años. Aferrarse a la tradición, por el contrario, atrofia los músculos que permiten dar pasos hacia el futuro.

El fracaso por cualquiera de los dos extremos es triste y preocupante, pues afecta a más de un grupo de interés. El fracaso de cualquier empresa es un tropezón para la sociedad: un engranaje del gran sistema para la prosperidad falla y los resultados tardan, por tanto, más en llegar. Así, es indispensable plantear la pregunta desde una perspectiva de responsabilidad: ¿cómo le hago para crecer sobre mi propio pasado, cómo construyo prosperidad para el mundo de hoy y no para mi memoria del ayer?

Esta semana sostuve dos discusiones amistosas sobre este tema. Una fue en torno a la tradición e innovación culinaria y gastronómica en México. La otra, al respecto de la naturaleza del crecimiento empresarial.

Sobre la tradición e innovación la conclusión a la que llegué es la relevancia del equilibrio. Cualquier organización que quiera permanecer en el tiempo debe tener un pie en su tradición y el otro en la apertura creativa. La tradición le da sentido de identidad y una razón que le da un sentido de unidad a su producción; la creatividad le permite construir nuevas respuestas a problemas eternos y, así, enriquecer la tradición para las futuras generaciones. En una palabra: el trabajo innovador de hoy es tradición del mañana. Y esa dialéctica es la que consigue el mentado equilibrio.

En cuanto al crecimiento empresarial la solución debe estar ligada a la naturaleza del hombre, pues es él quien conforma cualquier empresa.

En la naturaleza los organismos crecen hasta determinado límite y, aunque intentaran pasarlo, jamás lo lograrán. En palabras de mi interlocutor en este tema, “aunque un árbol quisiera crecer más, no puede”. ¿Por qué si toda la naturaleza nos habla de estos límites, los humanos nos esforzamos por romperlos?

No es por soberbia o necedad, definitivamente. Los hombres estamos hechos para el infinito. La sed que nos lleva a construir nuevos mundos y a soñar posibilidades increíbles (ir y venir a la luna, volar entre continentes, ver células, comunicarnos remotamente…) es producto de nuestra propia naturaleza. Ser el infinito o nada, esas son nuestras opciones.

Y por ello nos empeñamos en trascender, en dejar huella en este mundo y lograr construir un organismo que, pese a nuestra muerte, siga viviendo hasta el fin del mundo o la Parusía, lo que ocurra primero. Este empeño surge de lo que llamo el “estar continuamente inacabado” del hombre.

Somos el único ser en la naturaleza material que jamás es pleno. Todo el tiempo tenemos ante nosotros un horizonte inalcanzable y que nos atrae irrenunciablemente. Ese horizonte ante nosotros somos nosotros mismos. Somos nuestro propio horizonte.

Por esta razón los organismos que creamos heredan el deseo de trascender. Están conformados por pocas o muchas personas que persiguen la plenitud y el infinito. Y, así, los organismos mismos comparten esa meta.

Empresas como Coca-Cola (de 125 años, más o menos) o Sindicatos como Coparmex (de 80 y pelos) son una mínima muestra de la capacidad trascendente de las organizaciones.

Mientras que la naturaleza pone límites que no se pueden romper, los hombres y nuestras creaciones estamos aquí para romper esos límites y pedirle a la naturaleza que los recalcule. Un hombre vive unos 90 años, pero los hay inmortales: hombres que, como Platón o Sócrates, después de dos mil 500 años siguen presentes en este mundo.

¿Cómo puede una empresa crecer sobre su propio pasado? ¿Cómo puede asegurar un futuro cuando está entrando en su etapa de madurez?

La pregunta debe ser replanteada. ¿Cómo puede una empresa mantener vigente su pasado, cómo puede trascender?

Cuando encontremos la respuesta a la pregunta, los límites serán sólo escalones y la prosperidad una realidad.

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