Ese monstruoso Internet

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

 

Estoy empezando a leer un libro que se llama “Imagine no copyright”, de Joost Smiers y Marieke van Schijndel. Mi mamá me vio leyéndolo y comentó: “¡Eso sería horrible!, ¿te imaginas?” Le contesté que no me parecía en absoluto horrible, sino al contrario. Intenté explicarle que el sistema que existe actualmente para proteger los derechos de autor no necesariamente es el mejor, y que de hecho se está volviendo obsoleto frente a las nuevas tecnologías de la información, especialmente el Internet. “Entonces nuestros legisladores deberían buscar una manera para regular la información en Internet”, me dijo. Y yo pensé: “Seguramente así nació la famosa ley SOPA…”

No se vayan a quedar con una mala idea: mi mamá es una persona sumamente abierta y está a favor de la libertad de expresión y de pensamiento, y cuando le expliqué los riesgos de hacer una ley que limitara los contenidos que se comparten a través de las redes en Internet, comprendió que sería contraproducente. Sin embargo, creo que es un buen ejemplo para sacar este tema. Cuando hablamos de la ley SOPA el mundo se indigna ante los malvados-idiotas-cerrados de mente-(agrégese el insulto preferido) que la propusieron. Me parece, sin embargo, que esto no se trata de un grupo malvado de gente que quiere dominar al mundo y coartar nuestras libertades, sino que más bien es un problema de paradigma. Ya el filósofo y científico Thomas Kuhn había hablado de los modelos paradigmáticos en la ciencia y cómo éstos cambian conforme al tiempo y la cultura en la que se aplican. Lo mismo sucede con los modelos empresariales.

Muchos ya lo han mencionado en diversas entrevistas y artículos: la ley SOPA proviene de la incapacidad para hacer negocios por parte de empresas que no quieren (o no saben) cambiar su modelo de distribución de contenidos. Y es perfectamente comprensible. Los cambios que ha traído el Internet han revolucionado radicalmente y en poco tiempo la manera de compartir contenidos. Incluso yo, que pertenezco a una generación que comprende perfectamente el funcionamiento del Internet y de las redes sociales, tuve que hacer el cambio mental en algún momento. Recuerdo cómo de niña para hacer mis tareas tenía que comprar mi enciclopedia Encarta y actualizarla cada año, y me parecía lo más normal del mundo, pues la gente que hacía ese maravilloso trabajo necesitaba cobrar y comer. Era lo justo.

Hoy uso Wikipedia y no me parece extraño que sea abierta y gratuita. Es más, si de pronto empezaran a cobrarme por usarla, me parecería injusto. Mi concepto de la justicia sigue siendo el mismo, pero el paradigma en el que lo aplico ya es diferente.

El problema de la ley SOPA es que intenta funcionar según un paradigma que ya no está vigente hoy en día: el paradigma de los derechos de autor, tal y como están legislados. Cambiar este paradigma no se trata de dejar de darle crédito y remuneración a las personas por sus ideas e innovaciones, sino comprender que dar ese crédito y esa remuneración no necesariamente implica que las ideas se vuelvan una propiedad privada para uso exclusivo. Hoy en día nos movemos en los paradigmas de la apertura y de la gratuidad, los cuales son difíciles de entender para muchas personas que todavía quieren vivir en su antiguo paradigma de lo privado, pues entienden bien cómo funciona y les da seguridad. Ante esa forma de pensar, el Internet se vuelve un monstruo peligroso e incontrolable, cuando en realidad es la puerta de acceso a nuevas posibilidades de negocio.

Para los que todavía no acaban de comprender cómo funciona: el paradigma de la gratuidad se basa en la idea de que entre más cosas le des de forma gratuita a tu cliente, más te va a querer comprar. Suena contradictorio, pero si lo pensamos bien nos daremos cuenta de que así funcionan las grandes empresas de hoy. Podríamos mencionar a Google y Apple, pero pensemos en un ejemplo menos monstruosos. Existe una revista española llamada Orsai que hace unos meses publicó un artículo en donde expuso el caso de una escritora que se negaba a seguir escribiendo porque la cantidad de personas que habían leído sus libros gratuitamente por medios electrónicos superaba a la cantidad que habían comprado los ejemplares en físico. En el artículo dice:

“A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero le pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en internet. Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil. Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón? La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.”

Este “mismo mundo” es el paradigma del que hablo. La autora que mencionan en el artículo aún vive en el viejo mundo, el cual, según las palabras de Orsai, “se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo.” No es un mundo malo, para nada. De hecho nos funcionó bien durante muchos años. Sin embargo, es un mundo que ya no funciona, pues sus estándares pretenden limitar a una nueva cultura que ya no es limitable en esos aspectos. El que la revista deje disponibles los pdf gratuitos de los mismos ejemplares que vende en las tiendas no le causa pérdidas, sino al contrario: le gana seguidores y más gente interesada en comprarla.

El paradigma de la gratuidad es todo un tema, y seguramente nos dará para escribir muchos más posts, pero para terminar la idea de este día quiero decir: no le teman a las nuevas tecnologías, especialmente al Internet. Efectivamente, es un monstruo enorme, pero en lugar de intentar ponerle una correa y encerrarlo en una jaula, ¿no sería más interesante aprender a montarnos en su lomo y usarlo a nuestro favor?

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