La seducción como estrategia

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

“It is your work in life that is the ultimate seduction.”

― Picasso

 

Una caja de chocolates, intacta, está sobre la mesa. Su cubierta es negra, impecable, y la rodea un listón rojo de seda que parece reforzar su coquetería con un toque elevado y colorido. Un sujeto cualquiera —a quien llamaremos N— se acerca con calma. Se detiene frente a la caja y le dirige una mirada llena de un deseo maduro, que va dosificando su avidez como si quisiera saborearla mejor. N recorre con los dedos los bordes de la caja y siente la textura suave del listón. Tira despacio de un extremo y nota complacido cómo el nudo cede y se deshace con un suave derrumbe.

Levanta entonces la tapa y descubre debajo una sábana color dorado que lo obliga a rasgarla para encontrar al fin los chocolates, cada uno en su pequeño trono de papel de envoltura. Los hay de distintas formas; N elige uno alargado que está casi en la esquina. Lo toma sin apresurarse y después de unos segundos lo despoja del papel metálico corrugado que lo cubre. Respira a fondo una última vez y lo muerde, con lo que el chocolate desata una cadena de sabor, texturas, aromas y deseo contenido.

N conoce la técnica de la seducción y la ha extendido a sus actos cotidianos. Para él, casi cualquier cosa puede convertirse en un objeto de deseo, y acecha la ocasión propicia para acercarse a su objetivo. Sabe bien que debe hallar la medida justa entre lentitud y acción, entre riesgo y serenidad. Hallar ese equilibrio requiere mucha atención, es cierto, pero N ha comprobado que los caminos más sencillos —como la abstinencia o el despilfarro— le resultan insatisfactorios. Ni ignorar la caja de chocolates ni devorarlos en unos minutos habrían logrado darle la experiencia llena de matices que le dio el acercarse con un deseo maduro, como si lo hubiera preparado y acicalado antes con mucho detenimiento.

Igual que en un cuerpo humano, es más atractivo algo semicubierto, que se revela poco a poco, que algo que se expone sin contemplaciones ni barreras. N sabe que la clave está en la intermitencia: ahora se deja ver, ahora ha vuelto a cubrirse. Para él, se trata de un juego estratégico: hay que dejar ir un poco, avanzar hacia el objetivo, pero luego retraerse. Hay que estar atentos a la reacción de nuestro objetivo, ser perceptivos a cualquier cambio en el entorno. También se debe estar dispuesto a experimentar, a arriesgar un movimiento y luego detenerse a sentir las reacciones tanto en el objetivo como en su propio ánimo.

Es una atención muy despierta que lo hace creer que podría destilar un concentrado de cada cosa que vive y agregarlo a su colección exclusiva. Hay quienes le reprochan la falta de acción, pero él sabe que no necesita enloquecer para disfrutar de lo que hace. Su desenfreno es dosificado; jamás agota sus fuerzas en un primer impulso. N sabe también que, aunque pareciera que a quien trata de seducir es al objeto elegido, en realidad seduce a la experiencia entera y, en el fondo, a sí mismo. Cautiva con maestría sus propias tendencias y sensaciones, las dirige y las armoniza en una orquesta personal. Si le preguntaran, diría que es algo cercano a la meditación, a la atención viva y palpitante hacia lo que ocurre. Y recuerda entonces a Henry Miller cuando dice: “The aim of life is to live, and to live means to be aware, joyously, drunkenly, serenely, divinely aware”.

Ante quienes lo acusan de utilizar solamente sus sentidos, defiende que su estrategia requiere de la razón más refinada y de la inteligencia más activa; de lo contrario, todo ello le pasaría desapercibido. N sabe también que su estrategia es fatigosa, y por ello reserva el ritual completo para ocasiones especiales. Tampoco eso debe derrocharse o perdería su atractivo. Sin embargo, conserva al menos una mirada, un momento de silencio o un roce para las cosas que elige como objetos de seducción, así sea un paisaje, una imagen, un aroma o un baño caliente. Para N, su estrategia es un juego, un modo lúdico de aproximarse al día a día a través de una suave persuasión. No es ningún secreto —dice N—, cualquiera puede jugar.

 

 

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