#LibreríaPeñaNieto

Por: Antonio Briseño

Twitter: @Antonio_Bri

Comenzando la semana, una buena amiga (Daniela Jerez) me pidió ayuda para un artículo que ella pensaba escribir. El tema del paper era el poder de la imagen de los políticos y la prioridad que ésta tiene sobre el pensamiento de ellos; es decir, como la gente se vuelve afín a un político sólo por el hecho de que este tenga buena presentación, sin importar lo que diga o deje de decir. Accedí con gusto a prestar ayuda y resultó una entrevista, en la que me pedía a grandes rasgos, una breve historia de la retórica y el uso que hacían de ella en tiempos antiguos los políticos griegos. Y es de esto que quiero hablar hoy: del uso actual que los políticos hacen de la retórica antigua.

Para esto, debemos comenzar definiendo nuestro objeto, así pues, diremos pronto y mal, que la retórica es el arte de persuadir a las personas a través de la construcción o pronunciación de discursos usando las distintas herramientas que nos brinda la lógica, como los silogismos. Una persona  que pronuncia o/y construye un discurso será un “retor”, es decir, un orador. Para nuestro estudio actual, podemos distinguir dos tipos de oradores: los sofós, sabios en lengua española y los sofistas o pseudo-sabios en español, por llamarlos de alguna manera. Estos dos tipos de oradores son diferentes en cuanto al fin que perseguirán en su discurso, pues mientras los sabios buscarán la verdad a través de éste, para así persuadir a su auditorio, los sofistas buscarán exaltar pasiones y sentimientos para, por medio de ellos, persuadir a su auditorio sin que su discurso sea necesariamente verdadero.

Para que un discurso sea verdadero debe cumplir dos características: que los argumentos utilizados dentro de él sean válidos en su forma al mismo tiempo que lo son en su contenido. Un ejemplo de un argumento válido en su forma es el siguiente: Si A es B y B es C, entonces A es C. Para que este argumento sea verdadero, también deberá ser válido en su contenido. Así por ejemplo, el contenido válido de este argumento podría ser: Si todo perro (A) es mamífero (B) y los mamíferos (B) son animales (C), entonces los perros (A) son animales (C). Como se ve, la forma y el contenido de este argumento son válidos porque son coherentes, por lo tanto este argumento es verdadero.

Un discurso deja de ser verdadero cuando la forma o el contenido no son válidos, por ejemplo: A es B y B es C, entonces A y C no son iguales. Con contenido: Si los perros (A) son mamíferos (B) y los mamíferos (B) son animales (C), entonces los perros (A) no son animales (C). Como se ve, el contenido se vuelve incoherente porque la forma del argumento no es correcta. Otro modo de un argumento no verdadero es lo contrario, que la forma sea la correcta, pero no así el contenido, por ejemplo, usando la forma correcta si A es B y B es C, entonces A es C. Con contenido: Si los perros (A) son mamíferos (B) y los mamíferos (B) son felinos (C), entonces los perros (A) son felinos (C). Como se ve, la forma es correcta, sin embargo el contenido es incoherente, por eso este argumento no puede ser verdadero.

Explicado lo anterior, quedará más claro que los sofós sean los verdaderos sabios, puesto que prefieren la verdad y, que los sofistas, al preocuparse sólo por convencer, se olvidarán de la verdad con tal de persuadir, con el riesgo de que su discurso sea incorrecto en su contenido o en su forma, siendo así pseudo-sabios; estafadores y mentirosos, puesto que se dicen ser sabios y no lo son. Un sabio por preferir la verdad no necesitará más que un discurso sencillo, pues nada hay que ocultar; en cambio, un sofista necesitará un discurso rebuscado para así cubrir los engaños de forma o contenido. Esto convertirá al discurso en un escrito sentimental, exaltador de pasiones, para que la razón del auditorio sea cegada por los sentimientos de los cuales será presa. Un sabio se dedicará a proponer, construir, sugerir y exigir en su discurso el pensamiento a la razón de su auditorio; en cambio, un sofista se dedicará a atacar y a descalificar a su oponente para crear polémica y con ello alimentar a la pasión y no a la razón de su auditorio.

Tras toda esta explicación y sin ánimos de etiquetar y/o descalificar a alguien, sólo pretendo brindar una herramienta más que puedan utilizar los ciudadanos a la hora de decidir sobre el futuro del poder ejecutivo en la nación, quizá valdría la pena hacer el ejercicio: ¿Son los actuales candidatos a la presidencia sabios o sofistas? ¿Cómo son sus discursos? ¿Qué es lo que tratan de mover en su auditorio?, ¿pasiones?, ¿la razón? Quizá nos sorprendamos, pues encontraremos solo sofistas… o sabios, uno nunca sabe.

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