Decide decidir

Por: María Emilia Montejano Hilton

Escritor invitado

 

Leyendo el blog de Eudoxa me encontré con el post “Romper nuestro propio molde”  de Regina Oviedo, y leerlo me trajo muy buenos recuerdos y otros no tan agradables; me vino a la mente el día que me di cuenta que yo debía tomar las riendas de mi propia vida, la libertad que sentí para hacer lo que quisiera y el terror de saber que no estaba preparada para tomar buenas decisiones.

Fue en ese momento que decidí no decidir, o por lo menos no hacerlo con tanta frecuencia.

A lo largo de mi vida, he sido testigo de las decisiones que toman los políticos y que nos afectan a todos, y de las decisiones que toman algunos padres y que inciden aparentemente sólo en sus hijos, pero que en algún momento tendrán una mayor trascendencia. En ambos casos he visto cómo se han tomado buenas y malas decisiones, y es más frecuente ser testigo de las malas. Por eso seguí sin querer decidir, porque era consciente de la responsabilidad y del riesgo de equivocarme y tomar una mala decisión.

No omito decir que me fue imposible cumplir con aquella decisión, pero en mi afán de no comprometerme, encontré la fórmula para decidir con menos frecuencia. En realidad, es muy sencilla, pues ante un dilema primero dejaba pasar el mayor tiempo posible y sólo monitoreaba los cambios que se iban dando en las variables que rodeaban al dilema. Esto implicaba que en ocasiones debía intervenir, pero insisto, lo hacía poco. Con el tiempo, las situaciones suelen aclararse o complicarse, y sólo en estas últimas me entrometía para evitar que alguien saliera perjudicado.

Cuando el tiempo ha transcurrido y las cuestiones se ven más claras, generalmente alguien más toma una decisión, por eso permitía que transcurriera el tiempo. Tenía la esperanza de que las cosas se solucionaran sin necesidad de mi intervención. Y este método me funcionó bastante bien durante mucho tiempo.

Ahora bien, no crean que vivía a la deriva, pues de hecho he tenido que tomar muchas decisiones y en esos casos, reitero lo que dijo la joven y madura autora de referencia, me informaba lo más que podía, pero también me preguntaba qué quiero  y como pocas veces lo sé, entonces me preguntaba qué es lo que no quiero y a partir de ello y por eliminación resolvía.

Por supuesto que esta fórmula tiene limitaciones, pues no sirve para tomar todo tipo de decisiones, sólo diría yo, aquellas donde el resultado involucra directamente a quien las toma. Y aún así, no puedo asegurar que funcione exitosamente en todos los casos, pues no es infalible.

Lo que sí puedo afirmar, es que al entrar a trabajar en una oficina -pues mucho tiempo trabajé sólo en mi casa- noté más la infinidad de decisiones que debe uno tomar. Y no es que tuviera que empezar a decidir de pronto, sino que empecé a notar que ya lo hacía, porque en la vida diaria, desde que despertamos, decidimos si nos quedamos un poco más en cama o no, si nos bañamos o no, qué vestimos, qué desayunamos, cómo y por dónde nos vamos, pero esto lo hacemos mecánicamente y no reflexionamos en ello, pues la bondad o el error de nuestras decisiones matutinas sólo nos afectan a nosotros.

Diferente es cuando llegamos a nuestro trabajo y debemos tomar una serie de decisiones que determinarán si nos mantenemos en nuestro puesto o si damos el brinco a un puesto de dirección, es decir, de mando, en donde se nos paga por tomar las mejores decisiones, y allí, debo reconocer que mi método no sirve.

Allí debe uno allegarse la mayor y mejor información, meditar en el beneficio inmediato que tendría resolver en uno y otro sentido, pensar en las repercusiones a mediano y largo plazo y por supuesto, evitar causar el mayor daño o perjuicio posible, siempre buscando el bien común y por supuesto, de ser necesario, sacrificando el beneficio individual. Allí no se puede sólo dejar pasar el tiempo.

Con la experiencia que obtuve en el trabajo me di cuenta de que no existe una mejor fórmula para tomar decisiones. Simplemente hay que aprender a arriesgarse y a confiar en uno mismo, y a veces también en los demás. El riesgo de equivocarse nunca va a desaparecer, pero si lo asumimos y dejamos de tenerle tanto miedo al error, podremos tomar decisiones rápidas, precisas y la mayor parte del tiempo correctas, pues nuestra mente y nuestras energías estarán enfocadas en lo que deben estar.

Hoy, la experiencia que tengo tratando de eludir la responsabilidad que implica el tomar decisiones y la necesidad que he tenido de responsabilizarme de todas las que he tomado, me permite afirmar que los líderes no nacen, se hacen. Todos pueden ser líderes, pues el líder no es el que nunca se equivoca, sino el que está dispuesto a correr el riesgo para lograr que las cosas pasen.

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