Ser Chateaubriand o nada

Por: Juan José Díaz

twitter: @zoonromanticon

Cuentan los estudiosos que Víctor Hugo, autor de Los Miserables, expresó alguna vez la frase que titula este post: “Quiero ser Chateaubriand o nada”. François-René Chateaubriand fue un escritor, considerado el padre del romanticismo francés. Su pluma, francamente exquisita, era modelo de perfección para el mismo Víctor Hugo.

“Ser Chateaubriand o nada” es una declaración enorme, un anuncio vocacional que pone la proa existencial de Víctor Hugo en dirección a la perfección. Su sueño, absolutamente ridículo, es ser perfecto. Y eso fue lo que lo hizo enorme.

¿Podemos los empresarios aprender algo de Víctor Hugo y de Chateaubriand? En un nivel superficial la respuesta evidente es sí: es necesario seguir un ideal, hacer bien las cosas y poner la mirada en alto para levantar el vuelo. Sin embargo, creo que la lección es más profunda que eso. 

La vocación empresarial es de la misma naturaleza que la artística-literaria de Víctor Hugo. No puede subsistir bebiendo solamente ficciones y ensoñaciones, pero depende íntimamente de nuestra capacidad de absoluto. Una empresa está condenada al fracaso si no pone su meta en ser tan grande, tan enorme, como Chateaubriand. Vender, intercambiar un producto por unas monedas, puede hacerlo cualquiera; pero crear una comunidad que aporte un beneficio al mundo, que sea el seno del desarrollo personal de sus colaboradores, en una palabra, que genere valor y no sólo centavos, eso sólo se alcanza abrazando la vocación de grandeza, de infinito y absoluto.

¿Puedes pensar en el universo, en el cosmos entero? ¿Puedes imaginar al tiempo vencido por la eternidad? ¿Puedes ver y aceptar la vida de una empresa que trasciende todo lo pasajero? Entonces has encontrado tu vocación empresarial. Una empresa que no está llamada a existir per secula seculorum no es una empresa; una empresa que no trae el germen de la inmortalidad no es empresa; una empresa que no sepa que dentro de un año o dentro de mil podrá seguir generando verdadero valor no es empresa.

Ser Chateaubriand o nada. ¿Aceptas el reto?

Por supuesto que el riesgo es enorme. Y, además, no es fácil de comprender. Las obras monumentales tienden a ser misteriosas en todo momento. Escuchar la Séptima Sinfonía de Mahler exige tanto como enfrentarse con seriedad a la pregunta por la Trinidad: al final sabemos que se nos escapó algo. Una empresa es otro misterio y, por tanto, debe ser tratada como tal. Toda empresa es una pregunta por todo lo que somos y todo lo que podemos llegar a ser. Parafraseando a Chateaubriand: no se puede conseguir que una sociedad subsista sin el misterio; un pragmático puede medir y pesar el mundo (puede contabilizar sus éxitos y centavos), pero jamás podrá crear un pueblo. 

¿Y qué es una empresa sino un pueblo? ¿Qué es sino una comunidad unida por un misterio común, el misterio de poder ser sempiternos?

Por supuesto que los burdos incrédulos y pragmáticos incorregibles me acusarán de idealista y metafísico; dirán que juego con palabras y que construyo panegíricos vacuos que no aportan absolutamente nada a la labor cotidiana de una empresa. Después de todo, ¿qué tiene que ver el misterio, el infinito y Chateaubriand con las nóminas, las ventas y el dolor diario del management?

¡Todo! ¡Absolutamente todo! Cuando las empresas hablan de cultura organizacional y de misiones y visiones están señalando al misterio; cuando los financieros se preocupan por el crecimiento y por la conservación del negocio indican con su dedo el infinito; cuando los directivos y socios pierden el sueño y sienten que el riesgo diario les corroe las entrañas viven la misma fiebre que vivió Víctor Hugo en su vida: ¡quieren ser tan grandes, tan buenos, tan eternos como Chateaubriand!

Cuando se acepta esto, se ha encontrado la fuente, la semilla, que dará nacimiento al árbol empresarial.

Pero para que el árbol crezca no sólo es necesario poder pensarlo. Hay que sembrarlo, cuidarlo y podarlo. La Séptima de Mahler es enorme porque existe en el mundo y no sólo en la mente de su autor. Víctor Hugo superó a Chateaubriand porque escribió su Señora de París y sus Miserables, no porque deseara alcanzarlo. Y para componer o escribir es necesario conocer de música y gramática, sentarse jornadas enteras y violar al pentagrama y al papel con manchas de colores que, poco a poco, erigirán la catedral que será templo de nuestro misterio.

2 comentarios en “Ser Chateaubriand o nada

  1. crear una comunidad que aporte un beneficio al mundo, que sea el seno del desarrollo personal de sus colaboradores, en una palabra, que genere valor y no sólo centavos, eso sólo se alcanza abrazando la vocación de grandeza, de infinito y absoluto.

    Todo el artículo me encantó, pero esa frase debería estar a la entrada de cada empresa, en cada uno de los departamentos que la integran, en el escritorio de los directivos y empleados, en la mente de cada persona … .

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