La telepatía cotidiana

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

 

Estaba en un teatro pequeño, en el que cabían treinta personas a lo mucho. Frente a nosotros, a menos de un metro de distancia, ocho actores que no representaban ningún personaje ni repetían diálogos aprendidos de memoria, crearon en un par de segundos una fiesta espontánea y sincera. La fiesta era una composición azarosa a partir de unas pocas reglas sencillas. Cada actor caminaba en la dirección que se le antojara, hasta toparse con otro de sus compañeros. Al estar frente a él, intercambiaban una mirada profunda y una gran sonrisa, sin hablar. A partir de ese diálogo mínimo, cada uno reaccionaba haciendo una pequeña reverencia o dando un par de brincos, para después dar media vuelta y encaminarse en otra dirección. La dinámica requería que los actores fueran muy perceptivos, que estuvieran muy atentos a las pequeñas señales de sus compañeros. Se produjo un movimiento complejo, azaroso pero perfectamente organizado, en el que abundaban las risas sinceras que pronto contagiaron al público. Cada encuentro era distinto, y las reacciones de los actores variaban ligeramente para adecuarse al ánimo de la persona que tenían delante. Podía verse la complicidad que los unía, los distintos niveles de intimidad que compartían entre ellos. Las interacciones no eran fingidas, realmente estaban sucediendo.

Más tarde, el director nos explicó que la obra completa estaba construida de ese modo. No había personajes, ni diálogos, ni narración. El ejercicio teatral más intenso había sido previo a la obra, que tardaron casi tres años en crear. Los actores construyeron cada escena directamente en el lenguaje del teatro, con movimientos y acciones que no habían sido previstas por algún dramaturgo que le diera una dirección precisa a la pieza. Dejaban que se entrecruzaran la intención y el carácter de cada uno para construir una serie de momentos casi arquetípicos que han dado pie a múltiples interpretaciones y narrativas, tanto de los actores como de los asistentes. El hecho de que las situaciones, en lugar de representarse, se presentaran en escena, dejaba la impresión de estar presenciando algún rito o ceremonia.

La escena de la fiesta, en específico, exploraba las reacciones kinéticas entre los actores, provocando encuentros espontáneos que desencadenaban acciones simples. Si se trasladara esta dinámica a los encuentros cotidianos que tenemos -con personas conocidas y desconocidas-, las reacciones básicas podrían ser sonrisas, saludos, peticiones o agradecimientos. Muchas de las interacciones que mantenemos con otras personas a lo largo del día son brevísimas y simples, resumidas incluso en un “buenos días”, “deme dos, por favor”, “gracias”, etc. Lo espeluznante de la comparación es que, aunque el esquema de las interacciones es muy similar, la actitud que las rige es muy distinta. Si en la obra teatral reinaban la alegría y la empatía, en las calles lo que predomina es la indiferencia o incluso el hastío. Aunque es cierto que los mexicanos nos distinguimos por nuestra cordialidad, muchas veces ese tono cordial se reduce a las fórmulas de cortesía tantas veces repetidas. La cordialidad es verdadera cuando se acompaña de una mirada sincera a los ojos del otro y el reconocimiento indiscutible de la presencia de otro ser humano frente a nosotros, junto con al menos un poco de esa apertura, escucha y empatía que hacen posible una interacción profundamente humana. Es verdad que el grupo de actores podía actuar de ese modo gracias a los largos años de trabajo conjunto, de intimidad y de amistad que los unía, pero no quiere decir que esa actitud sea tan difícil de alcanzar, incluso con un completo extraño.

Mientras en el escenario las reacciones eran espontáneas, naturales y alegres, en la ciudad suelen ser mecánicas, apresuradas e impersonales. Aunque se mantienen diálogos verbales se echa en falta ese diálogo mínimo y primario que los actores establecían con la mirada, con la atención al lenguaje no verbal del otro, con el estar abiertos a sentir la presencia del otro.

Unos días después de asistir al teatro, fui a un restaurante-tienda con otros miembros de Eudoxa. Queríamos probar distintos quesos y panes. Aunque en principio los compramos para llevar, decidimos sentarnos a comerlos ahí mismo: simplemente abrir los paquetes y prepararnos una especie de picnic. Al ver nuestras intenciones, un mesero se acercó y de inmediato nos ofreció todo lo necesario para transformar nuestro picnic improvisado en un pequeño almuerzo gourmet. Antes de que lo pidiéramos, nos ayudó a tener todo listo para disfrutar del pan y el queso que habíamos comprado. Nos sorprendió tanto que el único nombre que encontramos para tan buena atención fue “telepatía”. Sin embargo, en realidad no se trataba de nada complicado, sino de una atención sincera y personal que no se reducía a las fórmulas acostumbradas de su trabajo. Una atención alegre y espontánea que, gracias a estas cualidades, puede adaptarse a cada cliente para darle esa sensación acogedora y cálida.

Lo importante de estas interacciones es que a partir de ellas se construye el carácter de una ciudad o un pueblo, el tan mentado tejido social que todos queremos recuperar. Hace poco leí en el blog del Guggenheim Lab  -un laboratorio itinerante que busca investigar la vida contemporánea en las grandes urbes- acerca de un experimento en el que un grupo de personas caminaba por la ciudad diciendo pequeñas frases amables a los desconocidos que encontraban, por ejemplo “¡que guapo está su perro!”, “¡que buen día para andar en bici!” o “¡que buen lugar de estacionamiento encontró!”. Las frases provocaban risas, diálogos alegres y un ambiente de celebración. Pequeños momentos de comunión que, al final, son los que dan forma y fuerza a una comunidad.

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