Suspiros de comida apasionada

Por: March Castañeda

Twitter: @martxie

“La única manera de librarse de la tentación es caer en ella”

Oscar Wilde

Tal vez San Valentín sea responsable de mi reflexión de hoy. De repente, la atmósfera gastronómica se respiraba llena de vapores sensuales, de mágicas viandas y de atrevidos bebedizos de amor. Los restaurantes se plagaron de ofertas de menús que al menor descuido se etiquetaron como “afrodisíacos”, con platillos exóticos como “ceviche ardiente”, “tiradito de pasión”, “suspiros de vainilla” y “fresas apasionadas”. Mientras tanto, la red se dejó poblar de recetas para cocinar pócimas mágicas que aseguran despertar el brío amoroso de la pareja deseada.

Todo esto me despertó la sensación de que el consumismo nos puede dominar muy fácilmente y también me condujo a la duda: ¿será que los alimentos realmente nos conducen a la pasión, o es la pasión el que nos lleva al consumo de los mismos?

Desde siempre este vínculo ha sido muy estrecho. La sexualidad y la gastronomía son, ambos actos esenciales de nuestra vida, pero el hombre se ha revelado anteponiendo la búsqueda del disfrute hedonista al cumplimiento de la orden divina.

Todos los pueblos y todas las culturas han manifestado una intención sexual en su forma de comer y han incluido en su dieta un buen número de alimentos considerados como inductores del amor y del deseo carnal. Referencias históricas no faltan, encontramos alusiones a los afrodisíacos desde los egipcios, pasando por los griegos, los romanos  con sus hábitos lujuriosos en banquetes, hasta el Renacimiento, cuando, gracias al refinamiento de la cocina, aparecen platos, condimentos y alimentos que adquieren fama de afrodisíacos.

Así, un buen número de alimentos ha alcanzado este calificativo por varias razones. Algunos por su forma (ostras), otros por la asociación con la fertilidad (higo y trigo) o por su efecto químico (chocolate). Sin olvidar a los que desinhiben (vino) y a los que resultan irresistibles por su exotismo y alto precio (trufas y caviar). En otros casos, ha sido por el delicado aroma que desprenden (vainilla, jazmín) o por la suave textura que presentan (duraznos, fresas).

Creo que se podría discutir mucho si en verdad estos alimentos tienen propiedades especiales para enardecer más de un apetito, pero estoy segura de que no podemos limitar el tema a este tipo de expresiones.

El acto de comer expresa en sí mismo un placer sensual, porque utiliza todos los sentidos y los excita de una manera delicada y exquisita. La naturaleza hedonista de la comida nos lleva a la seducción y a la satisfacción pura, pero es gracias a la forma en la que comemos, al contexto en que lo hacemos y a la significación que le otorgamos.

Lo mismo ocurre con el deseo físico. La seducción y la gastronomía son ambas actividades culturales por la forma en la que se aprecian y experimentan. La seducción puede ser algo más que un deseo mundano, al igual que la gastronomía es más que sólo cocina.

Cuando vivimos una experiencia gastronómica con la intención de compartir un momento profundo con un ser querido, estamos abriendo oportunidad a la intimidad. Por esto, el efecto afrodisíaco de un evento gastronómico no es consecuencia de los alimentos, sino del deseo pasional por sí mismo. Todo resulta de un evento psicológico y simbólico.

El embrujo del apasionamiento está, pues, en la vivencia completa. En la aventura, la coquetería y la atmósfera sugerente retocada de elegancia e insinuación. Por supuesto, los alimentos en sí mismos también tienen una gran participación en el juego, pero no por sus componentes, sino por las sensaciones que nos producen, porque activan nuestros instintos.

¿Podemos imaginar afrodisíaco más poderoso que una comida sazonada con sutiles toques de imaginación y sensibilidad? Una cena que ha sido cuidadosamente escogida en cada detalle y que se ofrece como un regalo para los sentidos. Una mesa adornada con coquetería, el crepitar de la luz, la textura acariciable del asiento, la música sugerente que no irrumpe en la intimidad de la conversación. El seductor aroma del vino recién descorchado, la suavidad del filet mignon que apreciamos en tono de comparación con nuestros propios encantos. La paciencia y delicadeza en que comemos cada bocado, anticipando ese sabio mordisco delicado. El roce por azar y el contacto casi imperceptible al compartir una probadita de nuestro plato con el compañero. El murmullo melodioso de los cubiertos, los suspiros de satisfacción y los ánimos encendiéndose.

El ejercicio de imaginación sensualmente sugerente nos conduce en automático a saborear el momento con anticipación, ¿o no? No necesitamos pociones, todo recae en el lenguaje de una manifestación cultural que tiene la capacidad de ensanchar el campo de juego en el que nos desenvolvemos. Como una manera de libertad sensorial e instintiva.

Me preguntaba al principio de la reflexión si es que existe una actividad gastronómica afrodisíaca basada en productos y conjuros comestibles. Bueno, la verdad es que no ha sido comprobado formalmente con rigor científico. Así que podemos negarlo o aceptarlo todo, pero de una cosa quedo segura: los efectos positivos del poder afrodisíaco resultarán de nuestra conducta e intención en la experiencia, añadiendo unas buenas dosis de sensibilidad y fantasía y, si es posible, la condición suprema de estar enamorados.

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