Lo que sí importa del amor para hacer empresa

Acrílico en Lienzo por Yago Hortal, 2011 (los derechos son del autor)

 

Por: Juan José Díaz Enríquez

Twitter: @zoonomanticon 

“None of us belong here. But we are here. And there’s not enough time. Cut the bullshit. Love” –Umair Haque

 

Esta semana se celebró el siempre abigarrado y nunca bien ponderado Día de San Valentín. Y, como era de esperarse, la mayor parte de nuestro entorno se pintó de rojo y rosa; todo mundo nos recordó lo importante que es la amistad y lo exquisito que es el amor al son de canciones pop y frases cursis. Confieso que quizá la frase que más me gustó de este 14 de febrero fue: “hoy es el día de hacer el amor con la amistad”.

Sin embargo, en el tenor de este día plástico, me topé con un artículo de Umair Haque en el Blog de la Harvard Business Review. En su texto, Haque hace un panegírico del amor o, quizá en una lectura más profunda, un encomio a la vida con sentido. Pero lo que me inspiró a escribir este texto fue que menciona de paso que los griegos tenían tres o cuatro palabras para referirse al amor.

Y es que en esas diversas palabras uno puede encontrar varios modos de relacionarse dentro de una empresa y que, bien entendidos, pueden consolidar un ambiente de trabajo que supere por mucho la mediocre “calidad de vida” que miden algunos organismos rectores en RSE.

El primer sentido de la palabra amor es el de “storgē” y es el más simple de entender. Es el afecto que sentimos naturalmente por la gente que nos importa. Los padres tienen storgē para con sus hijos, por ejemplo. ¿Cuántas veces nos topamos con declaraciones empresariales que afirman querer ser “una familia”? Pues bien, para lograrlo deben poder desarrollar en todos los miembros del equipo este afecto.

Es imposible, y algo tonto, afirmar que en X empresa son una familia, pero que las relaciones de trabajo son única y exclusivamente de trabajo. Es necesario permitir y promover los lazos afectivos entre las personas que colaboran con nosotros. De la afectividad surge el interés y el cuidado mutuos, eslabones irremplazables en el tejido social de una empresa.

Además de la afectividad, los griegos hablaban de la “philía”. Propiamente se traduce como “amistad” y es otro tipo de amor. Los amigos son amantes, afirmaban los griegos. Y tenían razón.

Fue Aristóteles en su Ética a Nicómaco quien analizó la philía con profundidad y descubrió que hay tres clases de amistad y no sólo una. La amistad puede ser o por placer, o por interés o plena.

La amistad por placer es la que ocurre cuando las partes descubren que “se siente bien” la compañía del otro y que ésta les produce satisfacción física o emocional. La amistad por interés es la que descubre algún beneficio en el otro y se mantiene por ello; por ejemplo: ser amigos de esa persona que podría hacernos un favor empresarial, es amistad por interés. La amistad plena, nos explica Aristóteles, es la que asimila las dos anteriores y, además, busca el bien del otro. Es decir: disfruta de la compañía del amigo, recibe un beneficio del amigo y procura el bien del amigo.

Si el afecto es necesario como condición de posibilidad para que las empresas puedan generar un ambiente familiar entre los colaboradores, ¿la amistad podrá aportar algo al ámbito laboral?

Ya Carlos Llano lo decía en vida: ¡claro que sí! Los hombres somos seres sociales que necesitamos ineluctablemente de otras personas; los hombres estamos obligados por nuestra misma naturaleza a ser amigos.

La amistad plena debe ser promovida por las empresas. Sólo a través de ella se puede garantizar que el afecto que une a los colaboradores se traduzca en un crecimiento y desarrollo personal. Y es que al buscar realmente el bien del otro, forzosamente nos orientamos a desarrollar sus virtudes y a eliminar sus vicios.

¿Se imaginan una empresa donde todos los colaboradores se impulsaran por ser personas virtuosas?

Ágapē, es un nivel profundísimo de amor. En algún sentido, así como la amistad plena asimila y supera a las dos amistades anteriores, así el ágapē asimila y supera al storgē, a la philía, al eros (del que no hablaré hoy) y los supera.

Este modo de amar tiene la particularidad de estar abierto al absoluto, a la trascendencia. Es el amor que se siente por aquél con quien se comparte gratuitamente el pan, con quien nos sentamos a la mesa y abrimos el corazón. Es el acto perfecto de amar, para decirlo de una vez. Quizá la rendición más exquisita del ágapē se encuentre en la primera epístola de Pablo de Tarso a los Corintios. En ella, el apóstol cristiano describe al ágapē como lo que le da todo el valor y todo el sentido a la vida humana. Esta clase de amor supera a todos los idiomas y a todos los esfuerzos; alcanza todas las cumbres y vence todos los abismos; trasciende el tiempo.

¿Y no es esa la necesidad de todas las empresas? ¿No es esa su vocación? Superar todos los idiomas y todos los esfuerzos, vencer todos los abismos y erigirse victoriosas sobre las cumbres más elevadas, ser eternas, ser trascendentes. Pues bien, la vocación de todas las empresas es la de amar con ágapē a todo el mundo y, a partir de ese amor, ofrecer valor que realmente mejore la calidad de vida de todas las personas con las que tengan contacto.

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