Una atrevida perspectiva de la comida

Por: Margot Castañeda

Twitter: @martxie

“Id y preparadnos la pascua para que la comamos…  cuando entréis en la ciudad, os saldrá al paso un hombre llevando un cántaro de agua… él os enseñará una sala grande ya dispuesta; haced allí los preparativos.”

Lc 22:7-13

¿Será que la temporalidad de los acontecimientos culturales influyen mi pensamiento e intención de expresión en este espacio? No lo sé, pero esta semana he escuchado mucho sobre los alimentos “permitidos” y “prohibidos” para comer en la cuaresma y no puedo evitar hacer una reflexión al respecto.

No me interesa discutir el tema de la prohibición de carne u otros alimentos en esta temporada, respeto las creencias colectivas e individuales. En realidad, quisiera reflejar otra forma que tiene la comida de relacionarse con lo divino, ejemplificada con el cristianismo, porque este ideal de experimentar la vida divina a través de la comida es un tema importante en la gastronomía occidental y que, de una manera u otra nos afecta a todos los mexicanos.

Es cierto que el fenómeno de utilizar la comida para relacionarse de algún modo con la divinidad no es exclusivo de la religión cristiana. Pensemos en las fiestas judías, en las ceremonias japonesa de la tradición Zen o incluso en la dieta ayurveda en la India. Sin embargo, en el cristianismo hay un jugador muy especial: el banquete.

La idea primera que viene a nuestra mente y quizás la más provocativa, es la de la eucaristía como idea que sostiene que Dios subsiste bajo las apariencias del pan y el vino consagrados. Para los creyentes, no se trata de cualquier alimento, sino de un compromiso divino. Incluso la expansión del cristianismo en América trajo consigo la propagación de la triada mediterránea: trigo-vid-olivo. Una hazaña cultural y gastronómica que perfiló los hábitos alimenticios de nuestro país.

Pero también está esta otra interpretación cultural del banquete. Anteriormente Juan José Díaz habló sobre el concepto de ágapē en este blog y se refirió a él como: “lo que le da todo el valor y todo el sentido a la vida humana. Esta clase de amor supera a todos los idiomas y a todos los esfuerzos; alcanza todas las cumbres y vence todos los abismos; trasciende el tiempo”. No obstante, esta idea, conectada con los principios del cristianismo también aparece con el significado de “una comida en común”, es decir, un banquete que se comparte en comunión, con los seres queridos, e incluso con Dios.

La última cena de Jesús con sus apóstoles fue un acontecimiento que impactó nuestra manera de relacionarnos con los alimentos y con la divinidad al mismo tiempo. De manera natural me viene a la mente la comparación de esta escena con la de una familia reunida alrededor de la mesa para cenar. Todos reunidos, no comienzan a comer sin antes hacer una oración o escuchar un discurso del jefe de familia. Incluso es él (o ella) –sentado (a) en la cabecera-– el que suele cortar el primer pedazo de  carne, o de pan y lo comparte. El que levanta la copa de vino para hacer un brindis y agradecer. No sólo agradece por los alimentos, sino por la compañía y la unión de la familia. ¡Qué mejor manera de agradecer que comiendo juntos!

Es una expresión cultural de nuestra sociedad actual, enlazada a la comida, a la divinidad y al amor. No sólo hablamos de creencias religiosas, sino de prácticas que tratan de mostrar afecto, tanto con nuestros seres queridos como con Dios. Puede ser que el amor de Dios por los hombres es análogo al de un padre que se esfuerza por llenar la mesa de comida buena, suficiente y deliciosa para sus hijos.

Así es, un banquete familiar, que experimentamos en nuestra vida cotidiana puede tener más símbolos culturales, religiosos y afines al amor de lo que percibimos a simple vista. Al fin de cuentas la religión y la gastronomía son ambas actividades culturales que nos definen por la forma en la que nos conectan con nuestro mundo. El amor, por otro lado, es esa condición sublime ineludible que el hombre, por naturaleza, vive en el día a día.

Me queda claro que la alimentación siempre será partícipe de la fe cristiana, a través de muchas formas de expresión, pero quisiera llevar este pensamiento a un sentido más amplio: la divinidad se puede entender en términos gastronómicos, independientemente de nuestras creencias religiosas y convicciones morales. Nuestra forma de experimentar la comida depende también de lo que creemos. Propongo que consideremos esta idea como una oportunidad de alimentarnos en un sentido elevado, más allá de lo físico.

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